Siempre me tuviste por conservador, ¿verdad, Niall?". Quien me espetó esta pregunta hace tres años, en vísperas de la guerra de Iraq, estudió conmigo en Oxford. Y está en lo cierto, siempre le tuve por persona de mentalidad conservadora. Fugitivo del telón de acero, era tan de derechas que hacía que los demás, jóvenes thacheristas, pareciéramos las manifestantes pacifistas del campamento antinuclear de Greenham Common (Berkshire, Inglaterra, 1981)...

La verdad es que ese sentimiento me resulta familiar. Es el sentimiento que muchos europeos experimentan cuando repentinamente caen en la cuenta de que el conservadurismo estadounidense es diferente.

Recientemente, cuando me encontraba de nuevo en Washington, ambas cámaras del Congreso aprobaron un proyecto - Military Commissions Act- que permitirá la encarcelación indefinida extrajudicial de sospechosos de terrorismo y su interrogatorio mediante tortura, sin nombrarla. ¿Suena vergonzoso, escandaloso? Lo verdaderamente chocante radica en su carácter de medida de compromiso, ya que el proyecto original de la Casa Blanca iba aún más lejos. Sólo la oposición de tres senadores republicanos - entre ellos John McCain- obligó al presidente Bush a rebajarla. Una pizca... Cuando el presidente firme este proyecto para su conversión en ley, nacerá la categoría de combatientes enemigos ilegales,quienes, prescindiendo de su nacionalidad, se hallarán expuestos a detención y arresto sumarios. Los así detenidos no podrán recusar su encarcelamiento mediante una solicitud de hábeas corpus. Cuando, mejor dicho, si son juzgados, lo serán por tribunales militares. Podrá incluso denegársele al acusado la deposición de testimonio reservado si el juez lo estima oportuno.

Mi viejo amigo Andrew Sullivan - otro thatcherista de Oxford que el presidente Bush ha conseguido desvelar a la luz del día como progresista- lo califica de proyecto para "legalizar la tiranía". Como mínimo, es susceptible de ampliar el alcance de la ley marcial estadounidense mucho más allá de las celdas de Guantánamo.

Dejemos por el momento de lado la cuestión del hábeas corpus; al fin y al cabo, a los prisioneros de guerra se les ha negado tradicionalmente esta medida protectora. Mucho más siniestra es la sección 8 ( "aplicación de las obligaciones del tratado"), según la cual "el presidente tiene autoridad (...) para interpretar el significado y la aplicación de la convención de Ginebra y para promulgar (...) disposiciones administrativas sobre violaciones de las obligaciones del tratado que no representen graves infracciones de la convención de Ginebra".

Para comprender lo que ello significa, debe saberse qué son "graves infracciones". Según la convención de Ginebra III, artículo 130, incluyen "muerte, tortura o tratamiento inhumano intencionados, incluidos experimentos biológicos", así como "infligir gran sufrimiento o grave daño al cuerpo o la salud de forma intencionada". Insidiosamente, por consiguiente, el Military Commissions Act faculta al presidente a autorizar todas las formas de intimidación de menor grado física y mental en las personas de los presos. El sufrimiento y el daño están bien, en otras palabras, mientras no sea grandes o graves.

Es fácil comprender por qué la mayoría de los congresistas dieron su aprobación. Cinco años después del 11-S, los estadounidenses corrientes siguen abrigando actitudes intensamente hostiles hacia cualquier individuo sospechoso de verse mezclado de un modo u otro en cuestiones terroristas. No es la primera vez que la fiebre de la guerra alienta a los estadounidenses a poner a un lado los principios fundamentales de la libertad individual sobre los que Estados Unidos se fundó en sus orígenes. Como era de prever, los demócratas opuestos al proyecto fueron acusados por los republicanos de tratar "condescendientemente" a los terroristas; línea de ataque que Karl Rove espera que ayude a ganar las elecciones de mitad de mandato de noviembre.

La historia, sin embargo, proporciona un poderoso contraargumento, que estriba en el hecho de que cualquier adulteración o desnaturalización de la convención de Ginebra podría resultar precisamente en el efecto contrario del pretendido por la Administración: lejos de proteger a los estadounidenses del terror, podría acabar exponiéndoles a él.

La primera convención de Ginebra que regulaba el trato humano de prisioneros de guerra fue adoptada en 1929. No es exagerado decir que salvó las vidas de millones de seres humanos. En la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente 96 millones de personas sirvieron en las fuerzas armadas de todos los estados beligerantes; más de una tercera parte de ellas pasó al menos algún periodo de tiempo en manos enemigas. La mayoría de ellas fueron soldados del Eje hechos prisioneros en la rendición de Alemania y Japón. Por suerte para ellos, los aliados respetaron la convención de Ginebra, pese a que las potencias del Eje se habían negado sistemáticamente a ello.

