László Földényi, al parecer uno de los intelectuales más relevantes de Hungría, publicó hace tres años un librito de título bellísimo y enigmático que ahora edita aquí Galaxia Gutenberg: Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar.Visto el panorama, quizás no sea del todo inútil recomendar su lectura. Sobre todo ahora que, ya sea con la excusa de unas caricaturas o de una cita del siglo XIV, tenemos follón teológico-dogmático casi semanal.

El librito de Földényi parte de una imagen muy poderosa, de la primavera de 1854: Dostoyevski deportado en Siberia, después de haber cumplido cuatro años de trabajos forzados, habitando una casucha desolada, con la puerta tan baja que los visitantes debían inclinarse para entrar, en el pueblo de Semipalatinsk. Allí, según fabula Földényi, quizás Dostoyevski, gracias a su amigo el fiscal Alexander Vrangel, que le proporcionaba libros europeos, leyera a Hegel. Y quizás, precisamente, leyera sus Lecciones sobre filosofía de la historia universal.La anécdota es más que verosímil. En cualquier caso, situar las reflexiones del filósofo sobre Europa, el mundo y la historia, a la luz de esos años en los que miles y miles de personas iban llegando desterradas a Siberia ofrece, sin duda, una luz más de paradójica actualidad.

Hegel sostenía en ese libro, que recogía sus clases de Berlín, que Siberia, al igual que África, quedaba fuera de su estudio porque ambas estaban excluidas de la historia y no podían ofrecer lección alguna que pudiera ser válida para la historia universal. Földényi imagina la estupefacción de Dostoyevski al leer estas páginas de acuerdo con las cuales él, que estaba sufriendo en Siberia, formaba entonces parte de un mundo que quedaba, para Hegel, fuera de la historia.

Yes que, de hecho, Hegel, y con él el espíritu europeo de su época, basaban toda su autoestima en la firme convicción del progreso de la humanidad (europea): por ello, todo cuanto aludía al sufrimiento, el dolor y la injusticia, tanto propios como ajenos, debían quedar fuera de esta autoconciencia de una humanidad avanzando de forma imparable hacia su propia felicidad.

El propio Hegel, que aspiraba a una historia absolutamente racional, argumentaba esta exclusión con unas palabras estremecedoras, por injustas, todavía hoy: "La razón no puede detenerse en el hecho de que algunos individuos hayan sido ofendidos; los objetivos particulares se pierden en lo general". De toda esa ofensa, de todo ese sufrimiento, Hegel no quiere saber nada: le basta con ignorarlo, negándole incluso su realidad histórica.

Con todas las sutilezas propias del refinamiento especulativo alcanzado por el idealismo alemán, Hegel avanza, en forma de prepotencia ilustrada, algunas de las perversiones con las que el tiempo que vendrá, que ya es el nuestro, hará de Occidente y de la cristiandad el mejor de los mundos posibles. Ocultando, de paso, con ello, la indignidad de su propia historia y negando, en otras historias y otros mundos, entonces - que no ahora- desconocidos para ese Occidente y esa cristiandad prepotentes y autosatisfechos, la posibilidad de racionalidad. Muchas de las cosas que suceden estas últimas semanas tienen que ver con esa prepotencia y esa ceguera ante lo propio y ante lo otro. Y quizás, frente a ello, haya que empezar a pensar, de la mano de Dostoyevski, en todas esas Siberias que continuamos excluyendo de la historia, algunas de las cuales, por cierto, son más nuestras que de otros.