Le parece a uno que el presidente Zapatero ha conseguido incluso más de lo que se proponía con la movida socialista de señorito de izquierdas. Nos parecía grave que Zapatero trajese o retrotrajese a los viejos Borbones, pero ocurre que están volviendo por sí mismos. Nos parecía fuerte que trajese a los socialistas forjados al fuego, pero sólo ha traído a los forjados al agua. Zapatero, ya que no otros dones, tiene el don de ida y vuelta que le permite retrotraer al mismo tiempo al Atlético de Bilbao de Zarra y a los masones de la Segunda República.
Sobre estos masones habría mucho que escribir, porque no salieron nunca en el NO-DO, salvo para ser crucificados por Franco. Aquella masonería de entonces, o sea la buena, alternaba en el Ateneo con Don Manuel Azaña, escribía en los periódicos más cultos y tenía colocado un general, cuando menos, en cada ministerio. La masonería era los jesuitas que volvían del exilio decretado por el volteriano conde de Aranda. La masonería era el Opus Dei de nuestro franquismo aperturista. La masonería era el nombre que se le ponía a Don Juan March cuando no tenía otro nombre disponible. La masonería parece que viene del XVII, porque lo cierto es que cuando una divinidad desaparece de la mitología de los hombres, en seguida es sustituida por otra masonería, ya que las teologías e ideologías no son mucho más que partidos políticos.
Cuando a nuestro sistema le falta algo, en seguida le metemos un partido y así se va remendando la Historia. La Humanidad no puede vivir sin una mitología terrestre y le sale más barato radicarla en las Escuelas Pías que en los casinos internacionales. Pero Ramón de Garciasol me contaba una vez que un viejo amigo de cuando la cárcel franquista le había llevado a ver una sesión de masonería con sus rectángulos, sus triángulos isósceles, sus signos como egipcios y sus hombres pecadores y arrepentidos que vomitaban la culpa por la boca, aquella culpa que sólo era espuma burbujeante y efectista. El poeta salió de allí antes de tiempo, limpiándose el asco con el pañuelo y prometió no volver. Decididamente, era mejor el crucero con Don Juan March que aquella fantasmagoría de clave monetaria.
En cambio, una cosa de mucho efecto es Los poderes terrestres, de Anthony Burgess, novela con la que Kubrick hizo una numerosa y tentadora película, donde se reviven las orgías medievales en una confusión de sexo sagrado y cristianismo pervertido. El filme es algo largo, pero el desfile final, como un desfile de modelos en carne vivísima, ha dado mucho dinero y escasos fieles de hoy en día, cuando el Sexo en Nueva York te lo regalan por un dólar y sin ningún peaje intelectual ni teológico.
Nuestra Guerra Civil se termina realmente cuando echamos a los masones y traemos a Ortega, quien decía que «el tiempo se angosta», o sea que él se hacía viejo. Los masones vuelven a España como las Brigadas Internacionales del espiritualismo monetario y tomando, más que nada, la forma inmobiliaria que le disimula y enriquece. Los masones de hoy siembran la sierra de parcelas y algunos, como mi amigo Garciasol, van por ver otra confesión con burbujas y sapos que dan muchas ganas de merendar.
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