Resulta asombrosa la ausencia de Francisco Camps, el presidente de la Comunidad de Valencia, en la escena política, económica y cultural española, a pesar de presidir uno de los territorios españoles más pujantes y con más proyección. Si alguien en Madrid, o por ejemplo en Palencia, o en Badajoz, Lugo o Cádiz hiciera una encuesta preguntando a los ciudadanos quién es el presidente de Valencia, veríamos que el resultado sería para asombrar al más pintado.
Muchos dirán que no saben, otros que Zaplana, otros que Rita Barberá —que sí es conocida— y una minoría se acordará de Camps. Y ello porque este hombre sólo existe para su tierra, y además está metido en líos con la moción de censura que le acaba de presentar por la izquierda el PSOE, mientras que por la derecha están los zaplanistas intentando moverle la silla sin cesar. En Alicante y donde se tercie, dado que el portavoz del PP en el Congreso ha demostrado que es un experto desestabilizador en Madrid, en Valencia, en el PP central y en los medios de comunicación, amén de en los corazones falleros.
Hasta el punto que su propio comando agitador, que ahora pretende colocarlo al frente del PP, tiene dicho que si no consigue ser el sucesor de Rajoy, si es que se le presenta una oportunidad, tendría que volver a Valencia porque allí hay mucho poder, dinerito, televisión, negocios y política por doquier. En realidad por eso lo sacó Aznar de su taifa valenciana. Porque el cartagenero pasado por Benidorm se había convertido en virrey del PP y Aznar se temía lo peor —algún escándalo de altura— y lo trasladó a su pesar para ponerlo en un ministerio menor como el de Asuntos Sociales para que al menos pudiera condecorar al ‘pocero de Seseña’ y pasear en coche oficial, en vez de nombrarle vicepresidente, como quería él, o ministro de Exteriores, que da mucho postín.
Pero ¿dónde está Paco Camps? No se sabe. Suponemos que estará en Valencia al frente de una banda de música, o trabajando en una falla, o preparando la Copa del América, o en una reunión secreta con los democristianos del PP, o tapándole a Zaplana las facturas de Julio Iglesias, o arreglando lo de Terra Mítica, o vigilando al comando intrigante de Altea, o vaya usted a saber. Pero lo cierto es que fuera de su pueblo, o de su tierra, ni se prodiga, ni está, ni se le conoce, y así nunca conseguirá que llegue el AVE, ni tendrá peso en el PP, ni presencia en los medios nacionales, ni capacidad de diálogo con las grandes empresas ni con los grandes bancos, inversores, consorcios tecnológicos, etcétera. No se puede ser tan cateto, ni tan provinciano cuando se está al frente de una Comunidad tan importante y tan activa como la valenciana.
Lo único que se conoce bien hoy día de Valencia en Madrid es el equipo de fútbol, que va como un tiro, y pare usted de contar. Además se tragó como un corderito el pacto por el Estatuto valenciano con el PSOE, aceptando la ruptura de la unidad judicial española y dando un balón de oxígeno al PSOE y a Zapatero, que ponen como ejemplo lo que ha pasado en Valencia para tapar todo lo demás, y en especial el Estatuto catalán. El mismo desde el que le han metido varios goles al valenciano, especialmente en la financiación de las infraestructuras, como ya se ve en los Presupuestos del 2007, sin que hasta ahora desde la capital del Turia nadie haya dicho esta boca es mía o qué hay de lo nuestro.
Es verdad que pronto estaremos todos en campaña electoral y los valencianos también, pero Valencia no es una isla y su presidente no puede ser un desconocido nacional, ni carecer de una proyección española, europea e internacional como le ocurre a Camps. Que está fallando en todo esto, y aquí incluido su equipo de gobierno, porque ésta no es sólo una responsabilidad presidencial, ya que lo que está en juego no es únicamente la imagen del presidente sino también la de la propia Comunidad.

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