¿PERO qué gudaris ni qué puñetas? Otra vez la trampa terminológica, el semántico Caballo de Troya con que el terrorismo se introduce en la médula de la sociedad civil. Esos soldados a los que rinden homenaje los etarras y sus cómplices en romerías como la carlistada de Oyarzun no son los indómitos guerreros vascones, sino un puñado de asesinos contemporáneos que, en el más benévolo de los casos, sólo pueden recibir la denominación técnica de terroristas. Y un acto de enaltecimiento a los terroristas está, todavía, prohibido en España, Estado al que por ahora pertenecen tanto la mencionada localidad guipuzcoana como la alavesa de Llodio, en la que hoy está previsto otro homenaje. Así que no vale rasgarse las vestiduras por el hecho de que, en una fiesta de exaltación terrorista, apareciesen, en efecto, terroristas de verdad, con sus capuchas, sus metralletas, sus botas y toda la parafernalia campestre. No se iba a aparecer allí la Virgen, como en el Palmar de Troya.
El golpe de efecto de Oyarzun ha dejado al Gobierno con cara de tonto, en el supuesto de que tuviese otra en todo este proceso llamado de paz (pronúnciese pazzzzz, como lo hace Zapatero). Esta simbología escenográfica se le da muy bien a ETA, que se surte del imaginario guerrillero (el IRA irlandés, las FARC colombianas, los partisanos yugoslavos) para revestir sus actividades criminales de una apariencia militar con la que provocar una ficción de espectacularidad seductora. Es un modo de marcar territorio, como ciertos animales mean su ámbito vital. Pero sólo lo hacen cuando se les deja. Y el numerito de la campa de Aritxulegui lo han podido montar porque el Estado se había retirado de la escena.
Siempre es así. Cuando se les achica el campo, retroceden, y cuando se les deja terreno, lo ocupan. Procurando no molestar, el Gobierno ha aflojado la presión, y en seguida ha cosechado los frutos en forma de incremento de la kale borroka. Ante la falta de respuesta a los ataques callejeros, impunes porque las autoridades prefieren no darse por aludidas para no admitir que se trata de violaciones de la tregua, el terrorismo aprieta la tuerca y comparece con lenguaje solemne y amenazadora guardarropía paramilitar. Nadie se puede llamar a andana: ahora se sabe que la concentración de Oyarzun fue tolerada y hasta discretamente seguida por servicios de seguridad e información, pese a tratarse de una convocatoria manifiestamente ilegal de apología de la violencia. El buenismo oficial debe creer que se puede rendir a la violencia un homenaje pacífico.
Ahora no cabe poner compungidas caritas de sorpresa. El Gobierno hizo la vista gorda ante una exaltación de los gudaris muertos y se encontró con los gudaris vivitos y coleando, agarrados a los subfusiles de reglamento. Igual era sólo escenografía, pero una escenografía muy siniestra. Si a Rubalcaba no le ha gustado, como parece, la función, la culpa es suya por no cerrar el teatro.

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