Doña Letizia regresa al periodismo, de Angel Antonio Herrera en El Mundo
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Canalla fina
Ha querido ser periodista antes que Princesa dando ella misma la noticia 'bombo' en plan 'bomba' Este pasado verano se le ha escrutado su delgadez de violín pensativo, y no es mala forma de acabarlo Letizia aún tiene mañanas de enviada especial
La noticia del bebé en curso de Doña Letizia se da cuando aún no se ha cumplido el trimestre de embarazo, y los cronistas inquietos e inquietados andan haciéndose las cuentas de por qué los Príncipes de Asturias se atarean en precisarnos tan pronto sus cuentas.
Uno entiende, sencillamente, que Doña Letizia ha vuelto a ser, en un soplo, periodista, y prefiere dar la noticia, su noticia, por encima del hábito del protocolo, un hábito que camina siempre contrario a la urgencia, ese motor primero y verdadero de las maquinarias del periodismo.
Doña Letizia ha querido ser periodista antes que Princesa, según deducimos, y ha dado la noticia de su bombo, en plan bomba, porque a la Letizia Princesa le venían midiendo demasiado la masa corporal en las básculas críticas y maliciosas de final de verano y hasta en las básculas de la Pasarela Cibeles, que han salido más bien republicanas, porque sólo contratan a macizas.
Venimos de un verano en el que a Doña Letizia se le ha escrutado mucho su delgadez de violín pensativo, y no era mal modo de acabar con tanto veraneo de chisme, que ya llegaba hasta el otoño, presentando la sorpresa de un embarazo que ponga al personal a pensar en otras facetas de nuestra Familia Real, y no en si a la Princesa le hubiera quedado mejor o regular o directamente adverso el triquini u otros trapos de lujuria de estío que sí se han puesto algunas turistas de portada, como Rosario Nadal o Ana Obregón. De sopesar si Doña Letizia cabía o no cabía en el casting de guapitas de Cibeles hemos pasado a calcular si llegamos a tiempo de reformar la Constitución antes de que nazca su bebé, que no llegamos.
La noticia trae, sí, una estrategia de anticipación más propia de presentadora de telediario que de consorte de besamanos. En la prensa extranjera, días atrás, venían metiéndole mucho color al rumor, clamorosamente infundado, de que Doña Letizia había sufrido un aborto. Aquí, ya digo, había mucho entretenimiento sobre su delgadez incurable, a la que no sé si le sientan los bikinis, pero sí los modelos fastuosos de Lorenzo Caprile.
Entre esas alegrías internacionales y estas otras alegrías nacionales iba viviendo Doña Letizia, sin vivir en ella, hasta que el embarazo ha puesto cordura de otra portada en las peluquerías y gozo de ilusión en unos padres que van a por la parejita. Convenía dar esta noticia bajo prisas de reportera, y luego vivir la noticia en sí bajo reposo o cautelas de Princesa. Así lo ha entendido Doña Letizia, que aún tiene mañanas de enviada especial, igual que otras mujeres tienen «noches de capitán», que escribiera Neruda.
No han faltado algunos otros apresurados que han adornado el embarazo de «inoportuno», porque andamos en vísperas, aún, de arreglarle los papeles a la niña Leonor, para un reinado futuro, pero esa «inoportunidad» no hace sino volver doblemente urgente una reforma constitucional que habíamos dejado ahí, para pasado mañana.
Este embarazo nos embaraza a todos de la necesidad de democratizar alguna ley ya rancia, y por tanto intolerable, y debiera ser al fin el embarazo del carpetazo, para que la igualdad de sexos también prospere en los palacios.
A uno le interesa, por encima o por debajo de todo este debate, el gesto periodístico, el afán instintivo, el arrojo de la cronista por delante de la reflexión de la princesa, a la hora de dar la noticia fuera de hora. Desde que Doña Letizia llegó a Zarzuela, he gustado de sostener una teoría de las dos Letizias, la que se educa para reina y la que desobedece como una reportera. Somos el otro, diagnosticaba Borges.
Quiero creer que aún conviven ambas mujeres en esta mujer gestante, y que por eso adelanta como periodista la novedad que hubiera de demorar como esposa de Don Felipe. A ratos, le puede más la primicia que el protocolo, y eso nos agrada a los que vivimos de cazar el detalle, y no vamos de catedráticos del fino alterne y aún menos de monárquicos de party, con pamelón o sin pamelón.
Pocas veces se ha librado Doña Letizia del comentario vagamente malicioso o maliciosamente vago. Algunos no acaban de perdonarla. Hay quien lo comenta en público, y hay quien no lo comenta en público. Hay quien no comenta nada ni en público ni en privado, que yo no sé qué es peor. Que si unos agudos tacones no son los apropiados para tal recepción. Que si debiera mostrarse menos entusiasta. Que si habla mucho o que si habla poco.
Muchos, o bastantes, a Doña Letizia no le perdonan que salude mucho, pero tampoco que salude poco o nada. Así no hay manera, coño. Si viste como una Princesa, malo. Si no lo hace, tampoco.
Le metimos mucha prisa con el primer embarazo, y el primer embarazo llegó. Ahora no había prisas, pero ha llegado el segundo, con retrueno de sorpresa, y nos hemos puesto pesados casi como si aún no hubiera llegado ninguno de los dos. Si se fijan, Doña Letizia viene cumpliendo bajo dedicación y puntualidad sus oficios de Princesa, aunque a algunos no les gusten sus corpiños a lo Hollywood o sus discursos poniendo las mismas comas rapsodas de los telediarios.
No pudo dar la noticia de su propia boda, que hubiera sido el rizo del rizo de sus faenas periodísticas, pero sí nos ha dado con antelación de polémica la noticia de su segundo hijo, que ha sido una notizia, con zeta, por inesperada y sorpresiva, como la misma zeta de su nombre. Para mí, que ese día Doña Letizia amaneció de nuevo periodista.
En cuanto a la reforma de la Constitución, mejor no distraerse ni un minuto.
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