Francesco del Giocondo quiso celebrar que ya no se le morían los hijos ni las mujeres encargando a Leonardo Da Vinci un retrato de su esposa, Lisa Gherardini, tras el nacimiento de su segundo vástago. Durante años, la inteligencia humana, ejercida desde diferentes ciencias y escuelas, se ha preguntado qué había detrás de la enigmática sonrisa de Mona Lisa. De dónde procedía su ironía, su sensualidad, su desdén o su placidez en una expresión que permanece inmortal y que lo ha convertido en el cuadro más famoso - y visitado- del mundo.

Freud, en su extenso estudio sobre Leonardo, la interpretó como un deseo inconsciente y perverso del artista hacia su madre, mientras que algunos historiadores - lo leo en el periódico bonaerense Página

12-han encontrado similitudes entre la comisura de los labios de la señora Lisa y las del hermoso ayudante del pintor. Las hipótesis han sido variopintas: bruxismo, parálisis de Bell, embarazo, un aire de autosatisfacción cortesana, facilidad y desdén... tal vez hartazgo por posar ante el obsesivo Da Vinci, que a la noche iba a visitar los cadáveres del hospital de Santa Maria Nuova, de Florencia, buscando el misterio de la creación y el principio de la vida. De hecho, fue el primer pintor que dibujó un útero con un feto dentro, desafiando las teorías vigentes y el libro del Génesis. El retrato de la Mona Lisa, con su paisaje geológico al fondo, iluminado por una niebla amarilla, muestra la dualidad de la naturaleza, la asimetría del rostro, los distintos sentimientos que se asoman desde una media sonrisa.

La tecnología canadiense, con su cámara láser que genera un modelo tridimensional de la obra, acaba de revelar que Lisa se encontraba en periodo de lactancia, cubierta por un una túnica de muselina transparente - otra muestra más de cómo contribuyen las modas a la interpretación de la historia-. Sus gestos, que las universidades de Amsterdam y de Illinois habían descifrado en porcentajes - 83% de felicidad, 9% de disgusto, 6% de miedo y2% de ira- informan acerca de lo que todos sabemos, que la felicidad absoluta no existe. Puede que la Gioconda, imbuida de dicha maternal, estuviera dolorida y con grietas en los pezones, algo temerosa de que el pintor resaltara sus peores rasgos. Y puede que su pequeño porcentaje de enojo represente ese pero que tan bien conocemos y que acostumbra a ensombrecer la alegría, desde un pequeño logro hasta una importante conquista.

Me parece fascinante que el personaje de un cuadro del siglo XVI haya conseguido ponerle nombre a una manera de sonreír algo hierática, con un vapor difuso entre la serenidad y la melancolía. La gente sonríe de forma muy diferente si está relajada o contenida, en público o en solitario. Hay sonrisas acartonadas que transmiten desconfianza, y otras que no consiguen disimular su cinismo. Están las que se exhiben despreocupadas, en su batir de dientes, y las que ablandan ingenuamente la mandíbula. Pícaras, heladas, de foto,diabólicas, bondadosas, cegadas, con brillo en los ojos; son matices que descubren o camuflan el impacto de las emociones. Sonreír no siempre equivale a ser feliz, pero a menudo nos complicamos la vida y buscamos razones ocultas, queremos desentrañar las sombras cuando alguien nos mira y sonríe. El juego de las apariencias es coqueto y nada infalible. Ya ven, detrás del misterio de la Mona Lisa había una subida de leche. El principio de la vida. Desconfiados que somos.