La princesa Letizia vuelve a estar embarazada y todos sus súbditos nos alegramos de ello y le damos la enhorabuena. Ahí deberían terminar nuestras reacciones ante la feliz noticia, pero algunos de nosotros aprovechan la situación para volver a un tema recurrente: la (supuesta) necesidad de abolir la ley rancia que impide a las mujeres acceder al trono de España.

Esa ley, claman nuestros feministas monárquicos, es un anacronismo que se compadece mal con esa monarquía constitucional que encarnan los Borbones y con la sociedad democrática que los acoge. Conclusión: ¡Dios salve a la reina!

Resulta algo extraña tanta preocupación por el destino del sector femenino de la realeza en un país en el que para muchas mujeres el problema no es si llegarán a reinas o no, sino si podrán sobrevivir un día más a la violencia del animal de bellota con el que se casaron tiempo atrás.

Es más, tengo la impresión de que a los españoles nos es indiferente tener un rey o una reina. Todos somos conscientes de que la monarquía es un anacronismo --más o menos útil, más o menos simpático-- y que, por consiguiente, está exenta de seguir a rajatabla las leyes que rigen para los ciudadanos comunes. En ese sentido, la ley sálica es un anacronismo menor insertado en uno mayor. Y si no insistimos en la derogación de la monarquía y la proclamación de la república es porque:

1) La familia real es discreta, cumple una cierta función social y no cuesta el dineral que se tragan los Windsor, por ejemplo.

2) Con los políticos que tenemos, darles más poder del que ya disfrutan es algo que le pone a cualquiera los pelos como escarpias.

O sea, como dicen los anglosajones, cuando algo funciona razonablemente bien, ¿para qué repararlo si no está roto?

La monarquía española tiene unas reglas tan anacrónicas como la propia institución; y, exceptuando a Jaime Peñafiel y a Luis María Anson, a todos nos da bastante lo mismo si se adecuan al signo de los tiempos o si siguen igual que cuando los reyes godos. ¿Le sirvió de algo a la Iglesia católica pasarse del latín a las lenguas vernáculas? Lo cierto es que muchos feligreses preferían las incomprensibles representaciones de antaño, cargadas de pompa y circunstancia, aunque fueran anacrónicas (por lo menos, nadie destrozaba las canciones de Bob Dylan).

Los aristócratas y los curas habitan mundos propios con reglas propias. Mientras no nos molesten demasiado, es mejor dejarles en paz con sus rarezas y concentrarnos en poner al día el mundo real, que nuestro trabajo nos cuesta.