Apesar de las buenas noticias que nos ha deparado este verano sobre el progreso en la seguridad de Iraq, el país se enfrenta a una crisis urgente en torno a la seguridad de Bagdad. Los líderes iraquíes y sus socios internacionales cuentan con una estrategia sólida para corregir la situación, pero es fundamental que los iraquíes pongan freno a la violencia sectaria y se unan para luchar contra los terroristas y poderes externos que la fomentan. Para lograrlo, el Gobierno y el pueblo iraquíes necesitan el apoyo y la ayuda de sus aliados democráticos en Europa, Estados Unidos y el resto del mundo.

En el pasado mes de julio, hubo 558 incidentes violentos en Bagdad, un diez por ciento más que la media mensual. Estos ataques provocaron 2.100 muertes, otro incremento sobre la media cuatrimestral. A finales de agosto, ese número había descendido notablemente, aunque aún no disponemos de las cifras oficiales. Aun así, es un hecho alarmante que el 77 por ciento de estas muertes fueron causadas por la violencia sectaria, que da lugar a temores sobre una guerra civil inminente en Iraq.

Esto no lo desea el pueblo iraquí. En julio, una encuesta del International Republican Institute, una organización imparcial norteamericana dedicada a promover la democracia, demostró que el 94 por ciento de los iraquíes apoyaba un gobierno unitario que representara a todas las sectas y etnias, con sólo un dos por ciento en contra. Alrededor del 78 por ciento estaba en contra de la segregación religiosa o étnica, con sólo un trece por ciento a favor. Incluso en Bagdad, donde se ha desarrollado la mayor parte de la violencia sectaria, el 76 por ciento se oponía a la separación étnica, y sólo un diez por ciento se mostraba a favor. Está claro que los extremistas y los insurgentes no tienen el apoyo popular.

El desafío al que se enfrenta el plan de seguridad de Bagdad y su esfuerzo complementario de reconciliación nacional es lograr el deseo de la inmensa mayoría de los iraquíes de vivir en paz, contra la minoría violenta que desea imponer su visión particular del odio y la opresión.

No podemos cumplir nuestro objetivo de lograr un Iraq seguro, estable, democrático y en paz consigo mismo y sus vecinos si la violencia devastadora persiste en la capital. En Bagdad reside uno de cada cinco iraquíes. Es un microcosmos de las diversas comunidades étnicas y sectarias del país. Los insurgentes quieren crear la sensación de un caos descontrolado para hacer creer a los norteamericanos y a la comunidad internacional que el esfuerzo en Iraq ha fracasado. De esta manera, la violencia en Bagdad tiene un efecto psicológico y estratégico desproporcionado.

Desde el ataque contra la mezquita de Samarra el pasado mes de febrero, tanto los extremistas suníes como los chiíes han intentado aumentar su control e influencia en la capital. Tras la muerte de Abu Musab al Zarqaui, la cúpula de Al Qaeda en Iraq se vio debilitada de forma significativa, pero sigue habiendo células operativas en Bagdad que envían coches bomba a barrios chiíes. Al mismo tiempo, los escuadrones de la muerte suníes y chiíes, algunos de los cuales actúan como una extensión de Irán, aumentan los niveles de violencia. Las deficiencias en la capacitación y liderazgo de la policía nacional iraquí no hacen más que empeorar el ciclo violento de represalias. Para combatir este problema de gran complejidad, el Gobierno de unidad nacional de Iraq, liderado por el primer ministro Nuri al Maliki, designó la seguridad de Bagdad como su principal prioridad. Su Gobierno, elegido de forma democrática, necesita nuestra ayuda, tal como quedó indicado en las resoluciones 1546 y 1637 del Consejo de Seguridad de la ONU.

El plan gubernamental de seguridad de Bagdad tiene tres componentes principales:

1. Estabilizar Bagdad por zonas. Se están desplegando más de 12.000 soldados iraquíes y de coalición en las calles de Bagdad. La policía nacional recibe una nueva capacitación intensa que incluye formación adicional en cómo combatir la violencia sectaria. Hasta la fecha, este enfoque se ha puesto en práctica en cinco de las nueve áreas de la capital. Se añadirán nuevos distritos en las próximas semanas.

El aumento en los controles y las patrullas, junto con los comités multisectarios vecinales, está ayudando a fomentar la seguridad en cada barrio. Al irse asegurando cada distrito bagdadí, las operaciones se extienden a zonas colindantes.

