Para ser fiel a mi intención el título exacto hubiera sido "Última conversación política en el jardín de Xavier Valls", pero eso no hay periódico que lo resista y he de conformarme con una sugerencia. Estoy convencido de que nuestra conciencia de ser mayores, de haber entrado en esa edad donde las cosas se observan con más distancia, no nos la da ese dolor en el pecho, o en las articulaciones, o la punzada en la pantorrilla por un estiramiento. Todo eso es curable y efímero, lo que nos da la conciencia de envejecer es el recurso inevitable a la memoria. Hemos pasado de la dialéctica "lo hago-no lo hago", a otra angustiosa que es la de "me acuerdo-no me acuerdo". Ser joven es, sobre todo, no tener memoria. Gracias a eso se pueden hacer muchas cosas y equivocarse muchas veces, cosa que ya quisiéramos muchos de nosotros; tener el valor de arrostrar un buen puñado de nuevas equivocaciones.
Pensaba en ese horizonte de escasas certezas y un montón de dudas, y lo hacía todavía impresionado por el efecto de la muerte de Xavier Valls, el pintor con el que me unió en los últimos años una amistad tejida sobre todo por el talento de hilandera de Luisa Galfetti, su mujer. Valls pertenecía a una especie social en extinción, muy barcelonesa, del contador de historias irónico que se avergüenza un poco de llamar la atención y de haber estado allí, presente, como testigo de alguna situación chusca entre gente importante. Soy poco dado al elogio de los lugares y de las gentes que quiero, porque si uno las quiere ya sobra lo demás, pero he de decir que había un modo barcelonés entrañable; había, porque apenas si sobrevive ante tanta zafiedad - con zeta de zamarra, que en castellano no es camiseta sino zamarra, una especie de cazadora, ¡en qué espanto de lengua escribimos!; el otro día he leído a uno de esos genios de la gracia bilingüe que escribe "me ha hecho grima", lo cual tiene mérito sincrético, y estoy hasta la coronilla de enterarme de que últimamente en Catalunya los delincuentes caen,y es lógico que alguno caiga,pero son tantos y tantos que resulta sospechoso, a menos que se trate de una habilidosa crítica al Ministerio de Obras Públicas por el mal estado de las carreteras catalanas-. La zafiedad futbolera y el rebuzno patriótico están dejando la civilidad barcelonesa en estado catatónico.
Xavier Valls pertenecía a esa especie en extinción. Siempre me llamó la atención que se refiriera a la revolución para indicar los sucesos que siguieron al comienzo de la Guerra Civil en Catalunya, y lo digo porque uno de los aspectos que mejor designan la diferencia entre la burguesía barcelonesa y la del resto de España es éste detalle monumental. Confieso que me divertía hablar con Valls porque tenía esa sensación de hablar con un señor de Barcelona que había vivido muchos años en París; todos somos del lugar de donde hicimos el bachillerato o donde nos dieron las primeras bofetadas. Esta verdad de fe la enunció Max Aub, que había nacido en París, que era judío en una España de cristianos viejos y que murió en el exilio.
Probablemente ya no volveré a ver el jardín de los Valls en Horta y nada podía dar más explicaciones sobre la naturaleza del pintor, incluso de su personalidad, que la casa y el jardín de Horta. Los jardines de las casas veraniegas de la burguesía barcelonesa de antaño parecen pensados para vivir en ellos; son recoletos, tupidos, acogedores, tranquilos, y la parte techada está pensada como accesorio para el jardín. Allí viví mi despedida de Xavier Valls y en verdad que pensándolo ahora, en la distancia que marca un año, es posible que despidiéramos muchas otras cosas.
Me acuerdo de que la difícil conversación entre gentes que no se han tratado mucho - soy especialmente torpe para las conversaciones sociales- derivó en una explicación del escritor Juliá de Jódar sobre la que él consideraba la mayor amenaza que pesaba sobre Catalunya: el efecto maléfico de la emigración obrera que había planificado Franco para destruir el meollo de la autenticidad catalana. Mi primera reacción cuando escucho una broma de grueso calibre es pensar que no lo he entendido bien. Pero no, iba en serio, y durante muchas semanas seguí dándole vueltas a las afirmaciones de Juliá de Jódar, pero no tanto por las afirmaciones en sí, que son insostenibles desde cualquier perspectiva histórica, fuera del mundo heredero de Torras i Bages, sino del por qué. ¿Qué está ocurriendo aquí para que un hombre inteligente, escritor concienzudo, de familia emigrante, que ni se llama Juliá ni se apellida Jódar - que es pueblo de la provincia de Jaén-, sea capaz de asumir que los suyos han sido la quinta columna del franquismo para desvirtuar Catalunya en la posguerra? La pregunta está ahí y no es fácil de responder sin herir sensibilidades.
