La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

2 Octubre 2006

Oviedo, ciudad menguante, de Gabriel Santullano en La Nueva España

Si bien la prensa de partido, que predominó en el siglo XIX y parte del XX, ha desaparecido, su alineamiento político es algo indiscutible. Bajo la capa de independencia, los periodistas se han convertido en chicos de los recados de facciones políticas, económicas o religiosas. Aunque parezca increíble, treinta y un años después de muerto el dictador, prevalece, bien que con maneras suaves y discretas, el régimen de consignas. Y es que no hay duda: cuesta menos fabricar un fanático que un ciudadano que piense, que dude y que debata. Ausente el espíritu crítico, sustituido por el de secta, con frecuencia los medios de comunicación son poco más que un mercado en el que cada día se ofrecen al lector imaginaciones por verdades.

De modo que si el lector es católico podrá leer que la Iglesia, en España, es perseguida como nunca lo ha sido. Si pertenece al grupo de los perdedores de las últimas elecciones, es fácil que encuentre en el quiosco un medio de comunicación que consuma resmas y resmas de papel para demostrar que el 14 de marzo fue un golpe de Estado dirigido por el «comando Rubalcaba». Si es un padre, alguien se encargará de convencerlo de que la libertad de enseñanza ha desaparecido. Y por último, si es vecino de Oviedo, tendrá que soportar el runrún de que Gabino de Lorenzo es el mejor alcalde desde que Máximo y Fromestano hincaron la pala aquí, más o menos donde ahora está el arco de San Vicente.

Pues bien, ninguna de estas informaciones contiene un gramo de verdad. Pese a lo que anda gorjeando por ahí el bando clerical, a la Iglesia no la persigue nadie. Por el contrario: nunca vivió mejor ni cobró más por hacer menos. Respecto a la fecha fatídica, la verdad es que los ciudadanos rechazaron con su voto a un Gobierno incompetente, marrullero y presumido. Sobre la libertad de enseñanza, hay que decir que nunca fue tan amplia. Y para comprobarlo, basta con repasar la Historia. Y, en fin, eso de que Gabino ha sido el mejor alcalde sólo es una pompa de jabón que se desvanece al menor contacto con la realidad. Porque lo cierto es que hoy Oviedo es una ciudad menguante.

Y a los hechos me remito. Desde que Gabino lleva la vara, la Universidad ovetense adelgaza; despacio, pero sin tregua; la facultades técnicas, las de mayor porvenir, florecen por doquier menos en Oviedo, donde sólo lo hacen los magnolios; los museos adornan las aldeas y las villas con «edificios singulares» y, por supuesto, «emblemáticos», pero en nuestra ciudad se mueren de asco y su futuro acorralado y laberíntico es de pena. La TV autonómica, fuente de tecnología, cultura y nuevas profesiones, se va para Gijón. Del equipo de fútbol, ni te cuento. Los atractivos de la ciudad, a la espera del armatoste calatraveño, siguen siendo los que nos han dejado nuestros antepasados, es decir, la Catedral, el prerrománico, cuatro palacios y el Campo San Francisco. ¡Ah! Y un campo de fútbol y un auditorio que, tal como van las cosas, serán de uso redundante. En el negociado de cultura y festejos, el conservadurismo más necio, cuando no la cutrería, habitan una programación que no varía por más que el mundo se mueva y se transforme. En fin, el genio fecundo de los ovetenses, que fue siempre uno de sus rasgos distintivos, se ha difuminado y revenido sin que nadie haya hecho nada por evitarlo. La estólida desgana respecto al 2008 lo demuestra. Deslumbrados por filas uniformes de farolas que alumbran paisajes urbanos de zarzuela, estamos encantados con la gracia cañí de ese vecino de Benia que -cuando-y apetez- aparece por Oviedo disfrazado de alcalde y del que lo único que saben decir de él sus partidarios es que «Gabino ye mucho Gabino». El problema está en que mientras los ovetenses nos regocijamos con un alcalde que chorrea disparates y fanfarronadas, como ésa de hacer una playa en Oviedo, o la de inventarse un nuevo equipo de fútbol, las villas de los alrededores, como Gijón, Mieres, Pola de Siero o Avilés, van poco a poco superando la crisis que masacró el tejido productivo de la provincia desde los años setenta, y se acicalan y crecen, pero también discurren, se esmeran e incluso adulan, para alcanzar un futuro que combine nuevas y viajes funciones urbanas. Oviedo, que al comienzo de la edad contemporánea tenía un tejido industrial nada desdeñable, perdió el tren de la industrialización y si se salvó fue porque se agarró al clavo ardiendo de los servicios. Doscientos años después me parece que se va a quedar de nuevo en la estación con tres palmos de narices.

