Finalmente se ha convertido en una realidad el deseo de un buen número de intelectuales de aquí y de allá del Mediterráneo: el deseo venía a concretarse -dado el creciente flujo de papers de Francia, del Magreb, de España, etc.-en organizar cada dos años y, generalmente en Fez, un coloquio de aportaciones del inmenso mundo de Ibn Jaldún.

Prácticamente así ha sido y en el presente año con motivo del sexto centenario del fallecimiento de Ibn Jaldún han tenido lugar dos congresos: uno en Sevilla con la presencia de sus majestades don Juan Carlos I y la reina Sofía y el segundo en Granada sin la regia presencia. ¿Qué ha sucedido desde 1992, año en que prsesenté mi discurso sobre este personaje en la Real Academia de las Buenas Letras?

Sencillamente, se ha tenido oportunidad de intercambiar ponencias, reflexiones y nuevos puntos de vista entre unos centenares de expertos que, bajo las normas de rigor y de crítica abierta han prolongado los trabajos del Congreso de Sevilla para rematar las tareas en torno a Ibn Jaldún. Esto se ha hecho, ni más ni menos, que en la segunda ciudad del genial tunecino, la siempre perenne ciudad de Granada.

Del Congreso celebrado en Granada, siempre al amparo exquisito del legado andalucí, cuidaron dos copresidentes: de la vecina Francia, el profesor Yves Lacoste y por España el que suscribe, Fabián Estapé. Una vez más, ante un público atento que no dejó de rebasar los doscientos asistentes tuvo lugar una reunión de las que llenan de satisfacción.

De nuevo se comprobó que Ibn Jaldún, su tiempo y su presencia, superando centenares de años, permitieron que se ratificara de nuevo el carácter singular de un genio realmente único que proyectaba su talento año tras año y que cuando existían dudas , siempre acudía al remedio de buscar luces, que no sombras, en la Muqaddimah (los prolegómenos), como habían hecho una legión de intelectuales de Europa y de Oriente.

La acumulación de estudios sobre Ibn Jaldún seguía señalando el hecho singular de que ningún escritor árabe había redactado una autobiografía tan extensa como la del genial tunecino; ningún árabe había hablado tanto de sí mismo como Ibn Jaldún. Tampoco en ningún otro escrito lejos de la Muqaddimah se había perfilado una teoría del acto político como en sus líneas.

Ortega y Gasset
En España, y dejando aparte las luces arrojadas por Ortega y Gasset sobre Ibn Jaldún las aportaciones han sido muy escasas, aunque la excepción corresponde al historiador Rafael Altamira, que realizó una completa valoración del legado del genial tunecino.

Vimos en los ratos libres del congreso de Granada todo lo que la historia puede arrojar y lo hace sin duda en la Alhambra. Una cosa llamó mi atención. Entre los pequeños alveolos -con su inmensa riqueza taraceada-se distingue uno que escenifica la concesión de una condecoración por parte del sultán de Granada a Ibn Jaldún; precisamente en su autobiografía, nuestro genio se explaya acerca de la gran distinción que le había hecho el sultán pero, por si acaso, Ibn Jaldún escribe que esta distinción no dejaría de concitarle fuertes envidias; así fué como sabemos por su rivalidad creciente con Al Jatib.

Son lecciones que la historia predica siempre y esta vez tampoco hubo excepción: para Ibn Jaldún a los agasajos siguieron los castigos. No ha sido vano el esfuerzo de cohabitar en Granada, donde tantos relatos escribiera el norteamericano Franz Rosenthal, autor de la mejor biografía de Ibn Jaldún.