La reelección del presidente brasileño está casi asegurada. Pero significa, ante todo, una prórroga en el vencimiento de las promesas inclumplidas.
Belindia es un país mítico, imaginado en 1972 por el economista Edmar Bacha para explicar el fenómeno histórico del gigante brasileño: un espacio nacional donde una minoría vive como en Bélgica y una mayoría como en la India.
Más de tres décadas después, la fórmula parece no ajustar como lo fue siempre. La India arrastra un océano de pobres, pero hoy es uno de los dos bueyes que tira de la economía del mundo. Brasil, en cambio, a lo largo de estos años ha construido un perfil ambiguo y con formas de sinusoide, con crecimiento por momentos y decadencia en otros.
Quizá la mejor descripción, por lo que le asiste de actualidad, la hizo más recientemente el sociólogo Jean Ziegler. En un informe para las Naciones Unidas resumió el mapa de Brasil del siguiente modo: no era ya Belindia, sino un espacio en el que conviven a la vez una Francia, una Alemania y una Somalía. Ese es el escenario que heredó el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva hace cuatro años cuando, después de una sucesión de intentos, logró llegar a la presidencia de la mayor economía sudamericana.
Hoy, frente a su intento casi seguro de reelección en los comicios generales de mañana, es inevitable observar qué fue de ese territorio donde existe una burguesía de una riqueza asombrosa para la media latinoamericana, y un espacio maldecido con casi 50 millones de personas detenidas en la banquina y casi sin futuro posible.
Lula, quien llegó al poder al frente del PT, uno de los partidos más complejos y desafiantes de la izquierda latinoamericana, no fue al cabo el líder que iba a poner en caja al aluvión neoliberal y su fundamentalismo de mercado.
Pero si aquello es cierto y el gobierno de este ex sindicalista metalúrgico tuvo más de ortodoxia de lo que jamás incluso sus adversarios pudieron imaginar, conviene ejercitar cierta cautela a la hora de caracterizar esa experiencia.
En los activos, que explican el apoyo electoral cerrado que Lula retiene entre los más desposeídos, pero también en la clase media y media alta, se enfilan una serie de logros estadísticos.
Cuando el gobierno del PT asumió, en enero de 2003, la inflación era de dos dígitos y la deuda brasileña se cifraba en 236 mil millones de dólares o casi el 50% del PBI de entonces. Pero ente 2002 y 2005, ese endeudamiento cayó en 22%. Fue el período en el que Brasil, poco antes que Argentina, se liberó de los condicionamientos del FMI con el pago de 15.500 millones de dólares.
Los defensores de la gestión le agregan a los méritos una caída en picada del índice de costo de vida, que al comienzo del mandato circulaba entre el 15 y el 18% y hoy está en 4,55%.
Hasta ahí todo bien. Pero los costados negativos llevan la balanza a veces a inclinarse peligrosamente hacia el lado de la preocupación. El fervor ortodoxo, utilizado en la lucha contra la inflación para contener el consumo interno, es la explicación de un crecimiento magro de apenas 2,3% en 2005 y alrededor del tres este año, despegando a Brasil de la economía global con un promedio de crecimiento, en cambio, de 4,8%.
En verdad, la pelea contra el costo de vida fue el gran escudo para convertir al país en una máquina exportadora que desatendió el mercado interno que incluye a 44 millones de personas en la pobreza o directamente la indigencia.
Para quienes siguieron desde la matriz el nacimiento del PT y el proyecto de Lula, estos cuatro años significaron una retahíla de derrotas. El partido fue desarticulado y ya no tiene la potencia que mostró en el pasado. Su intelectualidad si no ha desertado al menos parece dormida. Pero esencialmente, se dilapidó la posibilidad de reactivar el consumo interno para utilizar esa palanca como refuerzo frente a las crisis.
Lula tiene un desafío claro si gana mañana o si, de todos modos, lo hace en una improbable segunda vuelta. Debe lograr un mayor nivel de inversiones, pero también un giro en la brújula para que la gran masa de pobres que recibe la asistencia gubernamental (cerca del 0,5% del PBI) pase al mercado consumidor.
Ese fenómeno adquiere niveles más difíciles si se advierte que Brasil ha tenido una inversión externa cero en el último ejercicio. Y eso amenaza claramente con trabar el frente exportador, que no es sólo commodities sino bienes industriales y mercaderías con alto valor agregado. La inexistencia de un mercado interno elimina un amortiguador crucial para equilibrar ese eventual quebranto.
Estas contradicciones anidan en la base del otro aspecto inevitable con relación a este gigante. Brasil ha perdido de modo visible un lugar de liderazgo que por su tamaño se le demanda en la región.
No se trata de la mirada limitada de Estados Unidos y parte de Europa que traducen esa presencia como un freno excluyente a la expansiva política exterior petrolera de Venezuela. Fuentes del gobierno le han admitido a este columnista su azoramiento por la ignorancia que se exhibe en el norte mundial sobre las realidades latinoamericanas.
Desde la visión de Brasilia, Hugo Chávez es más sistémico que peligroso, al margen de su acaloramiento discursivo. Y su presencia en el Mercosur es un cierre necesario para las cuentas regionales.
"En realidad la presencia geopolítica brasileña debería ser de equilibrio y de impulso", dice un diplomático latinoamerica no que admite que ese deseo choca con las contradicciones que fluyen por toda la región. Aun pese —y este es un dato importante— a la supuesta homogeneidad política que exhiben sus principales dirigentes.
mcantelmi@clarin.com
Copyright Clarín, 2006.

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