2. Alterar las zonas de apoyo. Mientras se aseguran barrios específicos, las tropas iraquíes y de la coalición seguirán realizando operaciones especiales en otras zonas donde se preparan actos violentos. Esto entorpece la capacidad de los terroristas y escuadrones de la muerte de realizar operaciones ofensivas en las áreas que estamos estabilizando.

3. Fomentar la acción ciudadana y el desarrollo económico. Una de las consecuencias más trágicas de la violencia creciente en Bagdad es que quita al pueblo iraquí la sensación de normalidad cotidiana. Poco después de la liberación del país, los empresarios iraquíes vivieron una gran prosperidad al abundar en los comercios productos de consumo prohibidos bajo el régimen anterior. Por desgracia, el aumento en la violencia en Bagdad atemorizó a muchos iraquíes, que se vieron obligados a cerrar sus tiendas.

Por consiguiente, tras proteger un barrio o distrito mediante operaciones militares conjuntas entre las fuerzas de seguridad iraquíes y de la coalición, se mantienen en el lugar fuerzas de seguridad iraquíes suficientes, reforzadas con la capacidad de realizar acciones ciudadanas y fomentar la revitalización económica. El Gobierno del primer ministro Maliki se ha comprometido a destinar 500 millones de dólares a este fin, mientras que el Gobierno estadounidense aportará más de 130 millones.

Este programa de apoyo económico ofrece formación profesional y trabajos, en especial a hombres de entre 17 y 25 años. Esto fomenta el apoyo popular al ofrecer servicios mejorados, como por ejemplo la atención médica y los servicios de basura y demás desechos, y contribuye a mejorar la capacidad del Gobierno local de proteger y proveer a los ciudadanos. El plan del primer ministro Maliki para hacer de Bagdad una ciudad segura está estrechamente vinculado al programa más amplio del Gobierno de unidad nacional para reconciliar a la sociedad iraquí. Este programa busca fomentar el entendimiento entre las facciones suníes y chiíes, incluyendo aquellas involucradas en el conflicto sectario.

Por último, un pacto moral entre los líderes religiosos de las dos comunidades islámicas habrá de deslegitimar la violencia mediante la prohibición de los asesinatos sectarios. Este pacto niega a los asesinos el asilo político o religioso mientras las fuerzas de seguridad iraquíes y de la coalición les niegan un refugio físico. A largo plazo, el plan buscará el desarme de los insurgentes y las milicias, a través de un programa para desmovilizar a los grupos armados no autorizados. También evaluará la implementación del proceso contra elementos baasistas, remitiendo a los acusados de crímenes a los tribunales y reconciliándose con los demás.

Es comprensible que, al oír de muertes y ver imágenes sangrientas en las calles de Bagdad, los estadounidenses y europeos piensen que estos planes han fracasado. Pero no es así. El Gobierno de unidad nacional iraquí lleva menos de tres meses gobernando. Sus ministros de Defensa e Interior apenas llevan cien días en el poder. Los ministros iraquíes siguen contratando a miembros clave de su plantilla, y están aprendiendo a trabajar juntos, bajo el liderazgo de un nuevo primer ministro. El Comité para el Diálogo y la Reconciliación Nacional, encargado de administrar la puesta en práctica del plan de reconciliación, se formó a principios de agosto. Sin embargo, ya ha habido resultados positivos y la violencia va en descenso. Éstas son buenas noticias, pero debemos tener paciencia.

Según el Ministerio de Defensa iraquí, el índice de criminalidad en el distrito de Dura ha descendido un 80 por ciento. En el distrito de Rashid, los líderes políticos suníes y chiíes, junto con los líderes tribales y los imanes, se reunieron y firmaron un acuerdo por el que renunciaban a la violencia. Incluso los líderes tribales renunciaron a proteger a miembros de su tribu que participen en la violencia sectaria.

Aunque es demasiado pronto para determinar si estos éxitos se extenderán a toda la ciudad, el progreso inicial debe ser visto como algo esperanzador para los iraquíes, los estadounidenses y los europeos. En contra de los que aseguran que Iraq está inmerso en una ancestral lucha étnica y sectaria, el pueblo iraquí quiere dejar zanjadas todas estas divisiones. La batalla de Bagdad decidirá el futuro de Iraq, que, a su vez, determinará el futuro de la región más vital del mundo. Aunque queda mucho trabajo difícil por delante, es de suma importancia que los estadounidenses y nuestros aliados europeos den a los iraquíes el tiempo y el apoyo material que necesitan para ganar la batalla de la capital.