La Coctelera

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2 Octubre 2006

Nos hemos vuelto ciegos, de Fulgencio Argüelles en La Voz de Asturias

Los problemas existen si hay alguien a quien culpar de ellos. Cuando todos los argumentos apuntan a que el culpable es uno mismo, es probable que de la reflexión consiguiente se obtenga la conclusión de que el problema no existe. Por eso, quizá, en la lista de las preocupaciones de los pueblos aparezcan en primer lugar cuestiones que las gentes creen producto de factores externos. En no pocas ocasiones, las demagógicas explicaciones de los voceros públicos llegan a invertir la definición de los problemas y así, la inmigración, se convierte hoy en día en el problema que más parece preocupar a nuestros pueblos, cuando, en sí misma, es positiva y esencial para el desarrollo económico de las naciones capitalistas y su inexistencia sí que constituiría un problema grave para nuestras sociedades de consumo, sin hablar de todo cuanto aporta la convivencia entre diferentes formas de ver la vida al desarrollo cultural de cualquier pueblo.

LA LISTA de los problemas importantes puede ser muy larga: una mujer es brutalmente asesinada por su marido; un numeroso grupo de jóvenes se encuentran en situación de desempleo o se ven obligados a suscribir contratos abusivos y precarios; los bosques del entorno se incendian y el medio ambiente se deteriora por residuos incontrolados y falta de colectores en los ríos; cada día un mayor número de ancianos viven solos y sin asistencia social; la delincuencia azota los barrios de las ciudades; los niños deben levantarse a las seis de la mañana para acudir a los colegios y vuelven cuando ya la noche ha borrado los paisajes; las guerras siguen asolando diferentes territorios del mundo y acaban con las vidas de miles de inocentes; el hambre es la causa de muerte de millones de personas; los terrorismos, tanto por absurdas reivindicaciones territoriales como por fanáticos planteamientos religiosos, siegan la paz y la vida con sus letanías de muerte y la corrupción invade como una peste las mentes de muchos de nuestros representantes.

TODAS ESTAS situaciones negativas, y otras que se podrían enumerar, nos afectan y es probable que en todas tengamos algo que ver, tanto en sus causas y en su prolongación en el tiempo como en una posible solución de las mismas. Sin embargo, ninguno de estos problemas parece ser prioritario para la mayoría de los ciudadanos (así lo reflejan las encuestas) o al menos no son más importantes que la inmigración. La inmigración está en el primer lugar de las preocupaciones de todas las encuestas. Incluso no son pocos los que ven en la inmigración el origen de muchos de los problemas antes mencionados.

La relación entre migración y globalización es parte esencial de la llamada modernidad y del desarrollo del sistema capitalista en el que (querámoslo o no) estamos instaurados, sobre todo en cuanto al abastecimiento de mano de obra barata y especializada. Los poderes económicos y políticos han dimensionado el fenómeno de la inmigración de diversas maneras: el sistema esclavista instaurado en el nuevo mundo, la migración indocumentada del mundo de hoy, los programas de trabajadores huéspedes o la selectividad migratoria sustentada en la captación de talentos. Lo cierto es que una desaparición (o huelga de brazos cruzados) de toda la masa migratoria de cualquier país industrializado (como el nuestro) paralizaría y arruinaría su economía de manera dramática y fulminante. Nuestra nación se está mostrando egoísta y ciega ante este fenómeno. Los voceros de nuestra sociedad mienten o al menos ocultan la verdad al no poner de manifiesto una y otra vez estas realidades y con sus discursos ambiguos, pobres y malintencionados despintan a la sociedad que lejos de ver una bendición en la inmigración la califican de problema y la acusan de ser la causa de muchos de los problemas existentes. Más de seis millones de españoles tienen en otros países la condición de inmigrantes. Otros muchos millones lo fueron algún día y gracias a ellos países de América primero y de Europa después alcanzaron los trenes del desarrollo.

No podemos ser un pueblo a la defensiva porque seríamos un pueblo ingrato y ruin. No podemos vivir en una ilusoria urna de cristal (o en una lata de conservas) mientras a nuestro alrededor millones de seres humanos vienen hacia nosotros para intentar mejorar su vida a nuestro lado y por consiguiente (ineludiblemente) para mejorar la nuestra. La inmigración solo es un problema para ellos, para los que inmigran, porque la mayoría se juegan la vida al hacerlo y muchos la pierden y quienes consiguen llegar terminan inmersos en situaciones cercanas a la esclavitud y permanecen a nuestro lado respirando injusticia y discriminación o soportando crueles miradas acusatorias. Nuestra opulenta sociedad del bienestar exhibe, satisfecha y babeando egoísmo, su obesa fisonomía. Presumimos de ser una nación con saldo positivo en sus presupuestos. Gracias a los inmigrantes se engrosan las arcas de la Seguridad Social. Ingresamos más de lo que gastamos. Y lo decimos sin ninguna vergüenza. Y a la vez que lo pregonamos llegan ellos, los famélicos y desesperados inmigrantes, en las imposibles lanchas de los sueños rotos a causarnos problemas. Realmente tenemos un problema, un problema muy grave: nos hemos vuelto ciegos, al menos bizcos de tanto mirar para otro lado; nos hemos vuelto sordos, soberbios e insensatos.

Fulgencio Argüelles. Escritor.

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