El nuevo poder, de Fernando Ónega en La Vanguardia
Crónica de 24 horas de España: el ministro de Hacienda presenta las cuentas del Reino, y dos grupos empresariales asaltan el mercado eléctrico.
Resultado informativo: los datos del señor ministro se pierden en páginas interiores y la noticia del día es el terremoto eléctrico-financiero. Resultado político: parte de los portavoces se lían a discutir si son suficientes o exagerados setecientos millones públicos que se invertirán en Catalunya. "No dice de dónde salen", reprocha el ABC a este Gobierno de tacaños. Anotación de brocha gorda: esos millones son, euro arriba o euro abajo, lo que en esas 24 horas han ganado los señores de Acciona por doble vía: la revalorización de su propio grupo en bolsa y el nuevo precio de la opa sobre Endesa que le hizo subir a los alemanes de E. ON. Visto así, Solbes administra a un pobre de solemnidad, que empieza a ver los presupuestos como un sudoku, y los poderosos están en la esfera privada.
Me lo decía hace años, cuando gobernaba Felipe, un dirigente socialista: "La revolución del PSOE es que han cambiado los apellidos de la clase dominante". Era verdad: los antiguos linajes pasaban a la sombra, quizá acomplejados, quizá dominados, quizá para pasar desapercibidos. Aparecían en su lugar nuevos nombres que condicionaban la economía, asomaban a la política, ocupaban portadas y se erigían en nuevos iconos sociales. Algunos terminaron en la cárcel, pero la mayoría incrementó poder con Aznar y ahora están en su esplendor. Son la nueva nobleza que, en vez de atesorar tierra agraria, atesora terrenos recalificables y convierte las rentas en dividendos.
Entre todos ellos, los constructores o los que empezaron su negocio en la construcción. Son el nuevo poder fáctico. Para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno, porque son el sostén de los grandes indicadores de la economía. Para lo malo, porque los escándalos de corrupción - empezando por Marbella- tienen algo que ver con trapicheos de licencias. Y para lo mediano, por la aparición de nuevas estrellas que asombran por su ascensión, por su nivel de relaciones, por el lujo de nuevos ricos que ostentan y por los aparentes favores de que disfrutan. Les estoy hablando de un hombre conocido por su viejo oficio: Paco el Pocero.
Otro detalle nada menor: el ámbito local. Algún día habrá que hacer el recuento de la cantidad de empresarios de la construcción, grandes, pequeños y medianos, que influyen directamente en la política municipal. Si usted conoce a alguien que tiene un medio informativo - preferentemente emisora de televisión o radio-, que impulsa un grupo independiente y que con frecuencia consigue colocar al concejal encargado del Urbanismo, no tenga ninguna duda: es un constructor. Si ello tiene algo que ver con los desastres urbanísticos que están poblando la geografía, es algo que ahora no me corresponde exponer.
Y lo que faltaba a este panorama de poderío es lo que empieza a asomar tras las últimas operaciones financieras: el nacionalismo español; el que habla de campeones nacionales frente a los europeos; el que defiende que la electricidad es un sector estratégico que debe estar en manos nacionales, también encuentra en los constructores su sostén: en Florentino Pérez, porque puede crear un grupo inasaltable, y en José Manuel Entrecanales, que se enfrenta a la disyuntiva de forrarse con E. ON o convertirse en defensor de una Endesa numantina, en nombre de la españolidad de la luz. Son el nuevo poder. Lo intuíamos, pero ahora se acaba de demostrar.
