La reunión que en el mes pasado celebró el Fondo Monetario Internacional (FMI) en Singapur llegó en un momento de creciente preocupación sobre la sostenibilidad de los equilibrios financieros internacionales: ¿durante cuánto tiempo va a poder sostener la economía mundial el astronómico déficit comercial norteamericano (Estados Unidos necesita que le presten 3.000 millones de dólares [más de 2.350 millones de euros al cambio actual] al día) o el creciente superávit comercial de China, que se acerca a los 500 millones de dólares [algo más de 392 millones de euros] por día?
Digámoslo con claridad: estos desequilibrios no pueden continuar indefinidamente. Lo bueno del caso es que existe un consenso cada vez más unánime sobre este tema. Lo malo es que no hay ningún país que crea que es su política la responsable de la situación. Estados Unidos señala acusatoriamente a la divisa china de estar por debajo de su valor real, mientras que el resto del mundo destaca los déficits descomunales de la potencia americana en las áreas fiscal y comercial.
El Fondo Monetario Internacional ha empezado a centrar su atención en este tema -mérito que hay que reconocerle-, después de 15 años de haberse preocupado casi exclusivamente por el desarrollo y la transición al desarrollo. La forma con que el Fondo se ha planteado el tema -algo que hay que lamentar- ha consistido en hacer un seguimiento de las políticas económicas de todos los países, una estrategia que corre el riesgo de atacar los síntomas sin afrontar el problema mayor, que es el del sistema.
Es más, tratar los síntomas podría traer como consecuencia que los problemas empeoraran, al menos a corto plazo. Véase, por ejemplo, la cuestión del tipo de cambio de la moneda china por debajo de su valor real y el superávit consiguiente del país, que el Tesoro de los Estados Unidos insinúa que constituye el meollo del problema. Aun en el supuesto de que China revalorizara su yuan respecto del dólar y redujera así a cero su superávit comercial con Estados Unidos, que es de 114.000 millones de dólares [más de 89.397 millones de euros al cambio actual] al año, y aun en el supuesto de que eso se tradujera inmediatamente en una reducción del déficit comercial multilateral norteamericano, Estados Unidos tendría todavía que pedir prestados más de 2.000 millones de dólares [más de 1.568 millones de euros] al día; es decir, la cosa mejoraría pero en modo alguno es la solución.
De más está decir, por supuesto, que probablemente no se registraría en absoluto ningún cambio de importancia en el déficit comercial multilateral norteamericano. Simplemente Estados Unidos compraría menos productos textiles a China, pero más a Bangladesh, Camboya y otros países en desarrollo.
Entretanto, como un yuan más fuerte haría que los alimentos importados de Estados Unidos fueran más baratos en China, los chinos más pobres -los agricultores- verían cómo caerían sus ingresos al hundirse los precios de los productos agrícolas en el interior del país. China podría optar por contrarrestar las consecuencias perjudiciales de las subvenciones desorbitadas que recibe la agricultura en Estados Unidos mediante el desvío de un dinero que necesita a toda costa para su desarrollo industrial en favor de subvenciones a sus propios agricultores. El crecimiento económico de China posiblemente se desaceleraría en la proporción correspondiente, lo que a su vez desaceleraría el crecimiento económico de todo el mundo.
No obstante, tal como están las cosas, el gigante asiático es completamente consciente de las condiciones de su pacto tácito con Estados Unidos: China contribuye a financiar el déficit del segundo mediante la compra de bonos del Tesoro con el beneficio que obtiene de sus exportaciones. Si no lo hiciera así, el dólar se depreciaría aún más, lo que reduciría el valor de las reservas de China en dólares (se espera que hayan superado el billón de dólares [más de 784.190 millones de euros al cambio actual] a finales de año). Cualquier país que pudiera beneficiarse de que China perdiese cuota del mercado de exportación podría invertir su dinero en una divisa fuerte, como el euro, y no en un dólar inestable y debilitado o podría optar por invertirlo en su propio territorio en lugar de acumular más reservas. En pocas palabras, a Estados Unidos se le haría cada vez más cuesta arriba financiar sus déficits y el mundo en su conjunto tendría que hacer frente a una inestabilidad mayor, no menor.
