George W. Bush es un hombre de distancias cortas. Un apretón de manos y una mirada escrutadora le bastan para calar al amigo o al enemigo. Así, en el cuerpo a cuerpo, fue como fraguó su relación con Tony Blair, Vladimir Putin o José María Aznar. A otros prefiere no verlos ni en fotografía. «Mahmoud Ahmadineyad provoca en Bush una reacción química: repulsión», sentencia el psicólogo Stanley Renshon, autor de A la sombra de su padre y uno de los más consumados expertos en la mente del inquilino de la Casa Blanca. «Ahmadineyad representa, hoy por hoy, todo lo que le preocupa a Bush; en él se encarnan todas las posibles amenazas».

Y aunque aún quedan resquicios de esperanza, las posibilidades de una acción bélica «irán a más, conforme se acerque el final de la segunda legislatura de Bush». «Si algún rasgo define al presidente es su voluntad de hierro y su determinación», asegura Renshon. «Él es un hombre de decisiones, quiere resolver las cosas. Nunca va a dejar un problema así a su sucesor».

En Ahmadineyad, sin embargo, Renshon percibe «una gran carga de resentimiento personal y político», que actúa como una coraza en momentos de peligro. Bush no fue el único que se negó a hablar con él en los pasillos de la ONU; el presidente francés, Jacques Chirac, también se alejó alegando que «no ha llegado el momento para un encuentro personal».

Stanley Renshon asegura que no se pueden comparar a los dos líderes, ni a nivel psicológico ni en el plano político, pero se esfuerza en ver más allá de los titulares que condenan al «lunático de Teherán». «Ahmadineyad no está loco», asegura. «En un sentido clínico, está perfectamente cuerdo. El problema es el tipo de liderazgo que representa, y las ideas que hay detrás».

Según Renshon, la mente de Ahmadineyad es «la de un hombre que, pese a sus aspiraciones religiosas, trata el mundo real decididamente en términos de blanco y negro, y se reserva siempre el juicio final». ¿Y no ve acaso Bush el mundo de la misma manera? ¿No fue él el primero en trazar una línea divisoria entre el bien y el mal? ¿No repitió hasta la extenuación la frase «o conmigo, o contra mí»?

«Bush admite excepciones. Ahmadineyad no admite ninguna», replica Renshon. «En el caso de Bush, muchas veces ha sido pura retórica. En la práctica, hemos visto cómo permite las medias tintas y estrecha los lazos con países como Pakistán o Arabia Saudí».

Stanley Renshon, profesor de la City University de Nueva York, barre para casa y no comulga con la recua de críticos que cuestionan las facultades mentales de George W. Bush. Renshon sostiene que Bush «batalló y derrotó sus demonios interiores», y eso le permitió salir de las sombras del «fracaso» y descollar como un «triunfador». La misma estrategia, alega, es la que está poniendo en práctica como presidente, «determinado a batallar y vencer los demonios del terrorismo y del extremismo». Renshon aprecia en Ahmadineyad claros síntomas de «mesianismo y santurronería», y sostiene sin embargo que la fe, para Bush, es un asunto «estrictamente personal». «Puede que ocasionalmente haya usado la fe con fines electoralistas», alega Renshon, «pero en el fondo respeta la libertad religiosa y tolera otros credos».

El psicoanalista Justin Frank, autor de Bush en el diván, considera sin embargo que el fervor religioso del presidente es uno de tantos filtros que le impiden ver críticamente la realidad. Según Frank, Bush tiene una percepción inmadura del mundo («en su pensamiento sólo existen el bien y el mal absolutos») y su «renacimiento» en el cristianismo le ha situado a las puertas de un fundamentalismo ético cercano al de sus antagonistas.

Frank no oculta sus pocas simpatías por el republicano, y aun así asegura que ha intentado hacer un riguroso examen clínico. «George W. Bush tiene una relación conflictiva con la realidad y es incapaz de entender las consecuencias de sus acciones», escribe Frank. «Su conducta encaja en lo que los psicoanalistas llamamos egosintónicos: el daño que inflige a otros y las mentiras que dice no parecen causarle ninguna ansiedad». En opinión de Frank, Bush tiene síntomas reconocibles de dislexia (sus gazapos) y del déficit de atención e hiperactividad (sus conocidos tics). El psicoanalista sostiene que su «rigidez mental y su obstinación» pueden ser fruto de «un alcoholismo no tratado» o de la disciplina extrema a la que le sometió su madre.

Por último, Frank cree haber descubierto también en él síntomas de megalomanía: «El megalómano se ve a sí mismo como el centro del universo. No tolera el desacuerdo y ve la realidad exterior como amenazante o no existente. Tiene una necesidad permanente de triunfo. En su propia mente, el megalómano no puede perder nunca».

El don de la infalibilidad también está muy presente en los discursos de Ahmadineyad, que invocó más de 20 veces al Todopoderoso en su discurso ante la ONU. «Ahmadineyad quiere mostrar que es un igual y no un suplicante de Bush», asegura Jerrold Post, autor de Líderes y sus seguidores en un mundo peligroso. «En este sentido, su modelo es Hugo Chávez, y ha descubierto que arrimándose a él puede ganar la atención». Post destaca sin embargo la capacidad de Ahmadineyad para moderar su discurso y apariencia, «hasta trasmitir una sensación de estar en paz», a la hora de dar la cara ante los medios occidentales.

Al cabo de 20 años identificando a los «líderes más peligrosos» para la CIA, Post aprecia notables diferencias entre Sadam Hussein -al que llegó a identificar como psicópata- y Ahmadineyad. En su rivalidad con Bush, advierte, pesarán tanto las «diferencias estratégicas» como «el ego y la vanidad personal».

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