La visita del primer ministro británico, Tony Blair, a España ha sido presentada ante la opinión pública desde la óptica del proceso de diálogo con ETA que tiene abierto el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Tal como en los días previos se ha informado sobre este viaje, parecía que Blair venía únicamente a impartir una lección magistral sobre resolución de conflictos, a la vista de su experiencia en Irlanda del Norte.

Todo lo que no fuera eso ha pasado desapercibido y en segundo plano, pese a que, a buen seguro, en las conversaciones entre los dos jefes del Gobierno los asuntos de carácter internacional han ocupado mucho más tiempo que las lecciones de Irlanda aprovechables para el País Vasco.

Hace unos meses, recién iniciada la tregua de ETA, el propio José Luis Rodríguez Zapatero reconocía públicamente que había tratado el problema terrorista con el premier británico: "En todas las conversaciones que he tenido con Tony Blair hemos hablado siempre del terrorismo, de ETA, del IRA y de cómo fue el proceso. También he tenido dos conversaciones muy interesantes con Bertie Ahern, primer ministro irlandés. Y alguna información nos han ido aportando durante este tiempo. Hay tres conclusiones decisivas de la experiencia irlandesa. La primera es trabajar en un ambiente de discreción; la segunda, crear los mínimos vínculos de confianza, y la tercera, no pretender resolverlo todo en una etapa porque es prácticamente imposible. Tiene que ser paso a paso".

Aparte de sus conversaciones con Rodríguez Zapatero, Tony Blair ha recibido información sobre el País Vasco a través de Gerry Adams, que canalizaba a los gobiernos británico, irlandés y de Estados Unidos las impresiones de los contactos del Sinn Fein con Batasuna.

A pesar de las veces que se han resaltado las diferencias existentes entre el conflicto del Ulster y el caso vasco, nadie ha podido permanecer ajeno al influjo irlandés a la hora de sacar lecciones del proceso que llevó al final del terrorismo del IRA y de los grupos unionistas. Sin embargo, esa influencia se ha reflejado en lecciones contradictorias, según quien fuera el analista.

El caso irlandés sirvió a Mario Onaindía y a Nicolás Redondo Terreros para formular las primeras tesis de lo que luego iba a ser el acuerdo por las libertades y contra el terrorismo, que se basaba en la necesidad de un amplio entendimiento entre los dos grandes partidos mayoritarios para privar a los terroristas de cualquier esperanza de éxito político, gobernara quien gobernara.

El modelo del Ulster fue invocado también por la totalidad del nacionalismo vasco en 1998 para justificar el pacto de Estella, en el que, paradójicamente, se reflejaba todo lo contrario de lo que había sido el proceso irlandés. Estella supuso la radicalización del nacionalismo institucional para acercarse al nacionalismo terrorista de ETA y Batasuna, mientras que en Irlanda se forzó al IRA y al Sinn Fein a entrar por el camino de la institucionalidad.

La interpretación irlandesa de Estella fracasó de manera estrepitosa porque no sirvió para frenar el terrorismo etarra y sólo contribuyó a tensar la convivencia civil en el País Vasco hasta límites que nunca antes se habían conocido. En cambio, la segunda interpretación del proceso del Ulster, la que condujo al acuerdo por las libertades, ha sido clave a la hora de poner contra las cuerdas a ETA y a su entorno político.