Cuando a Vicente (Vicentón decían con cariño los amigos) le dieron el premio Nobel, hará pronto 29 años, el Ayuntamiento de Madrid le dedicó generosamente -en Madrid son muy rácanos con estas cosas- la calle en que vivía. Vicente lo aceptó pero no le gustó. Velintonia 3 pasó a ser Vicente Aleixandre 3, una calle muy corta en el antiguo parque Metropolitano. Vicente me señaló que hubiese agradecido más una calle nueva, en un estrenado lugar de la ciudad. Nada dijo. Algo similar le ocurrió con el testamento: había legado todo a su hermana Conchita, con la que vivía. Pero sólo dos años más joven que él, Conchita Aleixandre murió dos años más tarde, en 1986. Y no había otro testamento.

Algunos de sus libros y manuscritos fueron (por voluntad de Conchita, que sabía cumplir con la no escrita voluntad de su hermano) a manos de Carlos Bousoño, gran amigo; pero los demás bienes y derechos del poeta fueron para sus primos y los hijos de sus primos, que trataron muy poco a Aleixandre, si lo trataron. Pobre final para cualquier alto poeta: sus derechos siempre debieran estar en manos de quien cuide y difunda su obra, sean parientes o no. Quizá fue pudoroso Vicente Aleixandre.

Su pequeña casa (sólo habitaba una parte del chalé, la otra estaba alquilada) está vacía desde 1986, cuando murió Conchita. Vicente falleció en 1984. Ha pasado mucho tiempo y ha habido mucha negligencia de todos. Aquello fue un pequeño templo amistoso de la poesía española del siglo XX, desde Lorca a los novísimos; y sería bueno que allí hubiera al menos una biblioteca con el nombre de Aleixandre. Pero si los políticos todos (no importa el partido) han puesto poca carne en el asador, porque el tema -modesto- acaso no se preste a la caza del voto, sería injusto decir que sólo los políticos son culpables de la incuria del pequeño chalé, que lleva 20 años abandonado. Porque el viejo jardín tiene dueño (o dueños): los hijos de los primos de Aleixandre, que buscan dinero -y en su derecho están- pero a quienes parece importar muy poco todo eso del templo de la amistad, la casa de la poesía, o el punto de encuentro de tantos poetas famosos. Poderoso caballero...

¡Qué pena! Se cuida poco la memoria y la voz (la obra) de aquel gran poeta y hombre cordialísimo y acogedor que fue Vicente. Yo que frecuenté su casa -al menos una vez al mes- durante 15 años, lamento la suerte de la vieja y pequeña casa y de la inmensa y riquísima obra. Pero si se ha de pedir cuenta y se han de buscar responsables al descuido (olvido) de casa y obra, háblese de los políticos, siempre a su afán ganancioso y clientelista, pero no se olvide a unos herederos que desean antes rematar un buen negocio inmobiliario que dar facilidades a la memoria y prestigio de ese ilustre pariente suyo del que -al parecer- poco les atrae la memoria o el futuro. Sí, pobre Vicentón, junto al perro Sirio en la parte de atrás del jardín recoleto. La destrucción o el amor, ahora, entre el abandono de una casa pequeña y la lejanía de un poeta enorme.

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