Entre las obligaciones principales del escritor está la de no dejarse amilanar. No me refiero ahora a la obligación de no ceder ante el insulto o la violencia. Ésas son obligaciones generales, civiles, y tan incómodas que son más bien asignaturas de libre elección. Pero el escritor sí tiene el compromiso de no doblegarse ante la estupidez lectora. Aquella inmortal trepanación de Lichtenberg: «Cuando un libro se encuentra con una cabeza y suena a hueco no siempre hay que preguntarse por el libro».

La cabeza, por ejemplo, de la infortunada señora Elena Martínez. Al parecer, y según http://www.lacoctelera.com/guso/post/2006/09/27/las-animaladas-el-mundo, acaba de editar un libro llamado Les animalades d'El Mundo, algo así como una floresta de capullos. En la contraportada destaca un capullo Arcadi Espada que escribió el 11 de marzo de este año: «Tanto como un leproso lleva su repulsiva enfermedad escondida bajo su ropa y, sin embargo, sabe de ella en cada momento, así cargo yo la vergüenza y la desgracia, la culpa metafísica de ser catalán. Del mismo modo en que un perro o un cerdo no pueden evitar ser lo que son, no puedo yo arrancarme los lazos eternos de la existencia que me mantienen en el eslabón intermedio entre el hombre y el animal».

El párrafo, como queda dicho más de una vez en el artículo, es obra del judío alemán Arthur Trebitsch y fue escrito en los años 30. Espada se limitó a un cambio: donde Trebitsch decía judío él decía catalán. ¿Por qué lo hizo? Pocos días antes, como cada semana, cabezas Martínez le habían acusado de autoodio y se propuso rastrear los orígenes del concepto. Encontró a Trebitsch y quiso detallar la acusación de que le hacían objeto. Que era, sumado y debatido, la de vivir en el eslabón intermedio entre el hombre y el animal. Meses después la recolectora Martínez sale de la cueva, encuentra un higochumbo, tira la pulpa, y no deja viva una sola espina. Ahí debe de estar todavía digiriéndolo, zampona, estrábica y feliz.

No pasarán. Ni que cuelguen estrellas amarillas de las contraportadas ni que voceen calumnias que ningún juez reconocería como tales, aunque a la larga maceren en consecuencias odiosas. Pretende la masa crítica que desaparezcan de la escritura la ironía, la parodia, el trampantojo, esa llovizna que permite soportar la aridez del oficio. Quieren una escritura como ellos y su circunstancia: con una pared, un dedo y una fase anal.

(Coda: «Siento como si yo, yo solo, tuviera que hacer penitencia por cada crimen que esta gente está cometiendo contra la españolidad. Y a los españoles me gustaría gritarles: ¡Permaneced firmes! ¡No tengáis piedad! ¡Ni siquiera conmigo! Españoles, vuestros muros deben permanecer herméticos contra la penetración. Para que nunca se infiltre la traición por ningún orificio...». Espada, Arcadi. Der katalanische Selbs-thass, 1930).

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