No puede hacerse nada de verdadera importancia en relación con estos desequilibrios globales si Estados Unidos no aborda sus propios problemas. Nadie en sus cabales propone que las empresas ahorren dinero en lugar de invertirlo en ampliar su producción sólo porque haya que corregir el problema del déficit comercial; y por mucho que se multipliquen los sermones sobre los motivos por los que los norteamericanos debieran ahorrar más (desde luego, más que el ahorro negativo que los hogares registraron en el año pasado), nadie de ninguno de los partidos políticos ha encontrado una fórmula infalible que garantice que lo vayan a hacer. Las rebajas de impuestos de Bush no lo han conseguido; unos mayores incentivos al ahorro, tampoco.
Es más, los cálculos que se han realizado demuestran en su mayor parte que, en realidad, esas medidas no han hecho sino reducir el ahorro nacional debido a que el coste de los ingresos que el Gobierno no ha obtenido es mayor que el incremento del ahorro de los hogares. El sentido común apunta a que no hay más que una alternativa: reducir el déficit del Estado.
Imaginemos que el Ejecutivo de Bush abraza súbitamente la religión verdadera (al menos, la religión de la responsabilidad fiscal) y reduce el gasto. Demos por hecho que es improbable que aumente los impuestos un Gobierno que no ha dejado de insistir ni por un momento en rebajas aún mayores de impuestos. Por sí solas, las reducciones de gastos llevarían a un debilitamiento de la economía norteamericana y de la economía mundial. La Reserva Federal podría hacer intentos de compensar estos efectos mediante rebajas de los tipos de interés, lo que protegería a la economía norteamericana porque eso animaría a los hogares norteamericanos, aun agobiados por las deudas, a solicitar todavía más dinero a cuenta de préstamos hipotecarios sobre sus viviendas para financiar su consumo. Sin embargo, eso tendría como consecuencia que el futuro de Estados Unidos sería aún más precario.
Existe una salida a este aparente punto muerto: una reducción de los gastos del Estado combinada con un aumento de los impuestos a los norteamericanos con ingresos más altos y una reducción de los impuestos a los norteamericanos con ingresos más bajos. La reducción de gastos produciría por sí misma una caída del consumo pero, como los pobres consumen un porcentaje mayor de sus ingresos que los ricos, el giro impositivo produciría por sí mismo un incremento del consumo. Si se planifica adecuadamente, esta combinación sería capaz de sostener la economía norteamericana y reducir el déficit con carácter simultáneo. A nadie sorprenderá que estas recomendaciones no hayan salido de las reuniones del Fondo Monetario Internacional en Singapur. Estados Unidos cuenta con derecho de veto en este organismo, lo que hace improbable que el Fondo recomiende políticas que no sean del agrado del Gobierno norteamericano.
Bajo los desequilibrios actuales subyacen problemas estructurales fundamentales en relación con el sistema mundial de reservas. John Maynard Keynes llamó la atención sobre estos problemas hace tres cuartos de siglo. Sus ideas sobre la reforma del Sistema Monetario Internacional, entre ellas, la creación de un nuevo sistema de reservas que se basara en una nueva divisa internacional, pueden adaptarse con algunos pequeños retoques a la economía de nuestros días. Mientras no ataquemos los problemas estructurales, lo más probable es que el mundo continúe infestado por desequilibrios que amenazan la estabilidad financiera y el bienestar económico de todos nosotros.
Joseph E. Stiglitz es Premio Nobel de Ciencias Económicas 2001, profesor de Economía en la Universidad de Columbia y ha publicado recientemente
Making Globalization Work (Conseguir que la globalización funcione).
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