Está por hacerse la historia de la receptividad de la literatura catalana en Madrid, ambas Castillas y demás prolongaciones hispánicas e hispanoamericanas. Pero uno tiene la impresión de que, antes del estentóreo silencio actual, o sea antes de que se apagaran los ecos que en el progresismo hispánico vinculaban catalanidad y modernidad, la cosa se ha ido moviendo, en general, entre la conmiseración y el desdén. Con algunas notables excepciones. Como la de Joan Maragall y Miguel de Unamuno: una amistad paradigmática,cuya correspondencia ha reeditado, en la editorial Milenio, el catedrático Carles Bastons.
Maragall y Unamuno se admiraban mutuamente. Aunque ya se carteaban, sólo se conocieron con motivo del segundo viaje del futuro rector a Catalunya, en otoño de 1906, hace ahora exactamente un siglo. Dialogaron, desde sus diferencias, porque sostuvieron una sólida amistad intelectual.
Señala Bastons que "en cierta manera, la relación entre Unamuno y Maragall se ha convertido en un modelo para las relaciones Castilla-Catalunya, unas relaciones presididas por la comprensión, la tolerancia y el reconocimiento de las propias señas de identidad". Aunque hay que decir que quien tiraba del carro era Maragall y que Unamuno, no nos engañemos, nunca acabó de entender la España plural del poeta.
Pero ¿quiénes serían, quienes podrían ser hoy, cuando ya ni cartas se escriben, los Maragall de aquí y los Unamuno de allí? Porque, mientras invitamos a la señorita de Madrid a leernos el pregón, el diálogo entre las literaturas hispánicas está en horas más bajas que nunca. ¿Quiénes, desde los medios del centro, se muestran hoy amigos de la literatura en lengua catalana? Aunque siempre fueron muy contados. Como el hoy totalmente olvidado Enrique Díaz Canedo, que, según pondera Josep Maria de Sagarra en sus prodigiosas memorias, "fue el único de su generación - traduzco- que conoció a fondo, que comprendió y aceptó en todo su valor el esfuerzo que desde nuestra Renaixença veníamos haciendo los intelectuales catalanes".
Sagarra comenta que se repetía en él el caso de Menéndez Pelayo. "Dije que fue el único, porque yo los he conocido y tratado a todos.
Yo he visto, por ejemplo, la simpatía de Juan Ramón Jiménez, pero fue solamente eso: una simpatía. Vi posteriormente el gesto fraternal de García Lorca y de otros poetas como el mismo Salinas, pero en todos estos casos estaba la elegancia, corrección y consideración como en algunos de los hechos que se han producido hoy con intelectuales castellanos (se refiere a los encuentros de poesía de los cincuenta). Canedo llegó a mucho más que a todo esto, y contrastaba su posición con la de Pérez de Ayala, que, a pesar de nuestra cordialísima relación personal, se miraba nuestras aventuras literarias con indiferencia, y no hablemos de la indiferencia o del menosprecio de Ortega y Gasset, porque en este hombre tan admirado se dio el caso de que la fuerza de su prestigio adquirió en Catalunya más volumen que en otra parte. Aquí es donde se han vendido más ejemplares de sus obras y donde se han seguido con más interés, y Ortega y Gasset, a través de sus escritos, ha ignorado voluntariamente toda la espiritual efervescencia de nuestro litoral mediterráneo o la ha considerado mediocre, frívola e inconsistente".
Sí, alguien tendría que hacer también un estudio serio del orteguismo en relación con la cultura catalana.

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