Víctimas de lo que hemos llamado el «síndrome del ex», los que fueron políticos relevantes consideran imprescindible explicar las excelencias de la gestión realizada y que conozcamos sus puntos de vista sobre lo divino y lo humano. Por ello -a cambio de suculentas minutas- se prodigan en conferencias y se pasean por el mundo embebidos en la contemplación del propio ombligo y sin disculparse jamás por eventuales errores cometidos. Uno de los ejemplos más eximios es José María Aznar.
Cualquiera que siga sus intervenciones después del 11-M -fecha en que se echó al monte- se preocupará ante su deriva ideológica. No es que haya cambiado de cuadrante, porque D. José María sigue donde siempre estuvo y hace bien, sino que su discurso se ha liberado de algunas convenciones inherentes a la naturaleza del cargo y se muestra ahora puro y crudo. Como todos los ex, cuando es preguntado sobre algún asunto complicado, Aznar comienza su respuesta afirmando que él «está retirado». Pero acto seguido se suelta el pelo y se arranca con un discurso apocalíptico y primario que, con pequeñas variantes, gira en torno a estos dos ejes: presentar como aciertos los errores del pasado en política internacional, llamando a la cruzada contra el moro y sus asimilados, y anunciar que los separatistas, con la complacencia del Gobierno actual, están a punto de consumar la voladura de España. Con este modesto bagaje ideológico el ilustre ex se va apañando y deambula por las capitales de occidente deseosas de oír sus profundos análisis sobre el pasado, presente y futuro de este desgraciado planeta.

El otro día, en hora de máxima audiencia, y mientras el presidente Cavaco Silva estaba en España regalando un móvil al Rey, José María Aznar se apareció a los portugueses. No eligió una encina de Fátima, sino Lisboa, y cambió la cueva de Iría por el primer canal de la televisión portuguesa en hora de máxima audiencia. El fenómeno, con luz y taquígrafos, ocurrió en un teatro, duró dos horas y media y tuvo lugar ante un público selecto. En lugar de pastorcillos ágrafos, había en el local un número considerable de empresarios, clérigos y algunos conversos despistados de la progresía lusitana. Al final de semejante maratón, se confirmó lo esperado: el aznarismo había supuesto un nuevo siglo de oro para la economía, las ciencias y las artes hispanas y el desgobierno actual tiene postrada a la nación y pone en peligro su propia supervivencia. De otros temas se habló menos, aunque ante la insistencia de la presentadora, el ex se vio obligado a decir algo sobre aquel asuntillo de la guerra del Irak afirmando que hoy volvería a hacer lo mismo, que Saddam era un peligro para la paz mundial, que la democracia iraquí está en el buen camino y que el mundo es más seguro desde la invasión. También se reafirmó en que estamos en guerra contra los moros y que éstos deben pedir perdón por haber ocupado territorio ibérico durante 800 años. No dijo nada, en cambio, sobre suevos, vándalos, alanos, griegos, romanos y otros ocupantes, ni sobre si los alemanes actuales deben también disculparse ante los mallorquines por haberse establecido en su isla. En lo tocante a la relación España-Portugal, teórico contenido del programa, Aznar habló poco, pero aclaró que durante su gestión había tenido una relación excelente con los vecinos de Península, que temas importantes como el reparto de los recursos hídricos o la explotación conjunta de la energía habían quedado bien encaminados, y que es el Gobierno socialista el responsable del estancamiento actual. Los asistentes asentían encantados y reforzaban en sus intervenciones las palabras del ex.

Como decíamos, simultáneamente se producía la visita que el presidente Cavaco Silva realiza a España. Nos tememos que quedará en la historia como «la visita del móvil» o «la del embarazo». Cavaco no ha tenido suerte, y el viaje, como afirman algunos comentaristas portugueses, hay que situarlo en el ámbito de lo turístico. Ha tenido el acierto de no acompañarse de los empresarios habituales -debían estar todos en lo de Aznar- y sí de personas jóvenes que transmiten una imagen más dinámica del país. Lo del móvil ha estado muy bien, sobre todo la afirmación de que el aparato permite al presidente conocer los menús de los restaurantes próximos a su domicilio, pero no es suficiente.
Lamentablemente, y a pesar de la habitual retórica de buena vecindad los viejos temas siguen pendientes. El MIBEL (mercado ibérico de la electricidad) sigue parado desde el 2002 y ha producido el efecto contrario al pretendido, con una subida de las tarifas domésticas, los pescadores siguen ahogándose en el Duero cada vez que los españoles abren las compuertas sin avisar, la abrumadora hegemonía española está dejando sin espacio a la agricultura y la industria portuguesa, los mecanismos proteccionistas españoles siguen impidiendo el acceso a los portugueses más emprendedores al mercado español, etcétera. En noviembre habrá una nueva cumbre ibérica en la que se firmarán de nuevo centenares de protocolos cuyos beneficios son un completo misterio.

Para completar el guiso ibérico, estos días anduvieron también por Lisboa Alfonso Guerra, que sigue en lo suyo, muy torero, y reivindicando la memoria histórica en el Instituto Cervantes, y Fernando Savater que, ese sí, en media de hora de televisión en el segundo canal, nos reconcilió con el idioma, el humor, y el sentido común.

Francisco José Faraldo es coordinador Área Ibérica.