Es un fenómeno latente que va en expansión, aunque no creo que sea algo típicamente español. Más bien, y como estamos en eso de la globalización, debe tratarse de algo común a las sociedades avanzadas, por lo que sospecho que no ocurrirá nada similar en Ruanda o Mongolia, por poner un ejemplo. O sea, en sitios donde el problema, simple y llanamente, es la supervivencia. Vamos, donde se las trae al pairo el tema de las modelos y su masa corporal, por decir algo.
Se trata de la aparición de esos personajes famosos que de repente conan los medios de comunicación, que opinan de absolutamente todo (a gritos) y que mencionan cada pocos minutos que van a querellarse contra alguien. Da igual que algunos sean presuntos (ja) maltratadores por tripitido. Siempre hay un medio que les da cancha. Pero algo bueno, o cuando menos curioso, habían de tener esos freakies redomados, y ahora pìenso en el uso del lenguaje que acostumbran a hacer en cuanto les dejan, que es casi siempre.Sus perlas linguísticas han aparecido incluso en libros. Yo propondría que fuesen llevados, ya que no al Zoológico, sí al menos a las universidades (a Antropología, claro) a fin de elaborar sesudos estudios al respecto. Desde luego, habrían hecho las delicias de un James Joyce o un Flann O'Brien, por ejemplo. Y como muestra, vean unos botones:
Yo empecé a oír hablar de ese asunto con Mar Flores, quien afirmó, más corta que perezosa: «Mi hijo viene con un brazo debajo del pan». Luego vino el épico: «Qué calor, que soborno» de Yola Berrocal.Más tarde fuimos deslumbrados por la última gema de Sofía Mazagatos, sí, la lectora de Nietzsche en sus ratos tontos: «Me gustan los toreros que están en el candelabro», que prácticamente se cruzó, en el hit-parade de delicadezas sintácticas, con aquella otra sentencia de Isabel Pantoja: «Le dio un simposium de corazón».Héle, esta es la España que nos mola, sin recurrir a los discutibles extremismos a la Rubianes.
La fiebre joyceana parece afectar tanto a las petardas consumadas (curiosos que en su práctica totalidad sean féminas las autoras de tamaños dislatos gramaticales), tipo Malena Gracia: «No es para rascarse las vestiduras», o María José Galera, la ex concursante de Gran Hermano: «Por favor, endereza tú la ensalada», como a neo profesionales de no se sabe qué, tipo Terelu Campos: «La aspirina fluorescente es más rápida y eficaz». Capítulo aparte merecen las divas que brillan con rutilante luz propia en cualesquiera de los ámbitos cutres desde los que nos asolan con su sola presencia, a saber, Carmen Sevilla: «Soy mayor, pero no tanto como para ser del Parque Jurídico», Christina Aguilera: «¿Dónde se celebra el Festival de Cannes de este año?, o la inolvidable Rocío Jurado: «Llovía muchísimo, parecía el Danubio universal».
Ante todo ello, me quedo con lo que exclamó la vedette Norma Duval cuando le informaron de una desgracia: «Estoy que no salgo de mi apoteosis».
¿Son o no son un amor? habría que conservarlas en formol.
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