El llamado culto al cuerpo no debe entenderse como una mera preocupación estética más o menos condenable en su supuesta superficialidad, sino como una dimensión crucial de nuestra existencia digna del más atento estudio sociológico. El cuerpo es clave para comprender los procesos de aculturación, puesto que la incorporación de normas culturales pasa por domesticar los hábitos corpóreos. Mientras en las sociedades tradicionales la identidad personal venía marcada por la posición social del individuo, por su pertenencia a un gremio profesional y sus relaciones familiares, actualmente en las sociedades occidentales, el cuerpo es la clave para la construcción de la identidad, ya que expresa nuestra capacidad de autocontrol y, a través de su cuidado y nuestras opciones de consumo, se convierte en el mostrador del estilo de vida y del estatus social del individuo. La autoidentificación con nuestro propio cuerpo, más acentuada en las mujeres, puede llegar a ser tan profunda que el éxito personal se mida en relación con el grado de adecuación corporal a los patrones hegemónicos de belleza que nos marcan la publicidad y la moda.

La trascendencia del cuerpo en las culturas occidentales es de tal magnitud que ha dado lugar a un nuevo enfoque disciplinario: la sociología del cuerpo, que sitúa a éste en el centro del análisis de los fenómenos sociales. Dicha disciplina bebe de diversas fuentes, tales como la antropología, el pensamiento postestructuralista y la crítica posmoderna, la sociología del conocimiento científico y el feminismo. De la antropología hereda la noción de técnicas corporales como mecanismos reguladores del yo (Mauss), y la idea del cuerpo como metáfora social que refleja las ansiedades y el afán de orden de una determinada sociedad (Douglas). La sociología del cuerpo está informada también por el pensamiento de Foucault, por su historización de prácticas y discursos científicos, así como por su noción del poder como aquello que, paradójicamente, posibilita el sujeto a la vez que lo limita. El feminismo aporta diversas nociones teóricas relativas al análisis y al estatus político del cuerpo humano, como el concepto de encarnación (embodiment)o la noción de género entendido como una categoría interactiva que intersecciona con otros sistemas clasificatorios, como la clase y la etnia. Es también destacable la crítica del feminismo a los patrones estéticos como mecanismos reguladores del cuerpo que articulan una determinada cosmología u ordenamiento social mediante la prescripción de una organización sensorial específica.

Según Turner, la sociología del cuerpo se inicia en un contexto de cambios sociales que nos sensibilizan a la importancia de la corporalidad: el crecimiento de la cultura del consumo posterior a la Segunda Guerra Mundial que valoriza el deporte y el ocio, y desvaloriza la ética del trabajo; la integración de las culturas transgresoras en el consumo de masas, con la consecuente comercialización de la rebeldía y el erotismo; el impacto del movimiento feminista en las relaciones entre hombres y mujeres, su visión crítica de las contraculturas como masculinas y privilegiadas, y su contribución teórica mencionada anteriormente. Otros cambios sociales de relevancia son cuestiones de biopolítica, como el envejecimiento de la población o la pandemia del sida, y el desarrollo de nuevas tecnologías médicas y científicas que revolucionan nuestra forma de concebir la corporalidad.

Desde su interdisciplinaridad, la sociología del cuerpo ha hecho ya novedosas aportaciones. Como escribía Dalia Judovitz en estas mismas páginas, la rígida distinción cartesiana cuerpo/ mente heredada de la Ilustración no nos permite conceptualizar nuestra existencia de una forma integrada. Dicha distinción se halla aparejada a otras categorías simbólicas, como hombre/ mujer, mente/ cuerpo, sujeto/ objeto, razón/ emoción, cultura/ naturaleza, productor/ reproductor, activo/ pasivo, contenido/ forma, actualidad/ potencialidad..., que se articulan de una forma dicotómica y jerárquica en torno a la diferencia sexual. Desde la sociología del cuerpo se busca añadir complejidad a las categorías binarias que organizan nuestro conocimiento y guían nuestra conducta, con el fin de capturar mejor la diversidad humana. Así pues, se analiza minuciosamente la construcción discursiva de la naturaleza como causa fundacional e inapelable de un cierto orden social. En consecuencia, se problematiza la noción del cuerpo como un ente natural que nos es dado y se conceptualiza como un artefacto, un producto de la reiteración de las prescripciones sociales que lo conforman, a la par que se indaga en la rearticulación filosófica de la materialidad corporal.

En suma, el culto al cuerpo dista, por tanto, de ser una cuestión baladí, una superficial obsesión estética, sino que obedece a la crucial necesidad de los miembros de toda sociedad de autorregularse para lograr la integración social y la autoestima. De ahí el reto de la sociología del cuerpo: comprender la ordenación corporal con el fin de capturar la complejidad humana en toda su riqueza e ir más allá de los estándares de la normalidad, de las rígidas categorías dicotómicas y de los lugares comunes. En suma, desarrollar un nuevo corpus de conocimiento teórico y empírico sobre el que basar una nueva cultura del cuerpo más representativa y más igualitaria.