La buena letra, de Joan Barril en El Periódico
La buena letra
Hasta hace poco, éramos un país de ágrafos, de gente que no escribía o que escribía lo justo para poner una nota en el parabrisas diciendo que "un momento por favor, que ahora vuelvo". Ahora, con los móviles y los
e-mails, hemos desarrollado una curiosa economía de escritura que pondría los pelos de punta a los puristas de la lengua. Pero ni siquiera la nueva ortografía importa, porque, en el fondo, siempre hay algo que comunicar y lo esencial es que el mensaje se entienda. Claro que, para que una frase se entienda ha de ser reconocible por el ojo humano. Y en muchos documentos oficiales la caligrafía o la mecanografía dejan mucho que desear. Insisto en el carácter documental de esos museos de los horrores caligráficos que son las multas, los certificados de lesiones de urgencias o los partes de accidente de circulación. Eso no son cartas de amor, cuyo contenido al menos siempre se le supone agazapado entre los torpes trazos de un bolígrafo. Se trata de documentos que serán usados como pruebas ante cualquier juzgado. De que esos documentos estén bien escritos en el sentido más manual de la palabra escribir depende tal vez una indemnización, una baja, una orden de alejamiento del agresor o simplemente un coche nuevo. Y sin embargo, tal vez por un legítimo hartazgo ante los excesos burocráticos, el escritor accidental relata lo sucedido con desgana, como si quisiera hacer pagar al papel toda la ira del papeleo. En esos garabatos del desprecio de la palabra escrita se esconde el egoísmo insolidario del comunicante. Ese papel que intenta comunicar una sanción o un daño hará más daño aún si se ponen dificultades a su interpretación. Y, finalmente, llega el colmo de los errores. Un preso que solicita el indulto vía Defensor del Pueblo y que recibe una notificación de que ese indulto le ha sido concedido. Pero el indulto no llega. Y el Defensor que insiste en que el indulto es un hecho. Hasta que se descubre el error mecanográfico, un error tan grave como omitir un simple no. Es como preparar al reo para ser fusilado y, cuando suenan los tiros, el pelotón se carcajea porque todos menos el ajusticiable sabían que sus armas estaban cargadas con balas de fogueo. La letra, a favor o en contra, ha de ser precisa y exacta.
Ante notario
El nuestro es un país donde las necesidades básicas están cubiertas. Solo así se entiende que la oferta electoral sea exigir un debate cara a cara. O impugnar por ilegal una campaña que dice Et toca a tu. O, tal vez, ofrecer gafas gratuitas a las personas con bajo nivel de renta. O eximir de impuestos a los que se saquen un diploma de idiomas. O exigir un timbre obligatorio para las bicicletas. Mucho ha llovido desde que los partidos se ofrecían ya fuera para la emancipación social o para el mantenimiento de las tradiciones. En la gran subasta electoral, hay quien está dispuesto a firmar ante notario que no aceptará pactos con según quién. Es una manera de reconocer que la palabra del candidato no vale nada comparada con la firma del notario. Ese sí da fe.
Diario hablado
El depósito del váter no cierra bien. Un chorrito de agua fría se va perdiendo en silencio. En la cisterna se oye el rumor del grifo goteante y de la válvula vacilante. Y el sonido es parecido al de una radio antigua que canta noticias en blanco y negro.
