Suele decirse que todos deseamos adelgazar, más exactamente, que es improbable encontrarse con alguien que no prefiera estar más delgado. Hay casos, suele decirse también, extremos, pero en general estimamos que tenemos sobrepeso, y muchas veces no tanto para los demás, cuanto para nosotros mismos. Lo sabemos, si comiéramos menos y mejor, más regulada y adecuadamente, si hiciéramos ejercicio periódica y frecuentemente, si lleváramos una vida sosegada, serena, sana en todos los sentidos, sin duda estaríamos mejor, y no sólo de peso. También es cierto que no es cuestión de dedicar la vida a lograr como única meta prolongarla. El objetivo sería no la mera duración sino la calidad y el bienestar de nuestro vivir. Pero entonces ya estamos hablando de otra cosa.

Tal parecería que todo el país ha sufrido "un ataque de atletismo". Y no nos referimos a este maravilloso deporte, que es un conjunto de modalidades. Hablemos de esa proliferación gimnástica de pesas, bicicletas estáticas, método Pilates, desaforadas carreras callejeras, sudores a destiempo, brazadas inconexas y un ir y venir sin criterio, con la confianza de que al fin estaremos en forma. No parece que nos guste tanto nadar como haber nadado, si bien nos gusta más comer que haber comido. Es decir, el sentido no siempre radica en la actividad, aunque hay casos, cuanto en su resultado, en sus efectos, como si viviéramos para haber vivido, como si bebiéramos para haber bebido.

La cuestión da que pensar. Cuando las necesidades son más elementales y perentorias, más extremas, estos asuntos carecen de todo protagonismo. No ya vivir, sino sobrevivir, puede constituirse en el objetivo primordial. Es lo más probable en determinados ámbitos, culturas o lugares del mundo. O quizá en sectores, estamentos y capas, no ya de una sociedad, que deseamos armónica democráticamente, cuanto en espacios con diferente concepción y modos de vida, o formas de cultura. Para muchos de estos sectores, la vida diaria trae ya sus dosis de ejercicio, la alimentación no necesita dosificarse más y, cotidianamente, bastante es sacar adelante la tarea y luchar por salir con los demás de la difícil condición. Quienes así sobreviven no entretienen sus proyectos con sueños irrealizables o deseos inalcanzables, tan lejanos, como inviables, para empezar, por resultar caros y no sólo económicamente. Están sencillamente, en otra cosa.

Sin embargo, cabría suponer que, entonces, carecen de estilo o de clase, de la distinción que da el peso ideal, de la confianza de poder y saber estar como si, en última instancia, no ya la belleza sino hasta la dignidad nos la jugáramos en la báscula, verdadero parámetro de nuestra categoría. Una cuestión de peso, cuanto menos mejor, y de dinero, cuanto más mejor. Nuevamente habríamos de hablar de salud, de una vida saludable, de la armonía y de la mesura, de una ajustada respuesta y satisfacción de nuestras necesidades, de unos ejercicios, y no sólo musculares, de otras gimnasias, mentales, espirituales, como la lógica o la reflexión, o la malentendida meditación, o el análisis, o la conversación, o la lectura, o la escritura.., ejercicios que es difícil pesar y sopesar.

No se trata de ignorar el cuerpo. Es cuestión de saber que, por ejemplo, la extrema delgadez, y más propuesta modélica y simbólicamente, implica deficiencias y alteraciones que reclamarían otros regímenes y otras higienes, pero de vida. Ni lo vulgar ni lo extremo ha de ser modélico, la excelencia no es jamás un extremismo. Las formas de vida, en su variedad, han de alcanzar a la vida MESEGUER singular de cada modelo, de los modelos, de las modelos. Resulta estimulante que así se empiece a considerar en determinadas pasarelas, salvo que se trate de un simple cambio de patrón. Es su vida y la de quienes sueñan y desean con ellos, con ellas, la que resulta decisiva.

Planteadas de este modo las cosas, el sobrepeso de una sociedad opulenta o la anorexia opulenta de una sociedad requieren promover el cuidado y el cultivo de sí. Es lo que merece nuestra consideración. Ciertamente, podemos valorar toda una serie de actividades y ejercicios encaminados a velar por nosotros mismos y los demás. Sin duda, tienen que ver con la alimentación o la recreación y el ocio, con la higiene y la salud, con la cultura, el paseo o la curiosidad intelectual, con la implicación en los asuntos comunes o públicos, con la corresponsabilidad..., en una mezcla que no es indiscriminada mezcolanza, sino constatación de la necesidad de no obsesionarnos por una pérdida de peso que quizás expresa que nuestro espíritu ya está del todo delgado.

La íntima relación entre cultura y alimentación se malentiende cuando parece proponerse que es preciso mostrar una distancia e indiferencia acerca de algo a su juicio tan poco elegante como comer. Ocuparse o cuidarse de ello sería propio de gente aún no suficientemente sofisticada y lo exquisito sería mostrar alguna modalidad de desagrado ante algo supuestamente tan poco elevado. No digamos si ello va acompañado de conversaciones o de risas. Podría hablarse de gastronomía, de restauración, podría degustarse, paladearse, pero nada de entregarse. Como alguien ha señalado, comer sería más bien cosa de pobres. Delgados para la palabra, para el placer del otro, para la recreación de la necesidad, delgados para el encuentro, la reunión y la fiesta, en su silueta no siempre brilla un alma cuidada o elegante, ni siquiera forma alguna de austeridad o de ascesis. Es pura pose o grandilocuente pretensión de superioridad.

La anorexia trasluce un alma mordida por esa delgadez y requiere todo un cultivo de sí, un afecto, un cuidado. Y no menos la incontrolada obesidad. El peso que damos a los que somos y hacemos, la ponderación que nos exige, la mesura con la que actuamos, hacen que todo exceso, incluso de equilibrio, resulte poco armonioso. Lo decisivo no es que casi todos queremos pesar menos, lo terrible es que quizá ya nuestra vida podría pesar menos de lo que vivir merece.