Adalberto Minucci, un miembro destacado del núcleo dirigente del Partido Comunista Italiano en los tiempos en que su organización era un sólido referente en la vida política italiana, y en buena parte de la europea, nos visitó durante una de las primeras campañas electorales de nuestra entonces recién estrenada democracia.
En un momento de la visita, al insistirle yo sobre la necesidad de hablar públicamente de la perspectiva poselectoral y de las alianzas posibles, me advirtió, con su dilatada experiencia, de que durante la campaña no es conveniente hablar de alianzas, sino que es tiempo de gastar todas las energías para marcar el propio terreno y ofrecer al electorado un perfil definido a partir del cual defender sus intereses. Es una vez celebrados los comicios, desde la mayor o menor solidez del espacio electoral conseguido, cuando puede hablarse del compromiso con las otras fuerzas.
PROBABLEMENTE, a Adalberto no le faltaba razón, pero lo cierto es que ante cada campaña electoral todas las fuerzas políticas se presentan o bien como futuros ganadores de los comicios, y por ello libres de establecer una línea de compromisos potenciales con otros partidos, o bien como poseedores de la poderosa llave que abra la puerta del nuevo Gobierno. Tal vez Adalberto tenía un cierto grado de razón táctica, pero, como marxista, olvidaba que "la tradición (...) oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos" y que, mientras no se demuestre lo contrario, los políticos también tenemos cerebro. En consecuencia, las alianzas del pasado y la utilización negativa que se ha hecho de ellas no son fáciles de olvidar, y en este campo todas y cada una de las fuerzas políticas con representación parlamentaria tienen su propio peso en el haber.
Pero tan cierto como que nadie es libre de su pasado, lo es también que en algunos casos, como sucede en el de Esquerra Republicana, el peso del pasado reciente adquiere características peculiares que merecen una consideración especial, dado que alguno de sus dirigentes, como si nada hubiese sucedido, ha pretendido recuperar su añeja equidistancia enarbolando como bandera la famosa llave que ha de abrir la puerta del gobierno de la Generalitat.
Tal vez no sería inoportuno recordar aquí una vez más la sensata reflexión que Karl Marx nos ofreció en las primeras líneas de su 18 Brumario, cuando escribió: "Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa". Y, ciertamente, el final del tripartito --y no olvidamos los innegables valores positivos de las múltiples y diversas acciones beneficiosas llevadas a cabo por el Gobierno catalán-- nadie puede negar que tuvo algo de tragedia, y que existe el peligro de que el hecho de que Esquerra vuelva a atribuirse la condición de propietario de la llave de la gobernabilidad, como si nada hubiese sucedido, puede adquirir tintes de farsa.
DEJANDO de lado dar cualquier verosimilitud a las molestas tendencias que las encuestas atribuyen a ERC, y huyendo del simplismo esquemático de la aritmética, existen, a mi criterio, cuando menos cuatro razones que ponen en cuestión el valor de la llave de Esquerra para abrir, en las condiciones actuales, la puerta de la futura gobernabilidad en Catalunya después del 1 de noviembre.
La primera es su evidente corresponsabilidad en la crisis de gobierno que ha guillotinado las esperanzas de vida que la sociedad catalana había depositado en el tripartito. Corresponsabilidad que otros han pagado ya, pero que ERC tiene aún pendiente.
La segunda es su no al proyecto de Estatut de Catalunya, con el que, tras su aguerrida campaña, cosechó unos resultados negativos que no parece haber asimilado plenamente.
La tercera es la persistencia de su maximalismo soberanista, no como legítima aspiración de futuro, sino expresado con urgencias reivindicativas que de nuevo no le hacen apto para consolidar alianzas, ni con la izquierda catalanista, ni con un prudente centroderecha nacionalista que, con el compromiso del 21 de enero, apostó por el pragmatismo moderado.
Y la cuarta es la falta de un liderazgo claro y de unas bases mínimamente cohesionadas que le confieran la suficiente credibilidad para que su llave encaje en la nueva cerradura gubernamental que configura la situación actual.
QUEDAN pocas semanas para que Esquerra reconsidere ante la opinión pública la utilización positiva que piensa dar a lo que serán sus resultados electorales, y bueno sería también que valorase hasta qué punto en la Catalunya actual la llave de la gobernabilidad ya está en otras manos y que, si no varía su estrategia, el viejo modelo que todavía defiende tal vez solo pueda servir para abrir la puerta de la oposición.
Antoni Gutiérrez Díaz. Exvicepresidente del Parlamento Europeo.

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