Se cumple en estas fechas el primer aniversario de dos acontecimientos cuya coincidencia temporal debería haber sido motivo de reflexión, comentario y también de vergüenza pública. No fue así. La coincidencia de la oleada de asaltos de inmigrantes a las vallas de Ceuta y Melilla, por una parte, con los solemnes homenajes al general Lázaro Cárdenas, por otra, pasó desapercibida. Mientras que miles de inmigrantes subsaharianos se dejaban jirones de piel, trozos de carne y algunas vidas colgando de nuestras afiladas verjas africanas, España homenajeaba al hombre que, como presidente de México, abrió las puertas de su país a los españoles que se vieron forzados a emigrar a resultas de la guerra civil, librándolos de una miseria cierta y de una muerte más que probable. La consistencia moral no parece ser uno de los puntos fuertes de la opulenta sociedad española actual.
Porque España es, hoy en día, muy rica. En 2005 el Producto Interior Bruto (PIB) de España, con sus 44 millones de habitantes, fue en términos agregados casi el doble que el de toda el África subsahariana, que tiene una población de 741 millones. Que quede claro, no estoy hablando en términos per cápita sino agregados, absolutos. En ese mismo año, el PIB de España fue un 36% superior al de todo el continente africano, que tiene una población de 860 millones. Añadiendo al continente africano el Oriente Medio, que incluye a los principales países productores de petróleo, se obtiene un PIB agregado que es un 11% superior al de España, pero con una población rayana en los 1.000 millones. No está nada mal. Para España, claro.
¿Dónde nació?
¿Qué haría usted si en vez de haberle tocado nacer en, digamos, Sarriá -Sant Gervasi le hubiese tocado Guinea Ecuatorial, antigua colonia española? Es una pregunta rawlsiana donde las haya. Para empezar habría que felicitarle por estar vivo, porque la mortalidad infantil es allí del 12 por ciento, pero luego habría que darle una mala noticia: su esperanza de vida es de 42 años, la mitad que en Sarriá. Ello se debe a la pura miseria, puesto que la incidencia del Sida es relativamente baja. No hay ninguna perspectiva de progresar a nivel individual. ¿No intentaría usted marcharse, emigrar arriesgando la vida si hace falta para ganar cuatro euros -una fortuna en Guinea-poder enviarlos a su familia para ayudarles a subsistir y mirar de llevárselos con usted cuanto antes?
Los argumentos de tipo moral no acostumbran a ser suficientes para movilizar voluntades y diseñar políticas que ayuden a resolver problemas. Añadamos dos argumentos de tipo económico. El primero se refiere a la inevitabilidad de la inmigración, especialmente de la africana. El segundo sostiene la conveniencia e, incluso, la necesidad de un número creciente de inmigrantes en nuestro país.
Tomo prestados de mi buena amiga Blanca Sánchez Alonso, autoridad de primera fila en temas migratorios, muchas de las ideas que detallo a continuación en este párrafo. No es verdad que a mayor pobreza mayor sea la emigración de un país. Hay umbrales de renta y de falta de información por debajo de los cuales no es posible emigrar: hay que pagar el viaje y hay que estar informado de la existencia de un mundo exterior más próspero. La mayoría del África subsahariana está todavía por debajo de esos umbrales. Por poco que aumente su renta el actual "hilillo migratorio se transformará en una inundación".
Algo similar ha pasado con los países latinoamericanos y algo similar también ocurrió con las oleadas de emigración española de mediados del siglo pasado, que fueron mucho más intensas que las de principios de siglo a pesar de que los españoles eran más ricos (fue precisamente porque eran más ricos). No hay obstáculos físicos, legales, culturales o de otro tipo que puedan impedir ese proceso. Además, los primeros interesados en fomentar la emigración son los gobiernos de los países emigrantes.
Las remesas
Tal y como sucedió en la España del franquismo, las remesas de la emigración tienen para esos gobiernos una relevancia macroeconómica vital, puesto que permiten financiar el déficit comercial que necesitan para desarrollarse sin recurrir a los mercados de capitales a los que, por otra parte, apenas tienen acceso. No hay que esperar, por tanto, ningún milagro de la cooperación de los gobiernos africanos para frenar la salida de sus ciudadanos. Por cierto ¿han cooperado alguna vez los gobiernos latinoamericanos?
La inmigración no es sólo inevitable, también es necesaria. ¿Quién cuida de nuestros niños y de nuestros mayores? ¿Quién construye nuestras carreteras y nuestras viviendas? ¿Quién recoge nuestras cosechas? El funcionamiento de la sociedad española y de su economía es inimaginable sin la inmigración. Pero no es sólo eso. ¿Quién pagará nuestras pensiones? La sociedad española actual hace lo que un amigo mío que, por perezoso, se casó con una embarazada. El 58 por ciento de las altas a la Seguridad Social en el último año en la Comunidad de Madrid son de inmigrantes que tienen una tasa de actividad del 90 por ciento (63 por ciento para el conjunto de la población española).
El gobierno de la comunidad de Madrid estima que la comunidad necesitará 800.000 inmigrantes más durante los próximos diez años, un 13 por ciento de la población actual (¿sabe la Generalitat cuántos harán falta en Catalunya?). En mi opinión es probable que el conjunto de España necesite otros cuatro millones de inmigrantes en la próxima década. Y, por favor; no se asusten: vendrán con un pan debajo del brazo, tal y como hicieron los cuatro millones que llegaron en los últimos diez años. Tampoco hay datos, pero estoy convencido de que los impuestos y cotizaciones sociales que pagan los inmigrantes superan con creces el gasto público que generan en escuelas y hospitales.
Si la política es el arte de lo posible, la buena política es el arte de hacer posible lo inevitable. En mi opinión la política de inmigración española no ha sido mala, y no lo ha sido porque no ha habido tal política. Las autoridades han mirado hacia otro lado mientras millones de latinoamericanos y europeos del Este se establecían en nuestro país. Esto ha permitido el período de expansión económica sostenida más largo que yo recuerdo. Sin embargo, cuando el ciclo cambie, y cambiará en algún momento, lo inevitable puede llegar a hacerse imposible, provocando conflictos sociales muy intensos. Para que eso no ocurra hace falta buena política.
César Molinas. Socio fundador de Multa Paucis.

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