CUADERNO DE MADRID

Alguna cosa debe de estar pasando en Madrid, ya que cada vez hay más taxistas con hilo musical. Las trincheras radiofónicas siguen en su sitio, te vas a enterar, pero entre la peña del ácido bórico y los fans de la alianza de civilizaciones parece estar surgiendo una tercera vía que prefiere a Ana Torroja cantando en el túnel del tiempo que hoy no se puede levantar.

Dice el taxista medio neutral: "Oiga, este país es la monda: según algunos, vamos muy mal, pero cada vez hay más hipotecas. Quería aprovechar el puente del Pilar para ir a Cáceres y está todo pillado. ¡En Cáceres! Oiga, que en este país la gente gasta, pero, ojo, también trabaja mucho; que hay gente que le echa más de doce horas. Oiga, que tengo un tío en Alemania que cuando viene no se lo cree...".

Madrid rula y la España de arriba no hay duda de que va como una moto. Esta semana de opas, compras y fusiones ha sido verdaderamente ejemplar. En un artículo muy ágil en este diario, Fernando Ónega presentaba el miércoles a los constructores como los nuevos señores feudales; sobre todo de la política local, avispero de todas las licencias. Ónega, que nació en Mosteiro-Pol, concejo de la provincia de Lugo, sabe bien de qué habla, puesto que los gallegos, sobre todo los del interior - donde los galaico-romanos fueron marginados por los suevos, y éstos por los visigodo-leoneses, y éstos por los castellanos-, siempre han tenido el oído muy fino para captar los cambios de feudo. El galleguismo, en definitiva, no es otra cosa que el deseo profundo de superar una larga cadena de humillaciones.

La voraz movida de la semana, sin embargo, no ha deparado buenas noticias para la idealización de un incipiente poder gallego basado en el empuje de empresarios modélicos como Amancio Ortega, dueño de Inditex (Zara), que empezó vendiendo batas escolares, o el carpintero Manuel Jové, presidente de la constructora Fadesa. Pese a su leyenda, Ortega ha quedado fuera del tablero eléctrico. El gran siluro de Madrid, Florentino Pérez, le impidió hace medio año tomar el control de Unión Fenosa, que ahora va a ser fusionada con Iberdrola y quizás con Gas Natural. Y a la empresa de Jové se la va a comer Fernando Martín, sucesor de Florentino en la presidencia del Real Madrid y dueño de tres millones de metros cuadros de suelo, concentrados en la capital.

Es la nomenclatura del palco del Bernabeu, objeto de veneración, respeto y temor en toda la ciudad. La gente enterada habla del palco del Real Madrid con un brillo rapaz en la mirada. ¡Quién pudiera estar allí para mojar! Y, una vez más, Catalunya aporta la nota paradójica. Mientras los constructores tomaban el poder en Madrid y en media España, en Barcelona eran expulsados del palco del Camp Nou, reconvertido en factoría de metáforas poscapitalistas por una novísima generación de patriotas aseados e inalámbricos.

El palco del Real Madrid, por el contrario, es la gran lonja de contratación de un capitalismo tangible y lujurioso que multiplica plusvalías e inmigrantes. Por él pasa el surco que, con mano firme, trazó José María Aznar. La teoría del surco es de Xavier Bru de Sala, que también tiene olfato fino para las álgebras del poder. Escribía en enero del 2002: "El gran timonel de España está empeñado en abrir un surco tan profundo que su sucesor lo tenga muy difícil para apartarse un grado del rumbo trazado".

Lo que hizo el gran timonel - Bru, siempre náutico y oportuno- fue privatizar las empresas públicas de tal modo que los grandes nódulos del poder económico quedasen fuera del Estado, pero cerca del Partido Popular. De los últimos vestigios intervencionistas surgió así una nueva y poderosa nomenclatura; liberal, por supuesto. Ése es el surco que labró Aznar, de manera tan ceñuda como inteligente. Y con ese surco han tropezado Gas Natural, EFE La Caixa, el tripartito osado, visionario y chiripitifláutico, y el Gobierno, menos ingenuo. Y todavía con resortes, puesto que con las azarosas jugadas de esta última semana se abren posibilidades para que el polo catalán salve el honor y los intereses estratégicos.

Al habla uno de los nuevos boyardos, un navarro con mucha mili en Madrid. Con el dedo dibuja unos círculos sobre el mantel: "El error inicial de Gas Natural, de La Caixa, de Montilla y seguramente de Zapatero fue el de no captar con profundidad la jugada de Aznar. Una gran operación económica ya no se puede planear hoy en España contando exclusivamente con el apoyo del Gobierno. Quizá no se pueda hacer contra el Gobierno, pero el poder político ha dejado de tener la llave maestra. Ésa es la gran lección del tremendo barullo de Endesa".