Estoy escribiendo, a ratos perdidos, la historia satírica de un imán que, una vez enviado a Catalunya, descubre los placeres de Occidente y lleva una doble vida sin que se enteren sus fieles. Cuando nadie le ve, el imán goza de la bebida, del sexo, del juego, del rock´n´roll y empieza a dudar sobre su vocación. Poco a poco, el imán descubre que lo que más le gusta en la vida es la música de Els Pets, la botifarra amb seques y practicar el llamado Baile del Perrito con una dominicana espectacular que trabaja de cajera en el supermercado del barrio. He dicho "estoy escribiendo" pero mejor corrijo: estaba escribiendo. Porque, ahora, me lo estoy pensando seriamente. No sé si ser tan cobarde (prudente, digo) como la directora censora de la Deutsche Oper de Berlín o tan valiente (provocador, digo) como Robert Redeker, el profesor al que han amenazado de muerte por un reciente artículo en Le Figaro.
Mi editor, azorado, tras leer las primeras 80 páginas de la novela, me recomienda que enfoque la historia de otra manera. Mi querida agente literaria, con toda la buena intención del mundo, me cita unas declaraciones a La Vanguardia del diputado catalán progresista Mohammed Chaib: "Personalmente, no veo esta función [ la ópera de Mozart suspendida en Berlín] como un problema, pero creo que el mundo no está preparado para ello". ¿Está el mundo preparado para mi novela sobre un imán que se suelta el pelo y la barba? ¿A qué mundo se refiere exactamente el ciudadano Chaib? ¿Y qué tipo de preparación es la que podría evitar que ciertos señores se enfaden tanto que sólo nos quede el ejercicio de callar?
Un conocido escritor catalán se entera de mis problemas y me hace una llamada para ayudarme: "Ya tengo la solución, Álvaro: conviertes al imán a sueldo de Arabia Saudí en un cura católico de los Legionarios de Cristo y adiós líos". Me sorprende su propuesta, porque el escritor en cuestión es un tipo al que tenía por riguroso y honesto intelectualmente, incapaz de someterse a según qué trampas evidentes. "Hombre - le contesto-, me parece que la salida que me ofreces es tan miserable como lo que hacía aquel cómico que, durante años, se metió con Jordi Pujol en los escenarios pero nunca hizo lo mismo con los inquilinos de la Moncloa ni con autoridades mucho más altas". Mi admirado colega se enfada y acaba acusándome - a mí, que soy agnóstico- de ser agente papista.
Pero, al final, veo la luz. Es la dulce vía del medio, lo que más se lleva en este prudente país. He resuelto que el protagonista de mi novela será un sacerdote neopagano adorador del dios Zeus. Sólo estimo que se ofenda un poco mi profesora de griego en el BUP.

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