En las páginas de consejos útiles de las guías de viaje no acostumbra a darse información sobre aquello que debe hacer un turista ante un golpe de Estado. En las guías de determinados países, se hace alusión directa a la delincuencia y al crimen organizado, incluso se destaca la peligrosidad de determinadas regiones y barrios, y se previene sobre ciertos delitos y estafas. En cambio, los golpes de Estado, a pesar de su recurrencia en algunas zonas del planeta, no son de mucho interés para los que han hecho del turismo una industria millonaria.
Así las cosas, el turista al que le pilla un golpe debe apañárselas como pueda, empezando por enterarse de lo que está pasando, si es que puede y si es que le interesa. El asunto no es una hipótesis. Ahora mismo, los turistas que recorren Tailandia pueden observar en directo los detalles de un golpe, incruento hasta el momento de escribir estas líneas. Por cierto, Tailandia, ha sufrido dieciocho golpes de Estado y cinco intentos desde los años treinta.
Ylos turistas, al decir de las crónicas, se mueven entre dos actitudes. O bien una ostensible indiferencia ante la suerte de los tailandeses o bien una curiosidad primaria que incorpora las escenas del golpe al tour, como quien asiste a una exhibición folklórica. En este sentido, me quedo con lo explicado por el enviado de La Vanguardia a Bangkok, Andy Robinson, que vio algún turista "con flores para hacerse una fotografía junto a un militar sonriente".
La mirada del turista al uso, que es básicamente el de un acumulador de fotos, llega al extremo perverso de confundir un asunto de enorme gravedad para los habitantes del país con una anécdota menor que formará parte de la colección de imágenes que se mostrará a amigos y familiares. Las fotos de los tanques del general golpista Sondhi Buyaratkalin se mezclarán con las de las tiendas de imitaciones de Patpong y las de las playas de la isla de Puket. La ausencia de violencia en la calle ayuda a esta banalización, pero el golpe merece tal nombre porque consiste en instaurar una junta militar, prohibir toda actividad política (incluye la disolución del Parlamento) y establecer la censura.
Cuando el tsunami castigó, entre otros países, Tailandia, también pudimos ver extrañas escenas de algunos turistas que, ajenos al drama, seguían sus vacaciones como si nada, mientras no les faltara su hamaca. Este principio de indiferencia radical sistemática es consustancial al turismo de masas. Sin él, por ejemplo, muchos europeos no disfrutarían tanto de Cuba y sus encantos. Sin esta coraza ante la pobreza y la falta de libertad, el turista no podría soportarse a sí mismo.

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