La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

29 Septiembre 2006

Vivir a solas, de Eulàlia Solé en La Vanguardia

Recuentos sobre las personas que viven sin compañía en su casa aparecen periódicamente en los medios de comunicación, en especial cuando acaece el hecho luctuoso de alguien que ha fallecido a solas entre las cuatro paredes que le han dado cobijo hasta aquel momento. Por lo general, se trata de personas ya mayores, y tanto el estupor como la lástima aumentan cuando el cadáver se descubre días después de que haya ocurrido el óbito.

Los lectores u oyentes de la información, los televidentes, se preguntan cómo es posible que aquel ser humano haya vivido tan aislado, haya importado tan poco a vecinos y amigos, haya carecido de familiares que se interesaran por él o ella. ¿Cuál ha sido su vida hasta llegar al instante fatídico de fallecer sin una mano amiga sujetando la suya, sin una mirada cálida acompañándole hasta expirar?

Pueden existir casos lamentables de abandono, a veces motivado por la propia conducta o en ocasiones debido a la mala suerte, pero por lo común se llega a morir a solas porque las pautas sociales del presente conducen a vivir a solas.

En primer lugar son los jóvenes quienes reclaman independencia, y la obtienen en cuanto pueden pagársela. Ha pasado a la historia la práctica de que los novios con pocos recursos se casaran y se quedaran a vivir en casa de los padres/ suegros. En espacios reducidos se convivía, se discutía y unos a otros se cuidaban, de forma que el fin del abuelo o la abuela nunca acontecía en soledad. Ahora se miraría con espanto semejante opción. Las parejas que se aman, o bien no conviven o bien lo hacen en su propia casa, con la única perspectiva de compartirla con sus hijos, no con sus padres. Y a tenor de los nuevos usos, tampoco estos últimos consideran la perspectiva de conllevar vida y vivienda con un hijo/ hija, su pareja y su descendencia.

Cada cual se ha vuelto muy celoso de su espacio vital, sus hábitos, sus derechos. Hay gente mayor a la que, en tanto se vale por sí misma, le costaría igual que a los jóvenes renunciar a su libertad de acción en el supuesto, remoto, de que sus hijos u otros allegados le propusieran compartir la vivienda.

Las cifras oficiales sobre personas que han sobrepasado los 65 años y viven solas avalan las anteriores especulaciones. En todo el Estado español son casi un millón y medio, y alcanzan en Catalunya el cuarto de millón. Los estudios al respecto señalan también que no todos, ni mucho menos, se encuentran aislados y descuidados por la familia. Por lo demás, sociológicamente no debería colocarse en un mismo rango a las personas de 65 años y las de más allá, hasta una edad sin especificar. Por lo común, hasta varios años después de los sesenta la gente goza de salud suficiente para cuidar de sí misma. Suele salir y entrar de su casa sin dificultad, decide sobre sus actividades, ayuda a sus hijos y nietos, y a pesar de vivir sola, si éste es el caso, no se siente en soledad.

El problema surge cuando esta independencia que jóvenes y mayores valoran y han instaurado como uso social ya no se puede ejercer porque llega la senectud, fallan las fuerzas y se requiere ayuda, no sólo física sino afectiva. Y en este punto es cuando falla la respuesta social, traducida en respuesta particular. No existe flexibilidad para reconocer que en la nueva circunstancia la independencia ya no constituye un valor positivo, que los viejos ya no pueden gozar de ella y que los jóvenes han de sacrificar parte de la suya para atender al antecesor que les necesita.

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