Si se ponen a ello, los "folklocensores" deberán andarse con mucho tino al fijar los límites de lo políticamente correcto en fiestas y toda clase de celebraciones. Se empieza por el desfile de moros y cristianos y podemos terminar mirándonos con lupa la toponimia, el refranero, y, si me apuran, hasta lo que cantan nuestros hijos mientras saltan a la comba.
Si el virus se contagia puede llevarnos a cuestionar, por ejemplo, cómo nombrar el salto de la Reina Mora, un peñasco de Siurana desde donde la leyenda dice que una tal Abdelaiza se precipitó al abismo para no caer presa de los cristianos. ¿Le ponemos algo así como "El punto exacto desde donde la reina musulmana optó voluntariamente por saltar al vacío"? Podríamos seguir con el Coll del Moro de Gandesa, el Clot del Moro de Castellar de n´Hug y hasta con santo Tomás Moro, no sea que alguien se sienta herido. Si nos da por las cancioncillas, podemos empezar por la que dice: "Moros vénen, moros van pel camí de Sant Joan / moros de guerra, moros a terra". Menuda violencia. ¡Uy, a ver si alguien se enfada! ¿Y con el "no hay moros en la costa", qué decidimos? ¿Nos lo cargamos del diccionario?
Bien pensado, tampoco resulta políticamente correcto que nuestras ciudades estén llenas de estatuas de Jaume I llamado "el conqueridor" porque, como ustedes saben, se especializó en liarse a mandobles contra el infiel. ¿Retiramos las estatuas para que hagan compañía a las de Franco en los museos? ¿Y si un día nuestros respetados vecinos musulmanes descubren quién es el tal Jaume? Aunque el súmmum llegará el día en que nos dé por el respeto folklórico de carácter enfermizo con los judíos. Tendremos que retirar las carracas de las procesiones y habrá que contratar a James Finn Garner (o a mil y un guionistas) para reescribir La Passió de Olesa.

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