Contra todo pronóstico el Gobierno Zapatero y el lacónico ministro Pedro Solbes han incluido en los presupuestos del Estado una nueva remesa de inversiones para Asturias que duplican el peso económico de la región en el conjunto del Estado. Pero no han eliminado el peaje del Huerna y sí van a liberar dos pequeños tramos de autopista en Cataluña, región que percibirá, por primera vez, y de acuerdo con su nuevo Estatuto, una inversión aproximada a su peso en el Estado. La mitad, en datos proporcionales, que Asturias.
Es posible que esas cifras estén algo hinchadas, porque estamos en año preelectoral y hay que sacar pecho, pero lo cierto es que nos llevamos un buen pellizco de lo que corresponde en España. Pero hay quien se resiste a creer que pueda ser verdad después de los años triunfales de Aznar y sus escuderos asturianos Francisco Alvarez Cascos y, más en la sombra, Rodrigo Rato. Entonces ya se polemizaba sobre este asunto de las cuentas públicas. La buena prensa de aquel gabinete era incuestionable. Ahora hay más dudas sobre los datos que facilitan los socialistas. O, quizá, un mayor escepticismo sobre su capacidad para convertir ese dinero en realidades. Si alguna batalla ha ganado el exministro de Fomento es que era capaz de ejecutar lo que anunciaba, fuera cierto o no.
LOS HECHOS, pues, han dejado hace tiempo de ser como son para convertirse en lo que parecen según quien los cuente. Hay ejemplos magníficos en la vida nacional de la capacidad que tienen algunos comunicadores y algunos cargos de organizaciones políticas para adueñarse de la realidad. Así consiguen mantener en alerta permanente a los incondicionales y hacen dudar a mucha gente con buenas intenciones que no distingue muy bien el ácido bórico de la goma-2. De ese hilo salen muchos ovillos que ocupan páginas enteras de periódicos que jamás se han disculpado por engañar a sus lectores.
En realidad esos comunicadores se comportan como los ocupantes de la península ibérica durante ocho siglos que tampoco han pedido perdón, en autorizada opinión histórica de José María Aznar. Aunque ese es un asunto que a los asturianos nos interesa poco después de que la gallarda actitud de Pelayo (por cierto, de qué lado estaría en esto de los presupuestos? aceptaría de buen grado la eliminación de peajes en Cataluña?) alejara hace unos cuántos siglos cualquier confraternización entre civilizaciones tan distantes como la mora y la cristiana. Los asturianos, pues, no son rehenes de ese pasado y por esa deuda histórica es por la que el Estado, con Rato, con Solbes o con quien sea viene poniendo mucho más de lo que se lleva en el vetusto reino del norte. Sin que por ello nosotros hagamos ningún esfuerzo en dar las gracias. Lejos de eso seremos los primeros en reprochar cualquier intento ajeno de acercársenos. Al fin y al cabo ni catalanes, ni aragoneses, ni gallegos -siempre tan modositos-, ni, por supuesto, andaluces, entre otros, pueden exhibir esa capacidad nuestra para mantener las esencias de la patria a buen recaudo.
PERO CON ese peaje camino de Madrid que Alvaro Cuesta con una incontinencia verbal evidente anunció que se eliminaría tras ganar su partido las elecciones de marzo de 2004, los líderes de opinión regionales creen que este Gobierno no puede presumir de nada. Por mucho esfuerzo inversor que comprometa queda esa espinita del Huerna. Casi nadie repara en que esa autopista, por cara que sea, lleva abierta una veintena de años. A ninguno de esos asturianos que se desgañitan pidiendo más y más se les ha ocurrido nunca pensar que desde Santander a Madrid no pueden ir, todavía hoy, por autopista, como demostraba un excelente reportaje de este periódico el domingo pasado. Cuando lo consigan será gratis pero con muchos años de retraso. Y a los gallegos les costó mucho tiempo lograrlo, hasta que Manuel Fraga y Felipe González pactaron las dos autovías del noroeste. Ahora no sabemos muy bien por qué el PP aumentó el período de concesión a Aucalsa cuando resultaba evidente que penalizaba a los asturianos. Ni que al PSOE se le calentara la boca con una promesa muy difícil de cumplir. Pero así son todos.
Lo cierto es que después de tantos años de estúpidas peleas sobre las cantidades que se destinan a inversiones, lo cierto es que no suelen pasar del parlamento de papel a la realidad. Es decir que, pese a tantos empeños, las obras siguen eternizándose en los múltiples recovecos de la endiablada geografía asturiana, insuperable incluso para las huestes de cualquier Abderramán afincado en la hermosa Córdoba. A la gente de a pie lo que le interesa es cruzar de una vez el rio Nalón por un carretera a la altura de los tiempos y no pasarse las tardes de los viernes y de los domingos observando desde el interior de su automóvil las suaves colinas que se rinden ante el mar en San Juan de la Arena y San Esteban de Bocamar.
Eso son los presupuestos y no los interesados y retorcidos debates sobre sus cifras. Es más importante la ejecución que la cantidad y los asturianos, como todos, piden la misma diligencia en su uso que la que ponen las autoridades en editar indirectamente libros sobre su gestión y sus logros.
Mario Bango. Periodista.

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