Imprudentemente - como efectivamente resultó-, la Unión Soviética había declinado adherirse a la convención de 1929. Hubo que esperar a que Stalin propusiera a Hitler en julio de 1941 la reciprocidad en este sentido, propuesta que el Gobierno alemán pasó por alto intencionadamente. Ello se debe a que fue la expresa intención de Hitler, como parte de la operación Barbarroja, ejecutar a todos los prisioneros soviéticos que pudieran ser identificados como comisarios políticos comunistas. A las pocas semanas de la invasión alemana, sin embargo, fue patente que no sólo los comisarios, sino todo el personal del ejército Rojo, iban a ser tratados con indecible e incalificable brutalidad.

Se calcula que durante las primeras semanas de la operación Barbarroja los alemanes pudieron ejecutar al menos a 600.000 prisioneros soviéticos. Los presos fueron confinados en improvisados campamentos sin abrigo ni sustento. Muchos murieron de inanición y enfermedades; a otros se les sacaba al exterior, donde acto seguido se les ejecutaba en grupos. Algunos fueron trasladados a campos de concentración como Buchenwald, donde se les fusilaba en el transcurso de falsas revisiones médicas, o al campo de exterminio de Auschwitz (los prisioneros de guerra soviéticos fueron en realidad los primeros en ser gaseados en este lugar). En total, en el curso de la guerra más de tres millones de soldados soviéticos murieron en cautividad. Más de la mitad.

En Asia las cosas no discurrieron por mejores derroteros. La policía japonesa fomentó la brutalidad en el trato a los prisioneros de guerra aplicando la convención de Ginebra mutatis mutandis (es decir, "cambiando lo que había que cambiar" con mínimos retoques), que en su caso interpretó por "introducir los cambios necesarios"... en el sentido de que los prisioneros enemigos se habían deshonrado de tal manera deponiendo las armas que sus vidas estaban perdidas. De hecho, algunos prisioneros aliados fueron obligados a llevar brazaletes con la inscripción: "Capturado en combate; ha de ser decapitado o castrado a voluntad del Emperador".

Las agresiones físicas eran el pan de cada día en algunos campos de prisioneros de guerra japoneses. Fueron frecuentes las ejecuciones sin juicio. Miles de prisioneros estadounidenses murieron durante la ignominiosa marcha de la Muerte de Bataan en 1942. En otros lugares, los prisioneros británicos fueron utilizados en trabajos forzados, sobre todo en el tendido ferroviario Birmania-Tailandia. Los japoneses consideraban el intento de fuga como un delito merecedor de la pena capital, aunque la mayoría de los prisioneros que murieron fueron en realidad víctimas de la malnutrición y las enfermedad exacerbadas por el agotamiento físico debido a los trabajos forzados y el maltrato en general. En total, un 42% de los norteamericanos hechos prisioneros por los japoneses no sobrevivieron. Tales fueron las consecuencias de rechazar o incumplir la convención de Ginebra.

Los republicanos de los estados rojos pueden aún encogerse de hombros. Al fin y al cabo, George W. Bush no es ningún almirante Tojo. Bien, tal vez no lo sea. Pero aun si no se observa parecido alguno entre las "disposiciones administrativas" de Bush y los "cambios necesarios" de la convención por parte del Japón imperial, considérese el razonamiento siguiente, de orden exclusivamente práctico. Como Winston Churchill insistió a lo largo de la guerra, tratar bien a los prisioneros de guerra es de sabios y prudentes, aunque sólo sea para aumentar las posibilidades de que los propios hombres sean bien tratados si también son hechos prisioneros. Incluso en la Segunda Guerra Mundial se dio un alto grado de reciprocidad: los británicos trataron bien a los prisioneros de guerra alemanes y fueron a cambio bien tratados por los alemanes; los alemanes trataron terriblemente a los prisioneros rusos... y obtuvieron su merecido cuando dio la vuelta la tortilla.

Pocos, si es que los hay, soldados norteamericanos se encuentran actualmente en manos enemigas, pero en la larga guerra que ha emprendido Bush las cosas pueden cambiar. La cuestión esencial del maltrato al enemigo estriba en que lo que va, vuelve de regreso. Y no es menester tener a un progresista agazapado en las entrañas para entenderlo a carta cabal.

NIALL FERGUSON, profesor Laurence A. Tisch de Historia de la Universidad de Harvard.

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© Niall Ferguson

Traducción: José María Puig de la Bellacasa