Porque mientras el Oviedín del alma se miraba el ombligo, Siero se llevaba el comercio moderno y varios miles de puestos de trabajo. Y aprovechando que los ovetenses se desternillaban de risa con las ocurrencias de su alcalde, Gijón levantaba un espléndido campus universitario, ampliaba su función administrativa, sembraba polígonos industriales por todo el concejo, multiplicaba sus recursos turísticos, ya abundantes, y emprendía un despegue cultural de amplias perspectivas. Y en tanto la sociedad ovetense se extasiaba con los gorgoritos operísticos, zarzueleros y populacheros, nuestros vecinos ponían en pie «semanas negras» y literarias, reuniones de gentes del cine y grandes conciertos populares que cada año, además de enriquecer a la ciudad en diversos aspectos, la situaban en plataformas mediáticas de gran audiencia. Con decir que hasta consiguieron convencer al público de que el edificio más descuajeringado y garrulo del siglo XX era un hito de las historias del arte, está dicho todo.

Ante tanto desastre, que además compromete el futuro, lo único que se le ha ocurrido al Alcalde es echarle la culpa al presidente de Asturias. Sin duda el Presidente se desayuna todos los días con el tóxico localista, pero eso no exime de responsabilidad al Alcalde. Cantar en tono alto y desgañitado la copla del «cerco de Oviedo», letra y música de la Hermandad de Defensores, es algo que sólo se le puede ocurrir a quien tiene tan bajo concepto de sus convecinos que piensa que Oviedo es aún el lecho en el que la heroica ciudad dormía la siesta, olvidando que también fue el selecto auditorio de Alas y de Posada; de Ayala y de Buylla; de Antón el Coque y de Camblor. Es decir, una ciudad popular y culta que, apoyándose en lo mejor de su pasado, tiene fuerza para analizar el presente y marchar hacia el futuro. Una empresa, ésta, para la que no basta un caudillo de borrascas y de vientos que esconde sus fracasos bajo la fácil capa del victimismo y le echa la culpa de todo a los demás. Porque si los proyectos van a otros sitios es porque otros políticos tienen mayor capacidad de convencer y dialogar. Por eso, lo que Oviedo requiere es un piloto que sea, en un solo tomo, negociador y persuasivo. Y que, como alcalde de la capital, posea el genio suficiente para situarse a la cabeza de un plan municipalista regional inmune al localismo. No está Gabino para esto. Su proyecto, ramplón y traspillado, tiene aparejado el hoyo. Gracias a él, Oviedo es hoy una ciudad menguante, dislocada y sin rumbo a la que otra dosis de lo mismo dejaría a la boca del sepulcro. Que esto cambie depende de que los propios ovetenses sean capaces de impulsar un debate del que hasta ahora ha estado ausente una opinión sumida en la modorra más ceñuda e implacable. Unos fliparán con el jijiji, jajaja con que Gabino los embriaga; otros pensarán que gobernar es algo más que hacer furacos, fachadas, fuentonas y un Palacio de Congresos. Del choque de ambas posturas debería salir la luz. Oviedo necesita un proyecto de ciudad que hoy no posee, y Asturias otro de cohesión regional inmune al localismo. Para encontrarlo, tampoco hay que menearse los sesos demasiado. En un radio de menos de treinta kilómetros tenemos claros ejemplos de cohesión social, prosperidad y avance cultural, aunque también de egoísmos. Si logramos adaptar, y no copiar, los aspectos positivos y un gobierno de progreso los impulsa, habrá alguna esperanza de futuro; si no, la muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo será también, más pronto que tarde, la aldea más importante de Asturias. Algo que no deja de ser un honor, pero sólo eso.

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