Sexo en Madrid

Su mejor amiga no paraba de decírselo. «Rosa, hija, tienes que cambiar. El siglo XXI es una mala época para ser promiscua e hipocondriaca». Rosa le daba la razón. Teniendo en cuenta esa tendencia suya a ser más fiel a su marca de crema hidratante que a su pareja del momento, hubiera vivido mucho más tranquila si la primera juventud le hubiera pillado en la era pre-sida.

Sus amigas, las más íntimas, a las que les contaba casi musitando su preocupación por la posibilidad de contraer alguna enfermedad de transmisión sexual, le decían que era una loca. Que ella tenía la suerte de ser lesbiana y que como no practicaba sexo con penetración, no pasaba nada. Pero Rosa les decía que se equivocaban. Su sentido común le dictaba que el sexo oral era arriesgado y que la penetración manual, que ellas solían practicar, podía ser una vía de contagio porque si tenías una heridita, los virus podían entrar en la corriente sanguínea y bla bla bla... soltaba una disertación que ni el doctor House. Sus amigas la trataban como un bicho raro a ratos. Cuando les contó que se había ligado a Violette, aquella francesa que parecía un clon de Kate Moss, la que sacaba en todas ellas el espíritu landista que todo español/a lleva dentro cuando de suecas o francesas se trata, la miraron con envidia primero y con pena después. Rosa les explicó que la había llevado a su casa, que el ambiente se había ido caldeando, que Violette ganaba mucho desnuda y que a la hora de la verdad, cuando fueron a pasar a la acción, a Rosa le dio por pensar en que por muy buena que estuviera, ¿cómo podía estar segura de que no tenía alguna ETS? Así que se había enfriado y no había podido rematar el asunto. El relato acabó con un: «Tú estás enferma», que Rosa respondió mentalmente con: «No y eso es precisamente lo que quiero evitar».

El día en que Rosa y sus amigas, en una fiesta sólo para chicas, les regalaron una muestra de un cuadrante de látex con sabor a fresa, su vida cambió. La chica que se lo entregó les contó que el cunnilingus y el beso negro eran prácticas muy peligrosas y que estaban intentando concienciar a la población lésbica y hetero de lo importante que era protegerse. También les habló de unos guantes de látex negros, monísimos, perfectos para protegerse los dedos. Sus amigas la miraron de reojo, avergonzadas, y ella miró en dirección a Violette, que estaba rodeada de un enjambre de mosconas. Se acercó, la cogió de la cintura y salió de la discoteca. Aquella noche el pabellón español quedó muy alto y el cuadrante de látex muy desgastado.

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