La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

6 Octubre 2006

Nacimiento de una ciudad, de Montserrat Nebrera en El Mundo de Cataluña

Emulando a Griffith en su crudo retrato de 1915 sobre el nacimiento de la nación americana, Martin Scorsese realiza en el año 2002, partiendo de una novela escrita por Herbert Asbury en 1927, la película en la que se describe sin más concesión que el efectismo visual las luchas entre bandas criminales que ya integraban desde el principio el alma de Nueva York, la ciudad de las oportunidades, el primer destino europeo para la búsqueda del sueño americano.

Precedida de una enorme expectación mediática, la fuerza argumentativa del director y la densidad de su discurso sobre las grandezas y miserias de la ciudad de sus entretelas hacen que Gangs of New York quede algo lastrada como vehículo de masas para la transmisión de una idea sobre el poder, porque sólo a medias nos encontramos en este caso ante una muestra de cine comercial. Un director como Scorsese es incapaz de expresar su tesis en un sentido unidireccional, y por eso la película acaba siendo muchas otras cosas que la descripción de los dolores del parto de una ciudad.

Para empezar, la ejemplaridad del discurso moral en la película no existe: una tierra de aluvión migratorio como es Nueva York hace con cada nueva hornada de recién llegados carne de cañón para el ensañamiento de los llegados antes, y una muestra de que en cierta vida real el bueno, como mucho y si aprende rápido, puede ser capaz de salvar la vida. Las dentelladas de los hermanos nos esperan y aquellos que en teoría deberían velar por nosotros no lo hacen. La ciudad acoge al nuevo sólo con la voluntad de exprimirle.

En segundo lugar, se aprende rápido de la mano de este director gigante que la conformación de una comunidad significa entre otras cosas la clara distinción de estatus, aunque sea entre los primeros llegados a la reunión y el resto, los advenedizos.La aristocracia neoyorquina son esos ricos que existen desde el origen y hasta los Kennedy. La jerarquía es un criterio universal de ordenación, y en el juego de las bandas, el personaje interpretado por Daniel Day-Lewis hace de la autoridad gestada en la fuerza, el material para crear una extraña cohorte de súbditos. Pero lo que está claro es que alguien manda, y que para poder hacerlo en algún momento de su historia ha tenido que ejercer violencia, aunque no distingamos entre grados. El semihéroe que se le enfrenta, interpretado por Leonardo Di Caprio, acaba comprendiendo que sólo en la contemporización con el adversario se lo puede vencer, porque es, en cierto modo, el alter ego originario y clarividente de «el padrino».

Y, en fin, aun siendo, como es, nación eso que llamamos Estados Unidos, no podrá negarse la ironía histórica de su asentamiento sobre la muerte y la destrucción, sobre la lucha más salvaje de humano contra humano, haciendo del lobo de Hobbes con el que el filósofo inglés nos comparaba un trivial minino de risible crueldad. De algún modo tenía que destruir el director la idea de la linealidad del discurso historiográfico, apelando a algo que se nos antojará, si somos capaces de relajar el pensamiento, mucho más obvio: se escribe la historia desde el presente y hacia atrás, a pesar de todas las cosas que realmente ocurrieran en esa gesta enorme de repartirse aquella isla apestada de mosquitos llamada a convertirse en la nueva Roma de Occidente.

© Mundinteractivos, S.A.

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