La última conferencia de la ONU sobre cambio climático en Montreal (2005) sirvió para garantizar la vigencia del protocolo de Kioto más allá del 2012 (aunque sin la presencia de EE. UU.). Pero, a la vez, permitió vislumbrar ya un cambio en la sociedad norteamericana, que hasta ese momento era monolíticamente contraria a ratificar el protocolo de Kioto. Ese consenso se empezaba a resquebrajar. Cuando, en 1997, el vicepresidente demócrata Al Gore impulsó el protocolo de Kioto, podía contar con los dedos de una mano los senadores que iban a ratificar ese acuerdo para combatir el cambio climático. Sin embargo, ese clima social ha variado. Cada vez son más los estados y ciudades que impulsan políticas al estilo europeo para evitar el calentamiento del planeta, pese a los obstáculos federales. El cambio de opinión se ha extendido a empresas, políticos y sindicatos, que antes rechazaban este compromiso. En California gobiernan los republicanos, como en Washington. Pero aquí se dirimen intereses contrapuestos. Los del sector del petróleo, agrupados en torno al mundo económico que aupó a Bush desde Texas, y los intereses de estados dinámicos o sectores innovadores, que apuestan por una economía sin carbono ligada a las energías verdes, la eficiencia energética y la industria limpia. Es la rebelión contra el inmovilismo.