El acuerdo entre la jerarquía católica y el Gobierno sobre los dineros de la Iglesia ha sido recibido bien en ésta y, curiosamente, mal entre dirigentes del PSOE y sus áreas de influencia. La satisfacción de la Iglesia es comprensible: al dejar de depender de los presupuestos del Estado, gana en libertad para realizar su labor, que incluye diagnósticos morales sobre el curso de las cosas, incluida la gestión política. Las reacciones de regentes socialistas y afines mediáticos son asombrosas, cuando desaparece la asignación presupuestaria y la financiación depende de la decisión de los fieles católicos.

La Iglesia pasa a ser una institución que no recibe dinero del Estado en un país en el que tantas organizaciones viven del Estado. Los adversarios de la Iglesia deberían alegrarse por ello, mientras sindicatos, partidos y miles de entidades de lo más variado -muchas perfectamente prescindibles y otras dedicadas sólo a alimentar burocracias improductivas- van a seguir recibiendo el maná estatal. El que una institución como la Iglesia deje de recibir subvención en el país de las subvenciones y además se alegre es una noticia de dimensión colosal; quien se irrita en el bando de los que siempre han querido dejar a la Iglesia sin oxígeno, ¿de verdad se han enterado de lo que ha ocurrido?

Que no vengan ahora con que la Iglesia recibe dinero estatal porque los colegios concertados están subvencionados, porque ONGs católicas tienen ayudas o porque las catedrales hay que conservarlas. Si los colegios y las ONGs cerraran, costaría lo que no está escrito realizar toda su labor por otros medios. Y las catedrales, dicho sólo a título de ejemplo, producen tales rendimientos directos e indirectos -que se lo pregunten al sector turístico- que abochorna la simple discusión sobre quién ha de pagar el arreglo de una vidriera. Las obras que anima la Iglesia y que generalmente van destinadas a quien menos tiene -enfermos, indigentes sin techo, parados, inmigrantes sin recursos...- son posibles porque centenares de miles de católicos trabajan en ellas de manera desinteresada o recibiendo un salario corto, que no les da, por supuesto, para pagar las copas con que adornan su irritación de cartón piedra los progres de salón.

Esos católicos que entregan su trabajo, su tiempo y su dinero sin esperar el aplauso pero sin merecer el reproche hipócrita, van a tener que acrecentar su contribución personal para los gastos ordinarios de la Iglesia. Y los demás van a tener que apretarse también el cinturón. Será para la Iglesia un beneficio: ganará en independencia y crecerá el compromiso de su gente. A lo mejor es esto lo que les molesta.

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