Sorprende que ahora sea noticia el carácter extremadamente degradado de la Rambla de Barcelona. Los que llevamos años trabajando o viviendo cerca de este popular paseo hemos asistido con pena y malestar a una progresiva caída en picado de este lugar, hasta el punto de evitar pasear por él para no deprimirnos e irritarnos. El fenómeno no es nuevo, por supuesto. El escritor J. V. Foix, antes de la Guerra Civil, ya glosó los puntos oscuros de una capital catalana que él llamó despectivamente "la Barcelonota". Ahora, el Ayuntamiento nos dice que quiere abordar el problema y decide empezar por inventarse un examen de calidad para las estatuas humanas y por ordenar el cierre de los puestos de venta de pájaros y otros animales. ¿No hay otras realidades mucho más acuciantes a la hora de salvar la Rambla?

Lo de ir primero a por las estatuas y los puestos de bichos suena a pura campaña de imagen. Y suena también a algo muy feo por parte de cualquier administración: ser inflexible con los débiles y permisivo con los fuertes. Estas estatuas humanas siempre me han parecido una tontería de indudable mal gusto, pero no creo que constituyan precisamente el principal problema cuando se trata de recuperar la Rambla. Los puestos de animales quizás son anacrónicos y reclaman una puesta al día, pero tampoco cree uno que ocupen el primer lugar en la lista de desgracias y fealdades que trufan lo que debería ser un espacio emblemático y acogedor. ¿Por qué el Ayuntamiento no ataca primero la prostitución y sus derivadas conflictivas, el bajo nivel de la oferta gastronómica, los comercios baratos de souvenirs, la multiplicación caótica de terrazas, el desorden en pensiones y pisos de alquiler para turistas, el auge de rateros, trileros y otras especies similares, la falta de limpieza en muchos rincones? Empezar por las estatuas y las pajarerías es lo propio de políticos que quieren calmar a los vecinos y a la opinión pública con populismo fácil, que es lo típicamente reaccionario. Sí, perseguir a los débiles y dejar campar a los más fuertes es política reaccionaria de manual. Son proxenetas, ladrones y estafadores culinarios y comerciales quienes deberían notar ya el contundente peso de la ley. Claro que esto obligaría al alcalde Jordi Hereu y al concejal Carles Martí a arremangarse de verdad.

Xavier Mas de Xaxàs, en el reportaje que ofreció La Vanguardia el pasado jueves, recogía una buena definición de un pintor con larga experiencia en la Rambla: "Esto es Lloret, escenario del lumpen globalizado". Ni nuevo cosmopolitismo multicultural ni viejo pintoresquismo local, sólo un decorado barato para la estupidez itinerante.