Los archivos secretos vaticanos arrojan luz sobre las dificultades de Franco en busca del apoyo de la Santa Sede y de la condena de los católicos vascos.

La Santa Sede manejó con precaución la Guerra Civil española, angustiada por la persecución religiosa en zona republicana pero al tiempo reticente a bendecir a los sublevados, demasiado próximos a la Alemania nazi y a la Italia fascista, cuyos regímenes empezaban a procurarle disgustos. La diplomacia vaticana se esforzó por no perder de vista a los dos bandos, hasta el punto de impacientar al general Francisco Franco, como se desprende de los documentos que afloran de los archivos secretos vaticanos relativos a ese periodo, que fueron abiertos a los historiadores el pasado 18 de septiembre. "Aparentemente, en la propaganda franquista, las relaciones entre los nacionales y la Santa Sede son idílicas, pero la documentación reservada revela gravísimas tensiones", asegura el monje de Montserrat Hilari Raguer, que ha pasado varios días investigando entre las 199 cajas de legajos, despachos y apuntes del pontificado de Pío XI en los años de la contienda.

Achille Ratti fue Papa con el nombre de Pío XI de 1922 a 1939, y falleció a los 81 años el 10 de febrero de ese año, apenas dos meses antes del final de la Guerra Civil. En su nombre partió un despacho del secretario de Estado, Eugenio Pacelli - el futuro Pío XII-, al arzobispo Ildebrando Antoniutti, primer representante del Papa en la España sublevada, para que pidiera al general que se respetaran las ciudades en el avance de las tropas nacionales, y que se evitaran así "matanzas inútiles sin justificación militar".

El despacho ha sido hallado por el sacerdote Ramon Corts, quien indaga en los archivos con objeto de publicar toda la documentación vaticana de ese pontificado relacionada con Catalunya. Era la época de los bombardeos sobre ciudades, durante la cual aviones italianos castigaron Barcelona sobre todo en marzo de 1938. "Franco respondió irritado a Antoniutti que Barcelona era objetivo militar", explica Corts. La Santa Sede no se sumó a la condena internacional de los bombardeos, que indignaban a la opinión pública de media Europa, y optó sin éxito por la vía diplomática.

Si el Vaticano consideró oportuno guardar silencio público sobre los bombardeos, lo cual proporcionaba a Franco un respiro y no ayudaba moralmente a la República, aplicó el mismo silencio a una iniciativa que entusiasmaba al general: la Carta Colectiva de los obispos españoles del 1 de julio de 1937, impulsada por el cardenal Isidro Gomá y firmada por casi todo el episcopado, que argumentaba el porqué de su apoyo a los sublevados. Ramon Corts ha descubierto en el archivo que la Santa Sede dio acuse de recibo de la carta nueve meses después de recibirla. "Eso es mucho tiempo - comenta el experto Hilari Raguer, autor del libro La pólvora y el incienso. La Iglesia y la guerra civil española-.Además, el diario vaticano L´Osservatore Romano no la publicó entonces, pese a la resonancia internacional que tuvo".

Raguer reconstruye así lo ocurrido: el cardenal Vidal i Barraquer, que vivía en Roma desde julio de 1936 y que no firmó la Carta Colectiva por considerarla demasiado política, escribió al secretario de Estado Eugenio Pacelli que la carta no le parecía conveniente. La Santa Sede no respondió ni a Vidal i Barraquer ni a Gomá, y finalmente "Pacelli escribió a Gomá alabando el sentido de justicia de los obispos por condenar el mal de cualquier parte que venga, lo cual enfadó mucho a los franquistas".

Otra cuestión que enfureció mucho a Franco fue no lograr una condena vaticana a los católicos vascos fieles a la República. "No los puedo condenar, porque los católicos vascos son mis hijos, aunque políticamente equivocados", afirmó Pío XI, y Pacelli así lo recogió en un despacho. Franco había enviado al Vaticano como representante oficioso al almirante Magaz, para obtener el pleno reconocimiento del Gobierno de Burgos, y para lograr esa condena a los católicos vascos que no le fue posible conseguir.