Esto ocurría una tarde calurosísima en un jardín rectangular del barrio de Horta, a la vera de Barcelona, como si se tratara de aquellos cuentos de Bocaccio, en este caso sin ningún rasgo picante, que se decían los amigos escondidos en una finca, ajenos al mundo exterior donde a la sazón reinaba la peste. Nuestro caso era más sencillo, porque se trataba de gente que se había reunido en torno a la amable convocatoria de Xavier Valls y Luisa y tomaban el pulso a una actualidad que de pronto se había vuelto bronca. Fue hace un año ahora y coincidió con el Onze de Septembre, lo que facilitó que las conversaciones tomaran un sesgo más político. Salí tan impresionado por las opiniones que allí escuché que trascribí buena parte de las conversaciones en la idea de que algún día habría de volver sobre ellas. Lo que nunca pensé es que fuera hoy, evocando mi último encuentro con el pintor Valls en el acogedor jardín de su veraniega casa de Horta.
Me acuerdo de la seguridad berroqueña de Margarita Obiols, íntima colaboradora del president Maragall, por lo bien que lo estaban llevando todo y muy especialmente la opa sobre Endesa. La legítima ofensiva de Gas Natural, que por lo demás me parece que hubiera sido una magnífica operación política de haberse hecho por gente con sentido de la realidad y de la coyuntura política, esa ofensiva, digo, pasará a la pequeña historia cutre de un supuesto lince de los negocios explicando la inseminación artificial entre risitas y gorjeos babosos. ¡Vaya tropa! Estaban tan seguros de sí mismos, de lo buenos que eran, que me dio en pensar de dónde vienen los prestigios. ¿Cómo selecciona la sociedad a sus dirigentes? Y aún faltaba un año. ¿Qué país han dejado estos caballeros y estas señoras, tan listos y tan listas? Descontados los palmeros, que tan interesadamente confundían escaños del Parlament con sociedad civil, ¿se imaginan cómo van a llevar a la gente a las urnas el próximo 1 de noviembre?
Cuando pase el vomitorio del 1 de noviembre convendría charlar un rato. Porque cada quién aprovechará ese día de Difuntos - busquen el artículo que Larra dedicó a jornada tan significativa- para expulsar por su boca lo que lleva dentro. Todos, salvo el president, que ya dijo todo lo que tenía que decir, designando día tan simbólico para que los ciudadanos-cadáveres sociales nos pronunciemos por algo que a él ya se la trae absolutamente floja. Sostengo como tesis, confirmada por la realidad pero aún no escrita, que la política catalana tiene una línea divisoria que está por encima del conflicto nacionalismo-centralismo, y es la de rigor-frivolidad, porque éste es un país tan divertido que a la frivolidad algunos la ensalzan de tal modo que a Eugenio d´Ors, que era un intelectual con gusto, le consintieron convertirse en Pentarca, y a un chistoso de tertulia como Francesc Pujols le celebran de filósofo. Convendría más Gaziel y menos petulancia.
En el jardín umbrío de Horta había también un político de nota, al que curiosamente en Catalunya no le hemos dado el relieve que tiene y eso que se expresa impecablemente en todas las lenguas que los demás apenas manejamos. Me refiero a Manuel Valls, hijo del pintor, dirigente del Partido Socialista francés, allí donde los problemas son inversos; son tan profesionales que huelen. Ves galopar a los candidatos apenas asoman por el horizonte. Me hubiera gustado saber qué opinaba Manuel Valls de las agudas inteligencias autóctonas; lo más probable es que no se pronunciara, porque un socialista francés siempre parece que está en campaña, nunca dejan la guardia baja; si pierden un combate, confían que el siguiente les será propicio. Lamentablemente la noche no daba para más y el expectante Xavier Valls mostraba signos de cansancio y algunos de nosotros de estupor. Me quedé con las ganas de insistir sobre Manuel Valls y su experiencia. Recuerdo la perplejidad que me produjo su actuación como alcalde de Evry, en las cercanías de París, cuando abordó una campaña islámica para hacer de la ciudad su feudo, que empezó con una decisión radical e impensable entre nosotros: negar al dueño fundamentalista del supermercado, único en la zona, el derecho a prohibir que sus clientes pudieran comprar bebidas alcohólicas. Le obligó a tener alcohol en las estanterías.
Manuel Valls publicó hace año y pico un libro muy interesante - La laïcité en face (Desclée de Brouwer)-, donde está el meollo de los debates que trascienden a la Liga de fútbol o la inseminación artificial de las empresas. Lo laico en sociedades que tienden al fundamentalismo. El jardín de Horta quedará para mí como un lugar con un encanto especial, donde un pintor dedicado a la luz se despedía de un mundo sombrío plagado de gente muy gustosa de haberse conocido.

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