La encuesta del Instituto Noxa para La Vanguardia ponía de manifiesto algo que parece una paradoja: una mayoría califica la situación económica catalana de buena o muy buena,mientras que otra mayoría considera que la situación política es mala o muy mala. Por más que las encuestas las cargue el diablo, de tal modo que con ellas se pueda herir a alguien a pesar de no tener la intención de causar estragos, este dato resulta suficientemente desconcertante como para darle alguna vuelta. Alguien llegado de Venus o simplemente de La Mancha que interpretara estos porcentajes llegaría a una misma conclusión: los catalanes tenemos más fe en la economía que en la política, seguramente porque pensamos que podemos sobrevivir a los despropósitos de los dirigentes antes que a los desaciertos de los empresarios.
Éste no es un hecho nuevo: hace más de setenta años, Josep Pla escribió una crónica desde Madrid en la que advertía de que los ciudadanos estaban convencidos de que Madrid era una ciudad con sensibilidad política, mientras que Barcelona era una metrópolis con inteligencia económica. El tópico parece acrecentarse después del interminable y farragoso proceso estatutario, pero sobre todo del fracaso del gobierno tripartito que ha dejado como víctimas la legislatura, el ejecutivo, el conseller en cap y al propio president.
Una de las prioridades del gobierno que salga de las elecciones del 1 de noviembre será recuperar la confianza en la política. No puede ser que los electores tengan la sensación de que los gobernantes, más que solucionar los problemas, contribuyen a crearlos. Los países que tienen una sociedad civil potente deben encontrar la sintonía con la clase política. No porque no puedan prescindir de ella (Italia consiguió seguir creciendo en medio de una profunda crisis política), sino porque si economía y política tiran de una misma dirección, el efecto multiplicador del esfuerzo sincronizado es enorme.
La Generalitat acaba de publicar un documento titulado Mil dies de Govern (2004-2006) para intentar demostrar que estos tres años no han sido en vano, sino que se ha avanzado en múltiples campos. Seguramente, el problema del Govern no ha sido de letra, sino de música. Y cuando ésta desafina cuesta prestar atención al texto. Los tres tenores del Tinell no han hecho méritos para que les renueven el contrato conjunto, como lo demuestra que en la encuesta de Noxa sólo sean la opción preferida por los votantes de IC. No es extraño, pues, que el tripartito no tenga quien le escriba en campaña. Será que el ménage à trois en la vida es más fantasía que realidad, más frivolidad que contenido.

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