No es habitual que un miembro de la cúpula del Partido Socialista se desmarque de la voz del Gobierno. Aún menos que lo haga para lanzar un reproche contra el equipo de Zapatero. Y aún más atípico resulta que el propio presidente del Ejecutivo salga a dar explicaciones personales a un miembro del partido.
Estos tres hechos atípicos han recaído sobre un solo hombre: el secretario de Libertades Públicas del partido, Álvaro Cuesta. Su disonancia respecto a la voz oficial del partido era algo internamente conocido, hasta que el nuevo acuerdo de financiación con la Iglesia Católica –que eleva su participación en el IRPF al 0,7% aunque elimina su garantía presupuestaria– ha hecho saltar a la luz las primeras divisiones dentro de la agrupación.
¿Se esconden detrás reacciones futuras de mayor calado? Ésa es la lectura que muchos detectan ya detrás de la extraña sucesión de hechos. No habría sido así si todo hubiera quedado en una crítica de Cuesta, que la semana pasada reprochó a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega que no le consultara sobre la nueva financiación de la Iglesia, capítulo que corresponde a su departamento.
Pero es que no quedó ahí la historia. Lejos de dejar pasar el descuido, el propio Zapatero salió ayer a explicar a Cuesta que el sistema de financiación con la Santa Sede exigía “sigilo y prudencia”, motivo que aconsejaba discreción frente al partido.
A la voz de Zapatero para acallar las divisiones internas se sumaron las propias filas del partido. En concreto, la del secretario de Organización del PSOE, José Blanco, quien, curiosamente, también en los últimos meses ha cogido la batuta en algunos temas relativos a las elecciones municipales, también una de las tareas de Álvaro Cuesta.
Blanco no se dedicó ayer a explicar en qué consiste el pacto con la Iglesia, a pesar de que todos estaban pendientes de que el Gobierno desglose el acuerdo –un pacto “clandestino”, como critica la propia oposición–. Los detalles son aún un misterio. No lo es, sin embargo, que el acuerdo cuenta con el respaldo “unánime” de todos los socialistas. Y también de Álvaro Cuesta, lo único que ayer dejó claro Blanco. Una unidad que en el PSOE prácticamente nunca había sido necesario aclarar.
Entre tanto, con el ajetreo dentro del partido, pocos se acuerdan de la opinión de la Santa Sede, quien no vio precisamente con buenos ojos la actitud de Cuesta. Así, mientras el PSOE lidiaba su propia cruzada por la unidad de discurso, el embajador de España en el Vaticano, Francisco Vázquez, calificaba de “casposo y decimonónico ese anticlericalismo absurdo” –en alusión a Cuesta– que intenta negar a la Iglesia el reconocimiento al papel que desarrolla en favor de la sociedad.
Es más: el embajador, que confía en el Gobierno, valoró los “pasos muy importantes” en las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia. Pero a la vista de los sobresaltos, junto a los momentos de acuerdo, Vázquez no descartó futuros “momentos de desencuentros” entre ambos.
El Gobierno no le contestó. Esta ocupado en sus deberes para acallar las divisiones y sólo se dijo lo que él mismo quería oír: que el acuerdo no es más que el primer paso del camino de la autofinanciación. Y en eso, al menos ayer, estaba de acuerdo todo el PSOE.

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