Dentro exactamente de un mes viviremos jornada electoral en Catalunya. Nos pillará la campaña haciendo el cambio de armario, que es tarea molesta pero necesaria. Siempre se aprovecha el cambio estacional para tirar alguna prenda vieja, para vaciar la casa de trastos y quitar el polvo a fondo. El ritual de la pesca del voto, tan denostado por el populismo moralizante de algunos, tiene mucho de cambio de armario. Es reordenar y limpiar, por eso el mes que ahora empieza será un mes higiénico gracias a la espuma de las ofertas vertidas por los candidatos sobre los electores. En contra de los prejuicios extendidos y de la impresión superficial, una campaña electoral se parece mucho más a un desinfectante que a una comilona. A medida que van solicitando apoyos, los líderes van desincrustando palabras y gestos pasados, lo cual aporta una claridad inesperada a lo que ellos mismos han protagonizado hasta hoy. Toda la incertidumbre que ustedes puedan tener ante el futuro inmediato se ve compensada por la satisfacción de comprender, por fin, todo lo que se ve en el retrovisor. Fíjense, por ejemplo, que la campaña de Montilla, leída al revés, explica mejor que nada lo que ha sido el atropellado mandato de Maragall. Es cosa de interpretar bien los silencios del ex alcalde de Cornellà y despejarán misterios.
¿Cómo ves el ambiente?, me preguntan. Respondo que es la primera vez que observo que los que defienden la permanencia en el poder lo hacen sin decir muy alto que ellos están en el gobierno en disputa. En la campaña del 2003, el problema de Mas era equivalente, pero distinto; el sucesor de Pujol partía como aspirante a pesar de ser el candidato gubernamental, mientras Maragall parecía estar ya en el sillón presidencial. Ahora, Montilla no se define ni como heredero de Maragall (sería un contrasentido tras haberle apeado del cargo) ni como aspirante (sería raro pues el PSC es quien manda), lo cual le coloca en una tierra de nadie que le desdibuja. Por otro lado, el Govern que él pone como ejemplo de su estilo sigue siendo el de Maragall. Un lío muy difícil de entender.
Este embrollo explica, en parte, las dificultades a la hora de movilizar al electorado socialista. El otro factor está en la incapacidad de Montilla por vender esa parte de sueño que todo votante desea más allá de las promesas sobre libros de texto gratis. El lema escogido, "Fets, no paraules", remite demasiado a un limbo postideológico y hueco, sin nervio. Además, explota el topicazo popular, a la manera de aquel Eduardo Tarragona que popularizó un refrán como programa: "Al pa, pa i al vi, vi". Pero queda un mes y habrá sorpresas.

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