Llama al teléfono de mi casa una voz femenina rigurosamente desconocida. Se pone mi hija, que responde: "Un momento", y vuelve a sus deberes. Al instante me levanto de la silla, saludo y la voz me espeta si me importaría, caballero, que le hiciera algunas preguntas acerca de las próximas elecciones al Parlament, no le llevará más allá de unos minutitos. Me lo suelta en un castellano de Tomelloso, por lo menos. Acaso porque hoy en día todavía no puedo sustraerme al influjo que me produce la palabra caballero,acaso porque me ha gustado que la chica haya utilizado "unos minutitos" y no el preceptivo "segundín", el caso es que me veo contestando las preguntas.
¿Considera que las próximas elecciones son muy importantes, bastante importantes, poco importantes, nada importantes? Muy importantes, tremendamente importantes para el devenir de nuestro país - me refiero a Catalunya, claro-. La muchacha - bueno, la propietaria de la voz, que es una voz real, no una mera grabación, aunque por la noche se le quedará (me supongo) cara y tonillo de máquina, e igual cuando se topa con su esposo, en el piso, le sale: "Su marido, gracias"-, la muchacha, iba diciendo, advierte, de una forma sinceramente agradable, que sólo con dar una opción basta.
Pensaba que lo de las encuestas telefónicas era poco menos que una leyenda urbana. Ahora veo que no. ¿Recuerda el nombre de algún candidato a la presidencia de Generalitat? (no importa el modo en que ha pronunciado Generalitat, no nos vayamos a poner ahora quisquillosos. Total, tenemos a Montilla y a Saura aspirando...). Se los recito de carrerilla, e incluso cito el nombre del joven ese del partido ese que aparece en los carteles en porreta y depilado. Resuello. La chica me lo premia con un muy bien. Vamos a otra pregunta.
Ésta ya reclama, para su respuesta, las benditas matemáticas. Puntúe. A Piqué le doy un cero, pero no porque me caiga mal, sino porque su opción es, para mí, como mentar la bicha (no es, sin embargo, por ser quien es, un cero patatero, sino un cero - digamos- ponderado). Me cebo, también, en Montilla (un 2) y en Saura (un 1). La niña, que está al tanto de mis respuestas, me dice: papá... En la escuela saben que un 1 o un 2 son notas espantosas. Lo de Saura, arguyo, por esa tentación del populismo que acusa de manera preocupante. Porque no me gusta la demagogia que desempolvó al final del verano con el tema de la inmigración. Qué bochorno, además, lo de la izquierda inteligente - siendo él su mentor-. Me repatea los higadillos que el socialista y su eco se apropien del término progresista. Además, a Joan y a Pepe les suspendo, también, en catalán. ¿Se imaginan a un primer ministro de Francia hablando un francés como de chapurreo? O a Zapatero afirmando: "Pos bueno, espero que no haiga demasiado problema"?
Caballero, no es necesario que se explaye tanto en las respuestas. Inquiere si me siento sólo catalán, más catalán que español, más español que catalán o sólo español.
Señorita (ahí me censura seguro): ¿usted se considera más mujer que hombre, sólo mujer, más hombre que mujer o mitad y mitad? Sonríe tras la línea. Dice: hombre... Y yo: ¿a sí? Y ella: no, que, vamos. Yo soy catalán, nada más. Amo, eso sí, la lengua castellana y admiro la cultura hispánica, que son también las mías.
Ahora, la chica polariza sus cuestiones en los dos principales adversarios. ¿Qué virtudes atribuiría a Montilla? Sin duda, seriedad de rostro, que me parece una virtud ante tanto zafarrancho. Pero la seriedad completa está del lado de Mas. Con Montilla, ¿gana Catalunya? Creo, por supuesto, que no. ¿El PSOE, con Montilla, avanza en Catalunya? Creo, por supuesto, que sí.
Me bombardea a preguntas. La cabeza me retumba. Señorita, yo estoy por un pacto nacional. Lo digo y ya me arrepiento. ¿Creerá que me he vuelto loco? Nacional catalán, matizo. "Ah, ya me extrañaba que sacara ahora a Rajoy y a ZP cuando en ningún momento se lo he preguntado".

Escribe un comentario