Al Gobierno se le acumulan los problemas, y para ello el presidente Zapatero tiene su particular medicina contra propios y adversarios: el mensaje del optimismo. Si está mal la negociación con ETA, o la crisis de la inmigración, o vuelve el Estatuto catalán a estar de moda tras la admisión a trámite del recurso del PP ante el Tribunal Constitucional, el presidente aparenta tranquilidad, estira la sonrisa y manda a los suyos, que inquietos sí que están, un mensaje de esperanza, sosiego y de aparente seguridad, al mismo tiempo que intenta frenar el empuje de sus adversarios de la oposición.
Por eso repite Zapatero que el proceso de paz con ETA no está roto sino que sigue en la pista de despegue a pesar de los últimos desafíos de la banda. Y la Moncloa utiliza a la oposición y el malestar general de la opinión pública para que el entorno de ETA afloje la presión y ofrezca un paréntesis de tranquilidad que le permita al presidente avanzar en el proceso de paz. De ahí las palabras de optimismo del jefe del sindicato LAB, Díez Usabiaga, afirmando que la tregua continua, o la decisión del Parlamento Europeo para celebrar un debate sobre dicho proceso en el mes de octubre, abriendo así la puerta a la internacionalización del conflicto, como lo desea Batasuna y lo permite el PSOE. Y todo mientras en el País Vasco la violencia callejera sigue ocupando las calles con una serie de calculados incidentes que dan fe del envalentonamiento de la kale borroka y de los buenos réditos de publicidad gratuita que estas provocaciones le ofrecen día a día a Batasuna.
En el debate sobre la inmigración el presidente Zapatero lo tiene igual de mal o peor, pero cree haber parado el golpe de las críticas europeas contra su política a base de darle un público varapalo al ministro galo Sarkozy. Mientras que sobre los recursos que se han presentado ante el Tribunal Constitucional, Zapatero simplemente gana tiempo y dice que le parece lógica su admisión a trámite pero que habrá que esperar a la decisión del Alto Tribunal, sabedor de que su sentencia no llegará antes de las elecciones catalanas del mes de noviembre.
Ganar tiempo, ése es el objetivo de la Moncloa, y no ponerse nerviosos es el mensaje del presidente, a sabiendas los portavoces del Gobierno de que en este momento los grandes asuntos de la política tienen dos vertientes: la propia realidad de los problemas que hoy están planteados, y el debate que llega a la opinión pública y que puede dañar la imagen y proyección electoral del Gobierno, como por ejemplo ocurre con la inmigración.
De ahí el discurso del optimismo en contraste con las críticas, muchas veces aceradas y desproporcionadas de la oposición, que en vez de plantear sus alternativas reduce en no pocas ocasiones su mensaje a la simple descalificación, presentando al Gobierno como una especie de caos generalizado. Lo que no ve así la mayoría de los ciudadanos. Y es ese catastrofismo el que muchas veces hace que el PP pierda la razón, frente a los mensajes más optimistas, aunque sean voluntaristas y alejados de la realidad, porque a los ciudadanos no les gusta recibir todos los días malas noticias, ni creen que los malos sean tan malos ni los buenos tan buenos.
En la sociedad comunicada en la que vivimos tan importante suele ser la realidad como el mensaje, aunque jugar a la dualidad y al optimismo permanente también tiene un alto riesgo porque al final, tarde o temprano, los problemas deberán ser resueltos o declarados insolubles, lo que certificará el fracaso. La sonrisa puede aparentar una cierta seguridad, pero si aparece el fracaso y se levanta el telón entonces la respuesta de los ciudadanos y su irritación contra el poder puede ser más dura de la que temían cuando simulaban que todo iba muy bien. Las mentiras de Iraq y del 11M son un ejemplo que no conviene olvidar.

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