Estamos tan obsesionados con los dramas cotidianos en el Medio Oriente, que se presta escasa atención al ascenso del nacionalismo en el este de Asia, un área decisiva de la economía mundial con una historia de guerras, desconfianza, hostilidad y prejuicio entre China, Taiwán, las dos Coreas y Japón. La elección esta semana de un nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, por parte del gobernante Partido Demócrata Liberal acentúa todavía más el renacimiento del nacionalismo japonés. A sus 52 años, Abe es el más joven primer ministro que ha tenido el país desde 1945. Se sitúa en la trayectoria de Koizumi y, como su predecesor, ha prometido rendir homenaje en el mausoleo de Yasukuni a los líderes del militarismo japonés de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que están considerados criminales de guerra por la comunidad internacional y por China en particular. Abe quiere reformar la Constitución para que Japón pueda desplegar sus tropas en países extranjeros, al tiempo que se dispone a incrementar considerablemente el gasto militar, en particular en la modernización tecnológica de la fuerza aérea y las defensas antimisiles, para responder a una potencial amenaza norcoreana. Abe propone intensificar la cooperación política y militar con Estados Unidos, pensando en futuras tensiones posibles con China, en la eventualidad de una invasión china a un Taiwán que se atreviera a proclamar su independencia. El nuevo líder japonés puede articular una política nacionalista abierta, apoyándose en la derecha del PDL, por ejemplo en personalidades como el ex primer ministro Nakasone, que propuso recientemente que Japón estudiara el desarrollo de armamento nuclear, basándose en el plutonio y la tecnología disponibles en las centrales nucleares en funcionamiento. Es el "Japón que puede decir No", según el título del famoso libro de otro nacionalista, Shintaro Ishihara, actual gobernador de Tokio. Pero tal vez lo más preocupante es el contraste entre la retórica nacionalista y la realidad del país.Aunque Koizumi consiguió reactivar la economía después de una década de estancamiento, el ritmo de crecimiento sigue siendo muy bajo (actualmente crece a una tasa de tan sólo el 0,2%), la deuda pública representa el 170% del PIB, y la modernización de la Administración, del sector financiero y del sistema educativo, verdaderas rémoras del sistema, sigue paralizada por los intereses corporativos y la llamada política Nagatacho,es decir, la política del clientelismo en donde los notables del PDL cambian votos por favores a distintos grupos de interés. Como las grandes empresas todavía tienen que mantener contratos laborales de por vida para sus trabajadores, se han adaptado al bajo crecimiento con la política de precariedad para los nuevos contratos, es decir, los de los jóvenes. O, simplemente, mediante la no creación de empleo, al tiempo que incentivan las jubilaciones anticipadas. Jóvenes y mujeres reciben salarios muy inferiores a los de los hombres maduros, tienen altas tasas de paro y, en un tercio de los casos, están en situación de empleo temporal. La inestabilidad en el trabajo está erosionando el sistema de valores sobre el que se basaba la solidez de la sociedad japonesa. Las muertes por suicidios son más que las muertes por accidentes de tráfico. Y cientos de miles de jóvenes no se atreven a salir de su casa por vergüenza de no tener empleo ni perspectivas educativas, son los llamados hikikomori,o aislados sociales.
Por otro lado, la población envejece a un ritmo galopante porque, al igual que en Europa, ha caído la tasa de natalidad al tiempo que se incrementaba la esperanza de vida. Pero a diferencia de Europa, Japón restringe enormemente la inmigración y no acepta la naturalización incluso para los centenares de miles de coreanos que viven en el país desde hace dos o tres generaciones. Por tanto, no hay influjo de sangre nueva de población inmigrante con mayor tasa de natalidad.
En el 2020 más de un 10% de los japoneses tendrán mas de 80 años. Economía estancada, población envejecida, una buena parte de los jóvenes sin perspectivas, mujeres altamente educadas pero aún relegadas a un segundo plano en todas las esferas, sociedad civil anómica y un mismo partido político que ha estado siempre en el poder (con un breve y desafortunado interregno socialista) porque cuando tiene que cambiar se escinde en varios partidos que se vuelven a juntar en el gobierno.
Con ese trasfondo, existe la tentación de la huida hacia delante, de reagrupar a la sociedad en torno a los ideales de la nación, de recuperar el orgullo de ser japonés como sustitutivo a la dureza de la rutina cotidiana y a la pérdida de dinamismo económico por la dificultad de las instituciones japonesas en responder a los desafíos de la economía del conocimiento. El nacionalismo suele mezclar la afirmación de la identidad con el ocultamiento de las crisis internas de la comunidad nacional. Es una forma directa de movilizar contra el otro, en un mundo en que la inseguridad hace que se tema a todo lo extranjero. Y como China también está recurriendo a su propio nacionalismo para suplir la bancarrota de una ideología comunista en contradicción flagrante con el capitalismo realmente existente, en el horizonte histórico se esbozan las sombras de una peligrosa tensión entre los dos gigantes asiáticos. Durante mucho tiempo su nacionalismo se expresó mediante su esfuerzo de desarrollo económico. Y en eso se necesitaban entre ellos. Pero ahora, la decadencia de Japón y el ascenso de China sitúan de nuevo en primer lugar de la política de ambos la afirmación de la identidad nacional y de la primacía del Estado. Mientras Estados Unidos se pierde en la trampa sin fondo de la guerra de Iraq y mientras Europa se busca a sí misma, Japón y China desplazan el centro del mundo hacia el Pacífico y toman posiciones para disputarse el poder sobre ese milenario nuevo mundo.

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