ANDA por ahí un dirigente de la cosa islámica empeñado en que se supriman las fiestas de moros y cristianos, y no es descartable que en medio de la vigente epidemia de apaciguamiento y corrección política acabe saliéndose de algún modo con la suya, en cuanto encuentre un alcaldillo progre con mala conciencia dispuesto a darle la razón y someter ese popular festejo a algún complaciente revisionismo histórico. Después se cabrean porque el Papa les canta las verdades, pero es que hay musulmanes que llevan el gen prohibicionista en la sangre. Son incompatibles con la risa, con la diversión, con la alegría. Un defecto muy español, por otro lado; debe de tratarse de un sustrato heredado de la larga etapa de dominancia árabe.
En su ceñuda susceptibilidad envenenada de agravios imaginarios, ignora este hombre de Alá que las fiestas de moros y cristianos son las únicas confrontaciones sin saña que tienen lugar en esta España llena de demonios donde parece haber resucitado el duelo de los gigantes goyescos, clavados en el solar patrio para exterminarse a garrotazo limpio. Hay en esas verbenas de guardarropía un aire de parodia sin rencores, un soplo disfrutón que empuja a los dos bandos de pega a confraternizar en el guateque bajo el disfraz de una enemistad de mentirijillas que siempre acaba en la reconciliación de un jolgorio al ritmo de «Paquito el Chocolatero». En vez de prohibirlas, habría que promocionarlas por televisión, a ver si cunde un poco de su festiva camaradería en esta atmósfera enrarecida de crispaciones que domina el escenario de la vida pública.
Porque esto es un sinvivir. Andamos los españoles peleándonos todos contra todos desde bien temprano el día, en la política, en la judicatura, en los medios de comunicación, en los foros de internet, en el fútbol, en la pareja, maridos contra mujeres, en la escuela, niños contra niños, y hasta en las esquelas mortuorias, difuntos contra difuntos, un celtibérico duelo fratricida a muertazos, que hasta ahí ha llegado la cizaña rencorosa sembrada por el Gobierno con su infausto empeño en rescatar la memoria enterrada del crimen cainita. Un cabreo generalizado y transversal, una bronca perpetua. Dicen los sociólogos políticos que este estado de encono es la mejor manera de mantener a los electores movilizados, y por tanto los dirigentes públicos azuzan la extenuante discordia para tratar de proyectarla hacia las próximas batallas electorales, pero lo que se está creando es un peligroso clima social de malquerencia, furia y odio, en cuya espesa humareda rupturista se ahogan los sentimientos de consenso, diálogo y encuentro que nos hicieron libres durante la Transición, allá en el Pleistoceno político. Sólo faltaba, pues, que por complacer a la santa ira islámica nos cargásemos las fiestecitas de moros y cristianos, esa amable patraña de disfraces que acaso sea la última palestra en la que todavía no nos estamos atizando los españoles con esa maldita ferocidad tan familiar y tan recurrente en nuestros fracasos.

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