Cualquier guerra santa, entendida como la imposición de una religión mediante la fuerza y la coacción, es censurable y contraria a los derechos humanos. Nadie puede ser obligado a someterse a creencias que no comparte. Y, seguramente, ninguna religión monoteísta pueda librarse de episodios de esta naturaleza a lo largo de su historia. En un momento u otro, en nombre de su Dios, han legitimado la muerte y la represión de aquellos cuyo único pecado era el de creer en otro Dios.
Las palabras del Papa sobre esta cuestión habrán sido más o menos afortunadas por el momento en que se dicen o por ser precisamente el Papa quien las pronuncia, pero ni se pueden considerar ofensivas ni se puede construir sobre su contenido el edificio de amenazas y descalificaciones que se ha levantado en todo el mundo, y no exclusivamente en el islámico.
Debemos reclamar el derecho de opinar, de manifestar y teorizar sobre las propias convicciones e, incluso, desde el respeto, sobre las de los demás. Hay dos formas de perder la libertad: la que resulta de la imposición y la violencia, y la de la dimisión acobardada. Y todos sabemos que esta última produce al final los mismos efectos que la primera. La libertad se defiende ejercitándola cada día; opinando, debatiendo, exhibiendo las propias convicciones sin temor.
Lo grave no han sido las palabras del Papa. Lo preocupante es la reacción que han provocado. Ciertamente, se impone avanzar en el campo del diálogo interreligioso, profundizar en la teoría de la alianza de civilizaciones. Pero en este diálogo y en este debate hay que saber que en Occidente la libertad tiene un arraigo tan sólido que ya nadie podrá discutir que la religión no puede ser ni será practicada por ninguna imposición. Podrá discutirse sobre el alcance del laicismo, pero no está en cuestion que nuestra libertad rechaza cualquier confesionalidad por decreto.
Y esto se debe saber. Nadie puede esperar en nuestro entorno el reconocimiento de derechos o privilegios que nuestra historia ha definido como incompatibles con la libertad civil. No volveremos a la oscuridad inquisitorial ni a la represión en nombre de ninguna religión. La libertad y los derechos humanos se han conformado a lo largo de siglos con sacrificios y muchos traumas. Respetar no puede significar - que nadie lo pretenda- renunciar a los valores que definen nuestra sociedad occidental en este terreno.
Y, por lo que se ve, esto tendrá que defenderse. Con coraje, sin silencios acobardados o acomplejados. No confundiendo ni la globalización, ni el mestizaje ni el pluralismo con la pérdida o la renuncia de nuestra libertad. Todos somos iguales; ninguna fe ni ningún credo nos otorga más o mejores derechos.
Esto debe ser imposible.

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