Si la Revolución Francesa tiene música, aparte de La Marsellesa, será la que le puso Etienne Méhul que, sólo entre 1790 y 1807, creó 25 óperas. Fue el compositor “oficial” de los revolucionarios... y aun así tuvo problemas con el poder. La censura le prohibió su ópera Mélidore et Phrosine porque el argumento —un incesto— no era de “tendencia republicana” y, además, “la palabra libertad no aparecía en ningún momento de la obra”. Méhul, que conocía con quién se jugaba los cuartos, revisó su trabajo, incluyó en él varias veces, como a boleo, la sacrosanta palabra libertad y se zanjó la cuestión.

Así seguimos. La libertad, el más sagrado de los valores y meta final de la concepción democrática, está dejando de ser un concepto, una divisa y un código de vida para quedarse, sencillamente, en una palabra. La libertad individual, que la colectiva es sólo una consecuencia, llena las bocas, por la derecha y por la izquierda, de todos los predicadores políticos; pero, ¿cuántos la respetan en los demás y, con ello, la hacen valiosa para sí mismos?

Muchos años de cruel Inquisición, de promiscuidad entre el poder político y el religioso, convirtieron la libertad en algo sospechoso y, aún habiendo sido Patria de grandes liberales, España sigue siendo un lugar, en lo que a la libertad respecta, de más sermones que vivencias porque, como afirma Baura, entre nosotros el poder pretende instalarse hasta en las alcobas de quienes aspiran a ciudadanos y se quedan en súbditos. La Transición, salvando las formas, vino a perpetuar tan expansivo entendimiento y hoy un puñado de falsos liberales, encaramados en el campanario o con ambiciones protagónicas en el PP, quieren suplir a la vieja estirpe.

No hay líder que no se llene la boca con la palabra libertad. Han aprendido la lección de Méhul y la colocan en sus discursos independientemente de que venga o no a cuento. José Luis Rodríguez Zapatero —mucho más totalitario que autoritario— no deja de pronunciarla, pero basta contemplar sus hechos para advertir la escasa concordancia con sus dichos.

En lo que parece una bien coordinada actividad, dos nombres notables de nuestro periodismo no precisamente izquierdista —Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos— cabalgan como si fueran los únicos titulares en la defensa de las libertades. Es un juego más crispado que divertido que sería legítimo, aunque no ejemplar, si no lo realizaran en combinación y complicidad con algunos líderes del PP, especialmente Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, y con la complacencia, o la ignorancia, de Mariano Rajoy.

Entre la prensa y el poder político, ideologías al margen, debe haber la mayor de las distancias posibles. Caben, claro está, los periódicos de partido, pero confesándolo en su propia cabecera. En este caso se ha consumado una rara cama redonda que, lejos de ser condenada por la Conferencia Episcopal, propietaria de una de las patas de la cama, cuenta con la ayuda material —licencias, programas y bicocas— del PP, dueño de otra de las patas.

Lo más curioso de todo es que los protagonistas de un juego tan poco edificante, si se contempla desde la ética de la libertad, presumen de liberales. Cuando en 1879 Fernanflor creó el diario El Liberal dijo: “Ésta es la tribuna de los que no tienen dogmas previos y sólo una certeza total, la libertad del individuo”. El Liberal cerró sus puertas y dejó de imprimirse en 1936...

(Siguiendo la técnica de Méhul, he repetido en estas líneas la palabra libertad en dosis suficientes para parecer liberal, pero en la prensa española esa condición la tienen acreditada muy pocos escritores. Carlos Rodríguez Braun, por ejemplo).