El líder del PP inaugura la carrera electoral al cumplirse el segundo aniversario de su elección como presidente del partido y se enfrenta al tercer año pasando a la ofensiva.
La nave va. Mariano Rajoy cumple hoy dos años al frente del Partido Popular sin haber logrado enterrar los fantasmas del pasado y el futuro que marcaron el comienzo de su mandato, pero habiendo soltado todas las amarras al motor electoral de la barcaza popular.
El presidente del PP, que navegó el primer año por las aguas turbulentas de la reconstitución interna del partido tras la debacle del 14-M, -un proceso que acaba de cerrarse estos días con la renovación controlada de todo el equipo de Nuevas Generaciones-, y que hizo luego del ofrecimiento de diversos y sucesivos pactos de Estado al Gobierno su propia seña de identidad política, ha encarado su tercer año pasando a la ofensiva.
En realidad, el punto de inflexión del giro político de Rajoy se produjo hace algunos meses, concretamente en el mes de junio, cuando solemnizó la ruptura de su compromiso con Rodríguez Zapatero de apoyarle en la gestión del alto el fuego de ETA.
Hombre templado hasta la exasperación de algunos de sus colaboradores, Rajoy estalló en aquella ocasión en algo más que un pronunciamiento político. Y es que, además de convicción, hubo algo de agravio personal en la decisión del líder popular de denunciar como pago de un «precio político» la reunión entre el PSE-EE y Batasuna. Una reunión que fue anunciada horas después de finalizar un debate del Estado de la Nación en el que, de manera generosa, el líder de la oposición había renunciado a hacer crítica expresa de la política antiterrorista.
En su reunión con el presidente del Gobierno de septiembre de 2005 -en vísperas de su segundo aniversario al frente del PP-, en la Convención popular del mes de marzo de 2006, y en la propia entrevista que volvió a mantener en La Moncloa a propósito de la tregua etarra, Rajoy insistió en la misma política de entendimiento con la que había fracasado en enero de 2005. En aquella ocasión, Zapatero pareció aceptarle a Rajoy un acuerdo sobre el modelo de Estado, antes de pactar definitivamente con sus socios nacionalistas.
El caso es que desde junio de este año, como si ya se creyera suficientemente cargado de razón, Rajoy inauguró estrategia. No sólo no volvió a mencionar la palabra pacto -curiosamente, ha sido el Gobierno quien, a la vuelta de verano, la ha esgrimido en materia de inmigración-, sino que también, de manera gradual, casi imperceptible, él mismo dejó de preservarse y entró en la brega política de una manera más personal, comenzando a hacerse con el protagonismo de su partido.
Por supuesto, y a pesar de todas las críticas recibidas desde fuera y desde dentro del PP, Rajoy nunca quiso prescindir de Angel Acebes, quien además de ser el número dos, asumió desde el primer día la portavocía habitual y autorizada del partido.
Soldado leal y correoso, Acebes le servía a Rajoy de indispensable hombre malo en la dura travesía de la oposición; pero desde hace escasas fechas, éste ha ahormado su discurso y lo ha sincronizado con el del presidente -el hombre bueno-, quien, a la vez, ha empezado a compartir la diana de los dardos envenenados en virtud de un sobrevenido hiperliderazgo.
Y es que en esta tercera etapa Rajoy ya no se conforma con abanderar la oposición al cambio del modelo de Estado -su batalla política más clara y mejor librada en estos dos años- sino que, desde hace meses, lleva en primera persona la oposición de su partido a la política antiterrorista del Gobierno en las sesiones de control, y reparte con gusto estopa contra el Ejecutivo, ya sea en materia de OPA, de chivatazos policiales o de encuentros con los países no alineados.
Una de las novedades más curiosas de Rajoy, en esta nueva etapa, es que, con ocasión del debate parlamentario sobre el envío de tropas al Líbano, y por primera vez desde la pérdida de las elecciones, se atrevió a defender la intervención en Irak -uno de los fantasmas del pasado popular- con la resolución de Naciones Unidas en la mano.
«No esperéis que renuncie a mis convicciones ni a mi pasado», les dijo a los suyos nada más ser nombrado presidente, hace dos años. Por la misma razón, Rajoy no ha abandonado la oposición al Gobierno en relación con el 11-M, y hasta la ha recrudecido en esta última fase política con órdenes expresas a su Grupo Parlamentario.
Lo que sí ha hecho, en parte para sortear todos los fantasmas que aún atormentan y dividen al partido -Piqué y Zaplana; Aguirre y Ruiz-Gallardón, entre los más conocidos antagonistas- y, en parte por pura eficacia electoral, es acentuar su mensaje de futuro a base de propuestas. Ése es, además, el terreno que personalmente, y por temperamento, en el que se encuentra más cómodo.
De su recién estrenada posición política, la presentación de soluciones concretas a problemas reales de la ciudadanía -inmigración, seguridad, economía...- es la evidencia más clara de su mensaje de alternativa.
Así, si en junio se adelantó al cambio de estrategia, en septiembre, un Rajoy visiblemente remozado ha puesto en marcha la cuenta atrás del marcador electoral con la vista puesta en otoño de 2007. Una carrera para la que, en todo caso, todavía ha de superar el salto de valla de las elecciones municipales y autonómicas de mayo.
Después de un año difícil para Rajoy en el que sus barones han comprometido más de una vez su discurso nacional y la cohesión interna del partido con sus respectivas propuestas y reformas estatutarias, el presidente del PP parece haber pasado lo peor. Es precisamente su discurso nacional, lo que acentúa Rajoy para intentar tirar en mayo de los votantes indecisos. Sabe, como el PSOE, que no ha habido ningún partido en la historia democrática que haya ganado las elecciones generales sin ganar previamente las municipales.
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